Marcel

Un colorado alto, del que «no se sabe muy bien la estatura porque tiende a irse un poquito encorvado». Vayan los curiosos a la casa del señor Alfonso y pregunten por el mayordomo: lo que encontrarán es un hombre de «ropa muy conservadora, de negro», sin una sola decoración, «bastante plano», con un maletín en una mano y un bastón en la otra. Ese es Marcel, el factótum. Por sus manos pasa todo lo que en esa casa funciona.

El traje del respeto

Nada de lo que Marcel lleva puesto es casual. Los zapatos de cuero están «desgastados de viejos pero mantenidos lo mejor posible» — y quien lea ahí pobreza lee mal: es conservación obstinada, el cuidado del que no puede permitirse ni el lujo ni el descuido, porque se presenta en nombre de otro. El bastón no sostiene ninguna pierna: lo lleva «en parte porque se espera que alguien respetable» use uno, «y en parte para aparentar más edad». Se dice de él que es galante y guapo. Y sin embargo el registro también da fe de que se lo llama «Marcel es un joven de 22 años» y, en otra voz, «viejo y peludo» — de esa disputa se ocupa el cronista más abajo.

La otra capa

Cuando viaja, el mayordomo de negro se convierte en otra cosa. Lleva entonces «la típica gabardina de cuero de viaje» y una capa larga de cuero, «estilo cazador», de frontera. Cuando va armado, la coraza no es pieza muy trabajada, pero ostenta una cruz. Y por dentro de la capa, cosidos a mano y de manera desbordada, van varios símbolos esotéricos.

Nótese el orden de las cosas: la cruz va por fuera, sobre el pecho; los símbolos van por dentro, contra el forro, donde nadie los ve. En este mundo la protección religiosa se ostenta y la otra se cose donde no se ve. El hombre respetable de negro y el veterano de un regimiento destruido tienen que viajar en el mismo cuerpo sin que uno delate al otro.

Tres domicilios, un solo hombre

Marcel es la bisagra de tres mundos que sin él no se tocarían. Primero, la casa del señor Alfonso, donde ejerce de mayordomo y factótum «como siempre»: cuando el señor recibe, la casa y las personas que están en ella quedan «bajo los cuidados también de Marcel», y se le puede exigir cuenta de sus movimientos — «Marcel, ¿vos le dijiste a tu señor que ibas a estar vos?». Segundo, la taberna de una amiga del regimiento, donde trabaja: de la unidad militar a la que perteneció, destruida hace tiempo, no le queda más que esa red de camaradas, que hoy es su medio de vida. Tercero, una casa rentada «en pleno París», adonde va por Navidad — aunque va «con la intención más de ver a su tío que a su esposa».

Porque Marcel está casado, y «no se puede divorciar todavía». No tiene hijos. La esposa es religiosa, presuntamente más devota que él, y vive en el ámbito de París. Ese matrimonio indisoluble, esa cruz por fuera y esos símbolos por dentro dibujan, sin necesidad de decirlo, la clase de fe que este hombre practica.

Las ausencias

No manda, pero cuando falta se nota, y por eso sus ausencias quedaron datadas como acontecimientos. Una larga enfermedad lo apartó de la compañía, y se reincorporó después de ella. Y hubo un período largo en que permaneció encerrado, «metido en el sótano laburante»: siete meses — el registro dijo primero ocho y se corrigió en el acto. Qué hacía ahí abajo, y bajo qué techo, es cosa que nadie ha explicado.

Advertencias del cronista

Sobre la edad de este hombre, las fuentes no se ponen de acuerdo y este cronista no va a zanjar lo que ellas no zanjaron: una descripción lo da por joven de 22 años; un mismo padrón de edades —donde figura junto a Alfonso, De Brien, Yaz, Marlene y Char— anota «Marcelo tiene 21» y también «Marcelo 28»; y una voz lo interpela como «viejo y peludo». Queda incluso abierta la sospecha de si ese Marcelo de 21 y ese de 28 son dos hombres distintos. Tampoco el nombre está firme: las voces producen Marcel, Marcelo, Marcilla y Marcilo, y falta establecer si el Marcilla del sótano y el Marcilo colorado y alto son el mismo. De la estatura solo consta que es alto, «de 80 para arriba» — cifra trunca, y el encorvamiento no ayuda a completarla.

Nadie ha registrado por qué no puede divorciarse: si el impedimento es de ley, de iglesia o de dependencia respecto del señor Alfonso. Nadie ha descrito los símbolos cosidos en la capa, ni quién los cosió, ni qué hacen, ni si conviven o riñen con la cruz de la coraza. No se sabe qué enfermedad lo apartó ni cuánto duró; no se sabe qué regimiento era el suyo ni cómo fue destruido; el tío de París y la amiga tabernera no tienen nombre en los registros. Y el orden de sus tres domicilios —casa señorial, taberna, París— sigue sin mapa. El que quiera saber más, que pregunte en la taberna. Si Marcel atiende, quizá conteste.

Véase además: Alfonso


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.