Templo

«Va a tener un grave problema.» — destino prometido a quien cruce el umbral sin decir la palabra

De todas las construcciones que este cronista ha visto levantarse, arder y volver a levantarse a lo largo de Antiterra, ninguna ordena tanto el mundo como el templo. No es edificio raro: hay uno o varios en casi toda región nombrada. Lo que el templo tiene de singular no es su piedra sino su régimen —puerta, portero, palabra y tabú—, porque un templo es antes que nada un umbral, y el umbral decide quién entra, quién guarda y quién muere afuera.

De las dos morfologías

El viajero encontrará dos formas mayores, y varias intermedias.

La primera es el templo de piedra de la depresión desértica, al que se llega a lomo de dragón, precedido por una colina cubierta de riscos: «un enorme edificio de piedra que está como un poco hundido», «un cubo, un prisma, con algunas salientes y unas falsas puertas», sin ventanas, con «arriba unos lugares donde podría entrar algo de luz del sol» que funcionan además como respiradores. Por eso «debe ser bastante oscuro» — y sin embargo, adentro se percibe «un resplandor», cuya fuente este cronista no puede establecer. Su parte occidental está «toda destruida, derribada»; las puertas «se han caído hacia adelante, las de ébano macizo, una especie de cipresa en realidad». La puerta que queda está cerrada. Se lo puede bordear por el lado derecho y se puede estar «arriba del templo»: el techo es transitable. El que no lo reconoce ve poco: «es un edificio grande, con cosas… Ruinas». Todo en él está dispuesto para que adentro sea oscuro y para que entrar sea difícil.

La segunda es su contrario exacto: el Templo del Señor, también llamado Templo de Salomón, en Jerusalén, sobre la Explanada de Alaxa — un edificio vivo y en obra. «Tiene dos cúpulas»; «la mayoría parece una mezquita», con campana y torre en la parte superior. Arriba hay vitrales, pero no todo es vitral: hay «esas maderas repujadas y colocadas con unos patrones muy bellos» que «sirven para que la luz entre de otra manera pero que dejan entrar también aire». En los muros de circulación «todavía están todos los arabescos y los diagramas». Hay «andamios todavía colocados que alguien colocó hace poco, que antes no había». La luz es de fuego: soldados con antorchas escoltan hacia el interior, y «se llena todo el sector cuatro y cinco de velas encendidas, sirios». Los aromas «son bellos, están como espesos en el aire». Lo ciñen dos muros de contención de piedra, con salidas por los sectores nueve, ocho, siete y seis; se accede por escalinatas que vienen desde la Mezquita Al-Aqsa, y una escalera al sudeste baja a las criptas.

Formas menores que el archivo consigna: el templo de Glastonville, «un edificio de piedra grande, con unas troneras importantes», de protestantes, luteranos; y otro, de asiento no fijado, que es «una mezcla de una catedral pequeña, cuadrada, con techos a dos aguas, o cuatro aguas en realidad, pero con vitrales», con porches al costado.

Itinerario de los templos conocidos

Quien recorra el mundo con esta guía anote: en Jerusalén, el Templo del Señor sobre la Explanada. En la depresión desértica, el templo hundido. En el centro de una isla, el antiguo templo de la dualidad. En un oasis, templos antiguos dedicados a Seskee y al Carnero Amón. En México, un viejo templo en ruinas con parte subterránea, donde se guarda un espejo mágico. En la región francesa, el Templo de San Mauricio. En Bizancio, el templo Sofía. En París, «templos del amor» y templos-bibliotecas. A cinco kilómetros de un lago, el Templo de Zeus. Y sin asiento fijado: el Templo de Sol Invictus «también llamado Jelmario y también llamado de muchas otras maneras», el Templo de Bafomet —donde se vio antes el símbolo templario— y el Templo del Espejo.

Porque lo escaso no es el edificio sino el hallazgo: el Templo del Espejo «solamente lo puede encontrar un dragón».

