Gobernador
Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.
En ANTITERRA
«¿Acaso quiénes son ustedes?» — saludo de un gobernador a los recién llegados a su fuerte, según lo recogen las voces del archivo
Tratado breve sobre la figura que sostiene —y a veces deja caer— el frente colonial de Antiterra: el Gobernador, autoridad máxima de una plaza, sea fuerte, ciudad, hacienda o región entera; terrateniente y magistrado en un mismo cuerpo, que gobierna con guardia armada, con pactos de pago y, en varios casos comprobados, con magia.
Del cuerpo y sus insignias
Se lo ha visto acercarse «con la pata de palo, con cierta parsimonia», armado, con sombrero de fieltro de piel de castor. Debajo de la ropa civil asoma «una armadura metálica, es como una especie de coraza». Lleva un banner —insignia de su rango—, «una especie de cetro-maza», y al cuello «un collar también, amuleto». Todo ello son «las insignias de su poder maldito», y puede perderlas.
El cuerpo del gobernador es un tratado en sí mismo: coraza bajo la ropa civil, cetro-maza que es a la vez insignia y arma, amuleto y banner. El poder de gobierno, el poder de golpear y el poder maldito, llevados encima al mismo tiempo.
De la hacienda, que explica al cargo
Su residencia oficial es la Hacienda del Gobernador: recinto grande, de traza europeo-española, «muros encalados», visto desde arriba como un cuadrilátero cerrado. Adentro conviven lo que da de comer —cantina interna, almacén de víveres, almacenes—, lo que da de moverse —cuadras— y lo que da de castigar: calabozos para indios rebeldes, un calabozo aparte para los españoles «en vez de cobertizo», letrinas. Abastecimiento, caballería y prisión bajo la misma muralla, porque el gobernador es simultáneamente abastecedor, jefe militar y juez de una plaza que no puede delegar ninguna de las tres cosas en otro edificio.
Que el calabozo español esté separado del de los indios rebeldes fija en la arquitectura misma lo que ninguna ley escribe: que hay dos regímenes de castigo según a quién se castigue.
En otras plazas hay además casa del gobernador dentro de la ciudad —así en Glastonville— y casas privadas suyas que presta a otras autoridades; prestadas, se vuelven centros de operaciones de corrupción y magia oscura, de modo que el cargo arrastra tras de sí no solo tropa sino conspiración.
De cuántos hay y dónde
No hay un gobernador en el mundo: hay uno por plaza. El archivo nombra a Álvaro Amador en California —«el terrateniente más acaudalado de toda la región», a quien se acude para alertar sobre la llegada de los alibaneses, y cuya esposa, llamada «la matriarca», celebra su cumpleaños el día 6 con dos jornadas de festividades—; a Peter Student, «el gobernador holandés de esta época», en Nueva Ámsterdam, declarado «gobernante en la ciudad general de las Indias Occidentales», es decir con autoridad sobre territorio colonial entero y no sobre una sola plaza; a un gobernador de Austral que «tiene que hacer sus pagos»; a uno con casa oficial en Glastonville; al «señor de este lugar, de este pueblo» bajo cuya autoridad está la cantera; y a un «gobernador de turno» genérico en territorios donde los pactos ya no se sostienen.
El cargo es corriente en todo el frente colonial. Lo raro es el hombre concreto.
Del modo de gobernar
El gobernador es «la persona a cargo de ese lugar», la autoridad principal del fuerte, y quien recibe a los recién llegados con la pregunta que abre este tratado. Manda una guardia de «manseos alocados» a los que deja golpear, «incluso a veces violan e incluso matan», y encarcelar sin causa: la corrupción no es desvío del cargo sino su modo de operar.
Sostiene el orden por dinero y por pacto: debe «hacer sus pagos», concede audiencias con hora fijada, negocia con los ingleses, y acepta tratos de rescate. El trato aceptado fue el de «los niños por su peso en oro» —que «después salió mal».
De los que obran hechizos
Varios gobernadores son obradores de hechizos, y lo son a la vista de todos. Se cubren con una protección mágica dentro de la cual pueden curarse o hacer curar a otro; levantan el Blade Barrier —escudo de cuchillas que deja descubierto el aire por arriba, y así se dijo de uno que «perdió el cover del Blade Barrier»—; arrojan «columnas de llamas» y «lluvia de llamas como meteoros» sobre todo el resto. Uno va acompañado por un águila gigante que ataca a sus enemigos. Y al menos uno pertenece a la estirpe de la sangre: «obviamente es un hombre Caínita».
Del peso del cargo
Bajo un solo gobernador están «los veintiún presidios, monasterios y fuertes acechados», y sus tierras se extienden centenares de kilómetros al sur y al norte: la red militar y religiosa de una región entera cuelga de una persona. Por eso, cuando el gobernador falla, falla el mundo alrededor. Quedó dicho de los territorios donde los pactos se deshacen: «el gobernador de turno tampoco la ha podido sostener». La alianza cae con él.
