
Les abrí las tranqueras de mi casa: ahora suelten la mala compañía y déjenme hacer justicia a mi manera.
El patrón de Bellocq
Ernesto Echegoyen —a quien todos en las islas conocen por el apodo el Pupe, que la lengua suelta deforma también en Pupias o Pupesito— es un estanciero poderoso de Bellocq. Anda por los cincuenta años, fortachón, curtido por el mar y el trabajo a la intemperie, con el aire inconfundible del patrón rural acostumbrado a que su palabra se obedezca. Es hijo de la matriarca de la familia, la vieja del Pupe —a quien los suyos llaman Úrsula, aunque el cuaderno 99 nunca le fija ese nombre de pila—, y padre de la joven Laura_Echegoyen.
Su casa es la estancia de los Bellocq, una familia vasco-francesa de vieja raíz en las islas. Fue esa estancia la que, en su momento, “abrió las tranqueras” al turismo costero, y su historia se enlaza con la fundación del faro que vela sobre ese tramo de costa. El Pupe es el heredero y señor de todo eso: tierra, ganado y la autoridad informal que en un sitio tan aislado vale tanto como un título.
Un protector de métodos turbios
El Pupe entra en la gesta cuando el grupo que el Operativo Cóndor arrastró hasta las islas libera de la mazmorra de la cofradía a su madre, secuestrada y retenida como rehén por los hombres-pez de la Orden Esotérica de Dagón. Agradecido por el rescate, los toma como invitados y protegidos en su estancia. Quiere, sobre todo, entender una cosa que lo desvela: por qué raptaron a su madre y qué buscaba en ella la cofradía del fondo.
Pero su gratitud tiene la forma de un patrón que maneja la zona como un grupo de tareas. Llega siempre armado —un subfusil de los que reglamenta el Ejército cruzado a la espalda y un chumbo al cinto— y su protección viene con condiciones. Encubre sin reparos el robo del Citroën que el grupo trae de tierra firme; a cambio, les ofrece ayudarlos a “hacer justicia”, con la exigencia de que suelten a la “mala compañía” que arrastran —los hombres que en la gesta responden a los nombres de Moretti y Uriel—, gente que al Pupe le huele mal y que no quiere bajo su techo.
Es, así, un aliado de doble filo: útil mientras conviene, peligroso en cuanto se le cruza la voluntad. Su estancia es refugio y a la vez jaula amable, y la “justicia” que promete es la del patrón que decide por mano propia quién merece amparo y quién castigo. En el mapa de la gesta de las islas, el Pupe es la cara terrenal y argentina del poder —la del estanciero con escopeta y código propio— justo antes de que el abismo de Cthulhu, al que rinde culto la cofradía bajo las olas, vuelva pequeña cualquier disputa de tranqueras.
Vínculos
- Abuela_Echegoyen — su madre, la vieja del Pupe, rehén de la cofradía a la que él busca rescatar y vengar
- Operativo_Condor — la gesta que arrastró a las islas al grupo que liberó a su madre y al que él toma por protegidos
- Orden_Esoterica_de_Dagon — los hombres-pez del culto a Cthulhu que secuestraron a la abuela
- Citroen_2CV — el auto robado cuyo origen el Pupe encubre a cambio de lealtad
Notas
El cuaderno 99 lo registra como el Pupe, con las variantes habladas Pupias y Pupesito; su nombre de pila, Ernesto, y el de su madre, Úrsula, provienen del desarrollo de la gesta, no del manuscrito. Su arco lo deja como protector ambiguo: el grupo gana un refugio y un valedor armado, pero queda atado a las condiciones de un hombre que entiende la justicia como un asunto privado de la estancia.