Del umbral y su ley

El templo tiene sacerdote «recibidor, portero, que no es algo menor en estas circunstancias en donde es un templo bastante oscuro», y tiene una palabra de paso que el archivo no ha conservado — solo conservó la amenaza que abre esta entrada. Tiene guarnición: unos treinta guardias «en este momento». Y tiene ley interna: «no se puede luchar en el Templo del Señor»; golpear en la iglesia es tabú, y por eso el edificio funciona como santuario. Al Templo de Zeus se lleva a alguien montado para protegerlo: el templo ampara.

Como institución, el templo se cede y se otorga. Los canónigos del Templo del Señor cedieron un terreno que poseían cerca del lugar para la orden, y el rey «le dio el templo de Salomón a un grupo» de caballeros: de esa donación nace una orden entera. Como contenedor, guarda lo poderoso: bajo la Explanada estaban «la sabiduría, los sellos, donde se encontraron las reliquias más poderosas de la fe». Puede además ser tablero: en el Templo del Espejo «se juega a plataformas», y su pared de espejo puede romperse y ser reparada mágicamente hasta quedar «bastante parecido como lo habían dejado». Y es materia de espectáculo: en el gran teatro se da «Los Misterios del Templo», obra egipcianizante, «una obra teatral total», en serie, dividida en múltiples funciones — más de moda, dicho sea, que Matías el Inválido.

Anatomía del recinto de Salomón

El Templo de Salomón no es un edificio: es un recinto de funciones acumuladas alrededor de un patio central — establos, biblioteca, relicario, escritorio, cúpula, mezquita, hospital y laboratorio de alquimia, más habitaciones maestras numeradas del diez al quince que se asignan a un grupo entero, y criptas debajo. Santuario, cuartel, hospedaje, taller y archivo a la vez. La lógica que reúne tantas funciones bajo un tabú es simple y admirable: una orden armada vive adentro de un lugar donde no se puede pelear — duerme, cura, estudia, destila y guarda reliquias sin romper la ley. Los andamios recién colocados y las salidas múltiples delatan un edificio que se está adaptando a ese uso nuevo, no uno terminado.

Del peso que carga

El Templo es el eje sobre el que gira Tierra Santa. Su destrucción por los romanos —«unos años después los romanos mataron a todos destruyendo el templo»— sigue siendo el hecho que ordena el lugar; sobre la Explanada «corrió tanta sangre, desde las cruzadas si no antes». Y cuando el mundo cambia de régimen religioso, cambia por los templos: en París los templos-bibliotecas «están también compitiendo con lo que antes eran las solares», y en esa competencia se lee una reconfiguración institucional completa. Un templo aislado, en cambio, pesa por lo que encierra: el de México por su espejo, el del Espejo por ser inhallable sin dragón.

Advertencias del cronista

Confieso, con la melancolía del que ha copiado más de lo que ha entendido, lo que este tratado no puede establecer. La palabra de paso no ha llegado hasta mí: el registro se corrompe justo ahí, y no diré una palabra falsa donde una palabra verdadera abre puertas. El resplandor interior del templo desértico queda sin causa: la frase que la explicaba está cortada. Si el Templo del Espejo y el antiguo templo de la dualidad son un mismo edificio —ambos guardan espejos, ambos son remotos—, nada en las voces del archivo los identifica, y yo no los casaré por parecido. La grafía de Seskee es dudosa. La catedral pequeña de vitrales y porches existe sin lugar, como esos edificios que uno recuerda de un sueño. No sé si el «templo bastante oscuro» del sacerdote portero es el de la depresión o un tercero. No sé qué son exactamente los sectores numerados del Templo del Señor, ni quién colocó los andamios ni qué repara, ni qué culto ocupa el de Sol Invictus ni por qué acumula tantos nombres, ni qué se cultúa en los Templos del Amor de París ni cómo eran las solares que sus bibliotecas desplazan. El que sepa, que escriba al margen: para eso están los márgenes.

Véase además: Zeus · Glastonville · Sofía


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.