Laberinto de Marfil

Quien viaje a orillas del Mar Muerto no necesita mapa para hallarlo: basta buscar en el horizonte «la cabezota gigante». Una cabeza monumental de dios muerto, de proporciones gigantes, tirada en el terreno como si el cielo la hubiera dejado caer y nadie hubiera tenido fuerzas —ni piedad— para enterrarla. Al costado se abre «una grieta», y en la grieta se ve «como un pozo que penetra» hacia adentro del cráneo. Ese pozo es la puerta. Lo que hay del otro lado no cabe en esta carta, porque no cabe en el mundo.

De la entrada y de quienes la labraron

La grieta no fue obra planificada de nadie; el añadido humano vino después. Cerca de la boca del pozo hay colmillos clavados —«parecen colmillos de elefante»— y una construcción hecha con «fragmentos de Colmillo, como si fuera huesos y pedazos por ahí o planchas de madera». Alrededor quedan restos «como si alguien hubiera estado minando el lugar o también sacando, construyendo algo»: el marfil de la cabeza es cantera y material de obra a la vez, y quien excava para sacar material es el mismo que con ese material fortifica la entrada. Los colmillos «los han puesto ahora»: hay obra reciente, y ningún nombre firma esa obra.

No es la única puerta. En otro punto se accede por «una escalera que desciende», y por lo menos un ramal subterráneo arranca desde un río seco.

De lo que hay adentro

Cruzada la grieta, la escala humana se abandona en la orilla. El interior es más grande que el mundo material: contiene ciudades, montañas, planicies de huesos, ríos, cimientos, túneles y cuartos adaptables. La primera sala es «la sala uno», y de ahí el laberinto se extiende en salas conectadas. Hay brumas, y de las brumas se sale «de un intersticio temporal o espacial, mejor dicho, el laberinto». Hacia adentro el sitio cambia de régimen: deja de ser edificio y pasa a ser mundo, porque lo que organiza el interior no es la construcción sino el encierro de lo que ahí se guarda. Hacía falta un lugar imposible para contener lo imposible, y la cabeza de un dios muerto fue el único continente disponible.

Los profetas hablan de él; es sitio arqueológico de Tierra Santa, y en estos territorios «el laberinto de Marfil» se nombra sin explicación, como se nombra lo que todos conocen.

Del encierro

Allí fue encerrado Baphomet —«lo encerró en un laberinto»—, y de esa reclusión viene uno de sus nombres: Laberinto de Bajomed. Allí hay cautivos, esclavos, muchachos y muchachas; entre ellos, desaparecidos de una compañía que los buscó adentro: «faltaba gente, eso decían, pueden ser los nuestros». Y allí se resguardaron almas: un millón de almas, buscadas por visión cuando «se cortó el hilo de la comunicación». Quién retiene a los cautivos, y con qué fin, es cosa que el archivo calla.

El peligro del sitio tiene signo: Tauro. El laberinto y el Minotauro son la misma advertencia, dicha dos veces.

Del pasaje

Porque el Laberinto no es solo cárcel: es intersticio temporal o espacial, y de sus brumas se sale a otro lado. Los Templarios del Laberinto de Marfil —la orden que del sitio toma el nombre— «ya habían estado viajando a través del tiempo» antes que ninguna compañía reciente. Por sus salas circulan artefactos antiguos. Y uno de sus ramales subterráneos, el que arranca del río seco, conduce a una caverna donde descansa un reino dormido: «el reino de la ciudad que se despierta».

La regla de navegación está fijada como saber práctico, y este cronista la copia tal como se enuncia: de los Laberintos se sale siempre doblando hacia la izquierda.

De la cabeza, la cruz y los linajes

El titán en cuya cabeza está el Laberinto es Poseidón, el dios «que era del Mar Muerto»; el laberinto sería lo «que tenía pensado ese Dios al morir». En esa misma orilla los Templarios investigaron la cabeza de un titán caído y hallaron la Astilla de la Veracruz clavada en el cerebro petrificado de Kronamon. El sitio interviene en reliquias y también en linajes: fue la puerta donde el padre del hablante conoció a su madre.

Y pesa sobre él una declaración de futuro, dicha por la entidad femenina identificada después como hija de Baphomet: «Esto va a ser una gran ciudad y está en Laberintos». El Laberinto de Marfil no es solo lo que fue: es una ciudad por venir.

Reparos del cronista

Confieso lo que no sé, que es mucho. Los registros dan «cabeza de Poseidón», «cabeza de un titán caído» y «cerebro petrificado de Kronamon» sin declarar si son una sola cabeza o dos caídas en la misma orilla; el que resuelva esa cuestión hará más por la geografía sacra que este escriba. Se nombra un lugar llamado Laberintos del corazón, y no consta si es sala, región interior o nombre alterno del conjunto. Queda abierta la duda de si el laberinto de Bajomed y el Labyrinthus Marfíleo de los dossiers son un mismo sitio. Nadie ha medido la cabeza más allá de «gigante», ni la distancia desde punto conocido alguno hasta la grieta. De la orden templaria no consta si el Laberinto es su origen, su sede o solo su objeto de estudio. La regla de la izquierda se enuncia, pero nadie ha escrito qué pasa al que dobla a la derecha, ni si la regla sirve también para entrar; sospecho que los que podrían responder no volvieron para hacerlo. Y de los desaparecidos de aquella compañía, el archivo no dice si fueron hallados.

Véase además: Templarios del Laberinto de Marfil · Poseidón · Kronamon · Astilla de la Veracruz · Baphomet · Mar Muerto


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.