Toros

«hay 12 toros abajo» — voz de alarma recogida en el asalto a la Nave

Doce cuerpos, doce signos, un sistema. Quien crea que habla de fauna se equivoca de tratado: los toros no son animales que casualmente coinciden, sino los doce, una doceava cerrada y numerada donde cada bestia porta, en «un calce profundo» grabado en el metal, uno de los símbolos del zodíaco. De uno de ellos consta Virgo. Este cronista los consigna aquí, en el capítulo de las naturalezas, con la reserva de que ninguna naturaleza conocida los explica del todo.

Del cuerpo

Son inmensos y metálicos. La piel es «medio metálica y dura, granita» —gránito, dicen algunos copistas—, y obra como caparazón antes que como cuero. Emiten vapores. Tienen cuernos que pueden partirse bajo el golpe de un arma, y al golpearlos «salen chispas» porque «es metal». Pero que nadie los inscriba entre las cosas fabricadas: no son constructas. Bajo el metal «son vivos… tienen sangre». Algunos son amarillos. Y en el fragor del combate se les ve, además de la furia, «un brillo si no de inteligencia por lo menos de sabiduría»: no cargan a ciegas, entienden la batalla.

De cómo se los combate — y de cómo no

El golpe franco es un error de método. «Tus golpes abollan el caparazón metálico del toro. Contra el metal ¡No duele!» La carcasa anula el impacto y obliga a buscar la carne debajo, porque hay sangre ahí. Tampoco sirve el arte de la mirada: son «mágicos malditos», y contra la petrificación de una Gorgona salen indemnes — «Toros 22. Salen contra petrificación. Una gorgona.» Doce de ellos atacando a la vez una nave reordenan el encuentro entero; el hierro y la piedra fallan, y el que sobrevive es el que cambió de método a tiempo. Cuál es el método que sí los mata, el archivo no lo entrega, y este tratado no va a fingir que lo sabe.

De los ejemplares fuera de la doceava

Fuera del conjunto zodiacal se registran ejemplares sueltos: un par —«los dos toros», «el toro amarillo»—, uno que embiste a una compañía mientras cruza un río durante el vado, y un toro volador. Si son de la misma especie que los doce o de otra categoría que solo comparte el nombre, es cuestión que los registros dejan abierta.

Del Toro especial

Hay además un Toro especial, salvaje, único en los registros, que opera en un orden enteramente distinto al de la manada: detecta el mal, es montable, y sirve como regalo diplomático — un animal que se entrega para sellar una relación entre poderes. Donde los doce pesan como amenaza, éste pesa como bien de intercambio. Su tamaño, su aspecto, quién lo regaló y a quién, y si su don de detectar el mal es constante o exige algo del jinete, son cosas que nadie dejó escritas.

Del Toro de Bizancio

En una de las plazas principales de Bizancio hay un Toro. Estatua, criatura o emblema: el propio registro lo deja sin fijar, y tampoco se sabe si guarda relación alguna con los doce zodiacales. El viajero que pase por esa plaza haría bien en mirarlo dos veces antes de decidir de qué lado del bestiario lo pone.

Reservas del cronista

Quede dicho lo que este tratado no puede afirmar. No hay origen, criador ni amo registrado: nadie sabe de dónde vienen los doce ni quién los envía. Del «calce profundo» no consta si es mera marca identificatoria o si cumple función en el cuerpo o en el arte. De los vapores que emiten no se sabe si dañan, si señalan o si son mero subproducto del metal vivo. Y la pregunta más incómoda queda en pie: si el metal anula el golpe y la sangre está debajo, ¿cómo se los mata? El que lo averigüe, que lo escriba; este cronista solo puede advertir que las armas de hierro no bastan.

Véase además: Gorgona · Nave · Bizancio


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.