Advertencias del cronista
Este cronista ha cotejado las voces del archivo y confiesa lo que no puede fijar. La pata de palo y el sombrero de castor aparecen atribuidos a «el gobernador» sin más, tanto junto a la hacienda de Amador como en escenas de Nueva Ámsterdam: si son rasgo de Amador, de Student, o librea compartida del cargo, las versiones no lo dicen y las escuelas disputan. Tampoco se sabe a qué plaza atar al Caínita. Circula la expresión «del gobernador turbio Santos», y nadie ha establecido si Santos es apellido, apodo o corrupción de otro nombre. Del mecanismo del cargo, silencio: quién nombra a un gobernador, por cuánto tiempo, a quién rinde cuentas, a quién se hacen los pagos de Austral y qué pasa si no se hacen. No hay nombre para el gobernador de Glastonville ni para el señor del pueblo de la cantera. Y del trato de los niños por su peso en oro se sabe que salió mal, pero no qué se hizo con los niños ni quién era la contraparte. El que quiera saberlo, que pregunte en la plaza equivocada bajo su propio riesgo.
En VALA
«Nos mandó el gobernador de Nesut Biti.» — palabra de camino, repetida por más de una boca en el archivo
Así entra el cargo en los registros: no por su rostro —que nadie describió— sino por su mandato. El Gobernador es el que manda, y en Nesut Biti ese nombre tiene apellido: Andreas. «El gobernador Andreas», dicen las voces, y con eso alcanza para que se muevan guardias, se cambien libreas y se enciendan máquinas sobre las criptas.
Las tres columnas del cargo
Un gobernador de esta tierra se sostiene sobre tres cosas que van juntas por necesidad.
La fuerza. Guardias bajo jurisdicción directa, marcados con una librea que él mismo «ha hecho cambiar». La lógica es transparente: cuando un gobernador quiere afirmar que un pueblo ajeno le responde, lo primero que altera es la divisa que llevan encima los hombres armados. Por eso los guardias que están en Viti —«son de Viti, son del otro pueblo»— caen igual «bajo la jurisdicción directa del gobernador»: la librea dice de quién son, por encima del suelo que pisan.
El territorio. Al menos dos poblaciones atadas al mismo mando: Nesut Biti y Viti, «el otro pueblo». Qué clase de lazo une a Viti con la ciudad del Gobernador —súbdita, aliada, ocupada— es cosa que el archivo no aclara; solo consta que sus hombres armados responden a un gobernador que no es el suyo.
El linaje. Dos hijas colocadas en funciones de armas y de fe: la Capitana y la paladina Talia Cristalia. Y una ambición de casa: «ciertas intenciones de mezclar su estirpe con la azul». El matrimonio, en este tablero, es instrumento de política; el linaje del Gobernador es pieza negociable, y él lo sabe.
El cuarto elemento: las máquinas
A las tres columnas se les suma algo que hace del Gobernador no solo un administrador sino un operador: las máquinas con que intenta liberar cuerpos sellados en criptas —incluido, aunque sea, «su cuerpo». Y según la versión de una tal «la Palena», Andreas tenía además objetos mágicos «encapsulados dentro de sí» que trataba de disolver «para chupar de esa magia y hacer algo con esa magia».
Si esas máquinas son atributo del cargo —herencia que pasa de gobernador a gobernador junto con la casa y la librea— o empresa personal de Andreas, es una de las preguntas que este cronista deja abiertas más abajo.
La casa y la mano que la entrega
El Gobernador tiene casa propia: «estaba en la casa del gobernador», dice el registro, sin más señas. Y el cargo, consta, es transferible: en un momento la gobernación se entrega a La Jabalina, que «va a designar a un gobernador» pero bajo su tutela. Léase bien la jerarquía que eso implica: quien tiene la gobernación puede designar gobernador y retenerlo como pieza propia. No es un trámite, es un cambio de régimen — reordena quién manda sobre Nesut Biti, sobre Viti, sobre la guardia de dos pueblos y sobre el acceso a las máquinas de las criptas.
Advertencias del cronista
Que el lector no pida a esta entrada lo que el archivo no dio. No hay descripción del Gobernador, ni de su casa, ni de la librea: no consta color, divisa ni tela. De las máquinas no sabemos qué son, dónde están, cómo se accionan ni quién más puede usarlas. Ese «su cuerpo» que Andreas intentaba liberar es una espina: ¿el cuerpo del propio Gobernador, sellado en cripta mientras él gobierna? ¿El de un tercero? El archivo calla. «La azul» podría ser la Casa Azul de Uruk la Azul o podría ser otro linaje: ninguna voz lo confirma, ni dice con quién se concertaría la mezcla de estirpes. «La Palena» no figura en ningún elenco conocido —puede ser un nombre mal oído— y su testimonio sobre los objetos encapsulados queda sin respaldo de segunda boca. Y la pregunta mayor: por qué Andreas entrega la gobernación a La Jabalina, si sigue en el cargo después, y a quién designa ella. El que sepa, que hable; el que no, que no invente.
Véase además: Glastonville · Nesut Biti · La Jabalina · Talia Cristalia
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.