Bizancio

«Vamos a Bizancio, conviértete en el rey que debes ser.» — exhortación recogida en los registros, camino de la capital

«La fértil y feliz Bizancio»: así la nombran las voces del archivo, y así la consigna este cronista, que ha aprendido que las ciudades felices son las que más vigilancia exigen. Capital del mundo «en este momento del imperio» —el imperio romano que aquí no cayó—, de clima cálido —los viajeros hablan del «calor de Bizancio»— y con bosquecillos en sus cercanías, es una ciudad-corte en su apogeo, gobernada a la vez por sus ministerios, por las facciones del Hipódromo y por una cofradía que administra poderes en buena parte demoníacos. Hay una sola Bizancio, y es el centro.

Las tres sedes

La ciudad se ordena sobre tres lugares de capital importancia, y quien quiera entenderla debe entender que las tres se necesitan y se vigilan.

El Palacio es «el centro neurálgico»: allí administra la corte, allí residen los compañeros, y en sus bibliotecas moran eruditos árabes, porque Bizancio practica tolerancia religiosa —admite a esos eruditos en las bibliotecas del palacio y consiente que los musulmanes recen en público, tendidos en el suelo.

El Hipódromo es «el sentir del pueblo»: treinta mil, cuarenta mil personas o más caben en su recinto. Pero el mismo edificio que contiene la voluntad de la masa contiene también otra cosa: antiguos dioses «prisioneros en forma de estatuas». Que la ciudad haya encerrado lo sagrado antiguo en el lugar donde ruge su pueblo es un hecho que este cronista consigna sin poder explicar; acaso explique, en cambio, por qué la cofradía que regula lo demoníaco tiene algo que hacer allí.

Santa Sofía es la religión. El archivo no dice más, y la brevedad, en este caso, tiene la forma de una consagración.

Hay además una arena donde se corren los juegos fúnebres, en los que compiten las casas por un trofeo que es un libro.

Los tres canales del poder

El poder corre por tres cauces simultáneos, y ninguno basta solo.

Primero, la corte: ministerios especializados —Finanzas, Tareas Amorosas, Paz (que «también funciona guerra, comprenderán») y Abundancia, la Cornucopia— y jerarcas aristócratas con autoridad para exigir, dar órdenes de ejecución y reportar incumplimientos a autoridades superiores.

Segundo, las facciones por color —verde, azul, roja y blanca, siendo las más importantes la verde y la azul—, que funcionan como clubes o barras organizadas y controlan comercio, tratados, decisiones imperiales y el Hipódromo, que es donde se enfrentan. Son capaces de matar y destronar emperadores. Quien crea que las carreras son un pasatiempo no ha entendido la ciudad.

Tercero, la cofradía, que «regula los poderes de la ciudad, y muchos son poderes demoníacos». Si la cofradía es parte de la corte, si la vigila o si compite con ella, es cuestión que los registros dejan abierta.

El estilo se lleva en el cuerpo

Bizancio se viste: túnicas de estatus, pelo más largo y trenzado, barba larga. Merle cambió su estilo desde la ciudad —pelo más largo, trenzado, barba larga «con el estilo de Bizancio»—, y quien sale al desierto sincretiza esa vestimenta con el turbante. La capital exporta su moda como exporta su autoridad: sobre el cuerpo de los que se van.

El imperio y el tiempo

El imperio en apogeo alcanza Valaquia y tierras balcánicas; a Bizancio se envían mensajeros desde afuera, y sus fronteras orientales se mencionan junto a la fundación de territorios. El escenario está fechado en 1050, con menciones a 1051, y los compañeros llevan «casi un año» residiendo en la ciudad.

Pero el tiempo de Bizancio no es uno solo. La dama del oasis —fantasma de cronología inestable, que dice haber visto la ciudad en sueños y una vez «viajada de incógnito»— declara: «yo estuve en Bizancio mil años después, mil más». La ciudad existe, pues, comprobada desde otro punto del tiempo, lo que la vuelve algo más que una capital: un punto fijo alrededor del cual giran los siglos.

Del antiguo Bizancio se recuerdan cinco casas, cinco dragones, uno de cada color: negro, rojo, azul, blanco y verde. El sistema cromático coincide en parte con el de las facciones del Hipódromo; que sean el mismo sistema es cosa que nadie ha demostrado.

Advertencias del cronista

Dos versiones de la suerte de Bizancio corren por los registros, y este cronista no va a elegir entre ellas: en una, la ciudad está «en el apogeo»; en otra, «perdió mucho poder, todavía está presente» y «le quedan como cien años hasta que cae». Que sean dos momentos distintos del ciclo o dos escuelas sobre el mismo presente, el archivo no lo establece; cualquiera de las dos hace que el mundo entero dependa de lo que pase en esta ciudad. Queda abierto, también: si las cuatro facciones por color y las cinco casas-dragón son un solo sistema, de dónde saldría la quinta —la negra—, y si existe una facción Amarilla; si los juegos fúnebres son costumbre antigua de la ciudad o acuerdo puntual de una negociación, y qué libro es el que se disputa como trofeo; qué son exactamente los dioses encerrados en el Hipódromo, quién los encerró y qué pasaría si alguien los libera; si la Cornucopia es el nombre del ministerio de Abundancia o un atributo suyo. Del Palacio, de Santa Sofía y de la arena falta toda descripción física; de la ciudad, sus materiales, su tamaño, sus murallas, su puerto y su estado de conservación; y no hay precios, monedas ni medidas de ninguna clase. El viajero que llegue con estas preguntas hará bien en no formularlas en voz alta delante de un jerarca.

Véase además: Palacio


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.