«La clave está tras una gárgola: la rosa blanca.» — Huilda, con la mano de un paladín encima

Presentación

En la última capilla de la cripta de Ungarn, detrás de una gárgola a la que le falta un ala, más allá de una barrera de esporas mortales y de un guardián que cobraba en vida, crecían siete rosas blancas: las rosas del descanso eterno, que un sacerdote o un paladín puede volver contra el mal que no camina a la luz. Cada flor conserva su virtud un día una vez arrancada, y tiene más de un uso, aunque las voces del archivo no permiten enumerarlos con precisión. Fijar a una muerta que camina para que reciba la estaca es uno de ellos; dar descanso a quien lo pide es otro.

La compañía de Sogol las arrancó todas. En el momento en que la séptima dejó el tallo, la capilla perdió su luz y toda la vegetación del lugar se marchitó para siempre: era el último foco benéfico de un dominio que ya no tenía otros, y se lo llevaron entero en cinco manos. Fue una victoria con el precio de una profanación, y el archivo lo asienta con las dos palabras.

Una rosa se gastó en el bosque, al amanecer, para que Elisa descansara. Las otras viajan con la compañía, la mayoría con Lirio, que intentó en vano hacerlas germinar de nuevo en tierra consagrada de Nothenvell: en una ciudad donde lo sagrado nunca prendió, la rosa no prende.

Vínculos

  • Ungarn — la capilla de donde salieron, apagada
  • Lirio — quien las cargó, las usó y quiso replantarlas
  • Nothenvell — donde no germinaron

Apariciones

  • Gesta viva de Sogol, jornada tercera — la capilla, las siete rosas, la luz apagada.
  • Jornada cuarta — la rosa gastada con Elisa; el intento de germinarlas.