Semiplano

«Podés estar un año acá, envejecer en este lugar un año y volvés al plano material primario.» — testimonio de viajero, recogido al regreso

Escribe Paulus Alexandrinus: de todas las arquitecturas que los planos consienten, ninguna me resulta más melancólica que el semiplano — un «pequeño fragmento de realidad portátil», un pedazo finito de mundo con reloj propio, alojado dentro de un plano mayor como una cámara dentro de un palacio que no la conoce. Quien entra en uno envejece de verdad; el mundo que dejó atrás apenas parpadea. Es un afuera del tiempo, y por eso el mundo guarda ahí lo que no puede tener afuera.

De su forma y medida

No hay dos que se parezcan. El que aloja el refugio de Magda, levantado dentro del Plano de los Sueños, es «una especie de lugar de manera hectárea, con una especie de refugio catedral, boscoso»: una región entera en torno a una estructura catedral, sobre «una tierra vigorosa, de comida abundante, donde hay pequeños dinosaurios». Otro registrado es su reverso exacto: «un territorio como una especie de fiordo… donde golpean las olas. Porque hace frío», y «no tiene ninguna abundancia» — ni un árbol.

Y sin embargo, bajo el paisaje, la medida: hay semiplanos que se cuentan en cubos. Uno de ellos es «cúbico», de 170×170×170 cubos de diez pies por lado — apenas media cuadra urbana, si se me permite la vulgaridad de la comparación. Un mundo del tamaño de media cuadra, con su propio siglo adentro.

De sus puertas

Se entra y se sale por gates. El que sirvió a los compañeros para abandonar el semiplano de Horatiol «parecía medio hasta ridículo que igual sirvió para salir del lugar» — anoto la frase porque ilustra una ley general: la dignidad de una puerta no garantiza su función, ni su ridículo la anula. El viaje mismo no es instantáneo; según el scroll, «tarda cuatro horas». Y las puertas pueden cerrarse: consta que «se cerró las entradas a ese semiplano donde está gestando este nuevo reino». Cerrar la entrada de un semiplano es aislar lo que madura adentro — un acto cuyas consecuencias exceden al que gira la llave.

De su reloj

Aquí las escuelas disputan, y yo transcribo sin dirimir. Una versión sostiene: «cuando estoy acá, puedo estar una semana y en la realidad solo pasan un minuto». Otra enseña: «si una hora en el mundo real es un día en el plano», es decir, «un día en el semiplano es una hora en la realidad objetual». Semana por minuto, o día por hora: las proporciones no coinciden, y ningún registro las reconcilia. Acaso cada semiplano tenga su propia ley — del semiplano-fiordo se dice expresamente que «no es el que pasa el tiempo loco», prueba de que el desfasaje no es universal.

Lo que sí es firme: el envejecimiento adentro es real, el tiempo afuera casi nulo. Por eso el semiplano sirve para descansar y recuperarse — «habíamos dicho que nos descansó este lugar de sueño» — y por eso funciona como cámara de entrenamiento: un año de disciplina que al mundo le cuesta un suspiro.

De su generación

Los semiplanos no solo se encuentran: se hacen. Consta que alguien «genera un semiplano en el astral porque el tiempo se vuelve espacio» — fórmula que dejo intacta, porque no sabría mejorarla. Ese semiplano astral se abrió entre Alfa Centauri y la Tierra, a dos años luz del pasaje (otros dicen cuatro; los itinerarios estelares son tan discutidos como los terrestres). También en la frontera aparecen: «las plataformas pueden funcionar a veces como planos diferentes. Por lo menos como semiplanos» — véase Plataformas.

De lo que incuban

El catálogo de lo depositado en semiplanos es, en rigor, un catálogo de lo que el mundo no se atreve a dejar a la intemperie. En el semiplano de Horatiol, los compañeros anclaron «una semilla que crecería hasta tal vez sacar la ciudad sumergida» — la semilla de Atlántida. En otro, absorbido, se halla la gema del infinito. En un tercero «está gestando este nuevo reino», tras puertas ya cerradas. La lógica es siempre la misma: los procesos de larga duración se incuban donde el diferencial temporal les permite madurar mientras afuera casi no pasa nada. El semiplano es el vientre del mundo.

Que uno tenga catedral y dinosaurios y otro sea fiordo helado y estéril sugiere que el paisaje no lo fija la naturaleza del semiplano sino quien lo construyó, o el plano que lo contiene. Los compañeros conocen esto de primera mano: «nosotros hemos pasado por este semiplano».

Advertencias de Paulus

Confieso los límites de mi ciencia. No sé cuál de las dos proporciones temporales rige, ni si la pregunta misma está mal hecha y cada semiplano lleva su propio reloj. No sé si Horatiol es el nombre de un lugar o de un soñador —Oratiol, escriben otros— cuyo semiplano onírico personal visitaron los compañeros; las voces del archivo se confunden en ese punto. No sé quién puede construir un semiplano, ni a qué costo: solo que se generan. No sé quién cerró las entradas al semiplano del nuevo reino, ni si pueden reabrirse. No sé qué determina el clima y la fertilidad de cada uno. No sé cómo conciliar los 170 cubos con la «hectárea» del refugio de Magda, ni si todos son cúbicos. Del fiordo ignoro su ley temporal; de la gema del infinito, qué significa que su semiplano fue «absorbido», y por quién. El que sepa, escriba; el que no, desconfíe de quien afirma.

Véase además: Plano de los Sueños · Magda · Plataformas


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.