Rey Amarillo

«Tal vez es el único que nos puede salvar.» — voz de una ciudad en crisis, recogida cuando ya no quedaba otra plegaria

Escribo, como suelo, sobre lo que no he visto; pero esta vez escribo sobre lo que nadie ha visto, y ahí está la dificultad y quizá la enseñanza. El Rey Amarillo no habita el mundo: le es prometido. Viene «de otros mundos», se lo llama «desde las estrellas», y todo cuanto el mundo posee de él es su color, su espera y el rumor de su trono.

Exégesis del color

De su cuerpo, un solo rasgo consta: «tiene una capa amarilla, como por supuesto, Rey Amarillo». No hay rostro, ni tamaño, ni voz, ni olor. El amarillo es a la vez capa, nombre, título y bandera del movimiento que lo evoca; es la marca por la cual, si llegara, se lo reconocería. Un dios reducido a su atributo: los antiguos habrían dicho que es la forma más pura de la potencia, y los prudentes, que es la forma más pura de la ignorancia. Yo anoto ambas lecturas y no elijo.

De su unicidad y su ausencia

Los que hablan de él hablan siempre en singular y con artículo determinado, como de una figura única. Y sin embargo no está: su modo de ser en el mundo es la llegada pendiente. Tres puntos lo tocan. Una ciudad en crisis que lo nombra como último recurso. Un sitio donde enemigos «estaban tratando de invocar al Rey Amarillo desde las estrellas» — operación que fue detectada, temida, tratada como acontecimiento. Y Bizancio, sede de gobierno que le atribuye la Reina de Amarillo, que declara estar «esperando su rey». Su conocimiento no es corriente: se pregunta por él —«¿qué sabés vos del Rey Amarillo?»— como se pregunta por lo que pocos manejan.

De la invocación y la tentación

Opera por invocación, no por presencia. Existe un procedimiento con nombre propio, la Invocación del Rey Amarillo, orientada a las estrellas y ejecutable por agentes hostiles; su llegada está además condicionada por la espera de la Reina. Pero su acción sobre las almas es otra, más íntima: la tentación. Se habló de una «posible candidata de acceder a la tentación de este Rey Amarillo de otros mundos» — el vínculo con él se establece, pues, por aceptación individual, no por conquista. Para quien lo invoca es esperanza; para quien lo observa desde afuera, una operación enemiga. Pocas potencias exhiben con tanta claridad esa doble faz.

La constelación amarilla

Alrededor del ausente se ordena una constelación completa: una consorte que aguarda, un trono designado, una técnica de traída, y una base terrestre que agita su color — El Sol Amarillo, movimiento revolucionario que, contra toda lógica heráldica, marcha bajo pendones rojos. Lo que reúne estas piezas es la necesidad de un rey que todavía no está: la Reina espera, el ritual trae, el movimiento prepara, la ciudad implora. Que El Sol Amarillo sea su culto, o que la Reina lo dirija, nadie lo ha establecido; el vínculo es de color y de figura, y así lo dejo escrito.

El gigante del patio

Hay un episodio que el cronista no puede callar ni tampoco resolver. Sobre un patio fue invocado un gigante amarillo con tentáculos, que levantó un martillo y murió de un golpe. Los testimonios lo tratan siempre como «el gigante», criatura sin nombre. ¿Era el Rey, o una manifestación suya, o una bestia que solo comparte el color? Si era el Rey, entonces el mundo ya lo vio llegar y ya lo vio morir, y toda la espera de la Reina es viuda sin saberlo. Si no lo era, el amarillo abunda más de lo que conviene a una marca de reconocimiento. La coincidencia queda declarada; la identidad, no.

Reservas de este cronista

Confieso los límites de mi ciencia, que son muchos. No sé qué relación de mando une a la Reina con su Rey: si lo convoca, si lo sirve, si gobernará en su nombre. No sé qué requiere la Invocación —oficiantes, lugar, momento astral, ofrenda, costo—, ni qué fue de la que los enemigos intentaron: si se completó o se frustró. No sé en qué consiste la tentación, qué ofrece a quien accede ni qué le cobra después, que es lo que toda tentación cobra. No sé dónde queda Bizancio respecto de la ciudad en crisis. Y no sé —esta es la pregunta que me quita el sueño— si el Rey Amarillo ha llegado alguna vez, o si el mundo solo conoce su espera. Un dios que consiste en ser esperado: he ahí, quizá, su definición más exacta, y su amenaza.

Véase además: Reina de Amarillo · Bizancio


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.