Demonios

«Esas cosas se empiezan a disipar en una especie de asquerosa bruma, de como suelen morir los demonios.» — así acaban todos, y es lo único que todos comparten

Escribo esta exégesis con la mano cansada de quien ha copiado demasiados bestiarios y sabe que éste no lo es. Los demonios no se cuentan entre los monstruos: el mundo los mide contra los dioses. De sus mayores se ha dicho que son «tan poderosos como dioses» sin ser dioses — y esa distancia, la de la potencia sin divinidad, es toda su definición.

De sus rostros, que no son uno

No hay un cuerpo demoníaco: hay familias. El primero del que guarda memoria el archivo tiene «unos cuernillos y es una cara que parece azul», y lleva colgante. Otros se manifiestan como «resplandores rojos» que pueden apagarse y volver a desvanecerse. Los hay demonios de sombra y demonios de fuego — estos últimos arrancan corazones de otros seres. En el fragor del combate se les dice «bichos, porque son bichos definitivamente»: se agarran cuerpo a cuerpo con los Ángeles.

Pero el demonio se anuncia antes de mostrarse. El que lo porta «está mirando con los ojos muy intensos, lamiendo la mano», y quien sabe leer siente «una presencia demoníaca fuerte en él». La presencia precede al cuerpo; la bruma asquerosa lo sigue. Entre una y otra transcurre todo lo que el demonio es.

De su origen y su morada

Los demonios se generan, en su mayoría, a partir de almas de mortales que murieron. No habitan un afuera teológico: «puede haber demonios en este mundo», y lo hay. Se concentran donde hay portales — por ellos invaden el Monte, y por eso se combate «para que no sigan invadiendo» — y se concentran donde hay guerra.

Su geografía es también política. En un pasado, «los diablos dominaban toda Europa». Hoy uno de ellos, un diablo, «tiene su embajada principal en Londres, en Londres Informal». Y un demonio sin nombre registrado custodia, solo, el acceso al Semiplano: «es el único que sabe el acceso a este lugar». Quien quiera entrar, tratará con él o no entrará.

De su jerarquía

El conjunto se ordena por dos ejes que se cruzan. El primero es de sustancia: sombra, fuego, guerra — cada familia toma su elemento del daño que administra, y fue la de la sombra la que atacó ciudades durante la Segunda Guerra de las Sombras. El segundo es de rango: los de nivel más alto «tienen nombres»; el resto es masa anónima generada de los muertos. Por eso el mundo puede, a la vez, tratar con individuos — una embajada, una alianza, un guardián — y enfrentar oleadas sin rostro.

De cómo se los combate

Contra ellos opera la luz — a la que la fuerza oscura nutrida por los portales combate — y opera el clero. Los curas los reconocen como enemigo verdadero; lo dejó dicho quien lo comprobó: «la lucha contra el demonio era más real de lo que me imaginé». Hay armamento preparado para esa lucha: «todas las armas están santificadas contra Devils». Y se los puede vencer: unos demonios «que eran unos generales» fueron derrotados por una compañía a la salida de una torre.

De cómo se trata con ellos

Y sin embargo, se negocia. El Demonio de la Guerra fue entregado como aliado a los viajeros cronomáticos para eliminar la Ucronía. Un demonio de fuego habilita el viaje entre estrellas, con promesa registrada: «luego podrás conectarte con las otras estrellas, de aquí hacia allí no serás dañado». Los «demonios de la guerra» abogan por los intereses de quienes van a caer en combate — abogados de los que aún no han muerto, generados de los que sí. Cuando un demonio actúa sobre un lugar deja contaminación verificable, y una investigación especializada puede determinar «si la acción del demonio se encontraba allí»: el demonio deja huella, y la huella se lee.

Del despertar

Hay un estado del que ya no se vuelve. Los demonios «ahora han despertado», y «no van a ser conciados otra vez». Lo que antes se conciliaba, ya no se concilia: el despertar es irreversible y cambia el estado permanente de Antiterra. Que nadie sueñe, además, con suprimirlos: sostienen tres funciones que ningún otro sostiene — el acceso al Semiplano, el viaje interestelar, la puerta del Monte —. Quien los borrara cerraría puertas que nadie más abre. El mundo, se diría, ha aprendido a necesitar a su enemigo.

De demonios y diablos

El uso corriente los emparienta; el mundo los distingue, y obliga: «tenemos que elegir entre los diablos y los demonios». Pero lo que reúne a unos y otros bajo la misma sospecha no es la naturaleza sino la geografía política — ambos ocupan territorio, Europa entonces, Londres Informal ahora — y el mismo remedio: arma santificada y cura. En qué difieren realmente, las voces no lo establecen. Este cronista deja constancia de la elección sin poder explicar sus términos, como quien copia un juramento en lengua extranjera.

Advertencias del cronista

Confieso los límites de esta exégesis, que son muchos. No sé decir en qué se distinguen demonios y diablos, si el mundo exige elegir entre unos y otros: la distinción está fijada, su contenido no. No sé cuándo ni por qué despertaron, ni qué era, antes, conciarlos: de aquella conciliación perdida no queda descripción. El guardián del Semiplano no tiene nombre en el archivo, ni se sabe qué exige a cambio del paso. Ignoro qué es «Londres Informal» — si barrio, capa del mundo o forma corrupta de otro nombre —. El mecanismo por el cual un alma muerta se vuelve demonio, y qué determina su rango, llega en voces confusas que no me atrevo a fijar. Si «generales» es especie, título o mera descripción, no consta; la torre de aquella victoria no está identificada con certeza. Se menciona alguna relación de los demonios de fuego con milagros o intervenciones divinas, y no se aclara. Y falta toda medida: cuántos son, qué tamaño tienen, cuánto duran los portales del Monte. El que sepa más, que escriba al margen.

Véase además: Semiplano · Ángeles · Torre


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.