
Desnuda salí del mar y desnuda me devolvieron a él; lo que vi en el medio no tiene ropa que lo cubra.
La vieja del Pupe
La abuela Echegoyen es una anciana de unos sesenta años, matriarca de una de las familias de estancieros de las islas. La conocen como la vieja del Pupe: es la madre —o la suegra— de “el Pupe” Echegoyen, el estanciero, y abuela de la joven Laura_Echegoyen. Tiene fama de excéntrica y la confirma a cada paso: es nudista, y se la ve bañarse desnuda en el mar frío del Atlántico Sur sin que la temperatura ni la mirada ajena le importen. De convicciones tan firmes como sus costumbres, se declara luista —partidaria de la liberación de la mujer— en una tierra y un año en que esa palabra todavía suena a escándalo.
Rehén en la mazmorra
Esa rutina solitaria de mar y desnudez la vuelve presa fácil. La cofradía que medra bajo las islas —los hombres-pez de la Orden Esotérica de Dagón, que rinden culto a Cthulhu y a lo que sueña en el fondo— la secuestra y la encierra, desnuda, en una celda de su mazmorra. No la quieren por lo que sabe sino por lo que vale: la guardan como rehén, moneda de cambio para arrancarle un rescate a la familia Echegoyen.
El grupo de recién llegados que el Operativo Cóndor arrastró a las islas la encuentra en ese encierro y la libera. Sale del cautiverio en shock por lo padecido, pero lúcida: la cabeza, contra todo pronóstico, no se le ha quebrado. De esa misma cofradía y de esa misma mazmorra sale también el hijo híbrido, prueba de que lo que retenía a la abuela bajo tierra era la antesala de algo mucho más viejo que un secuestro por dinero.
Úrsula — el nombre y la casa sobre la playa
Liberada del encierro, la vieja recupera al fin su nombre de pila: Úrsula. Es viuda de Alberto, al que sobrevive guardando su camafeo como única compañía, madre de “el Pupe” y abuela de la joven Laura. Vive sola en una casa sobre la playa, y esa soledad tiene una explicación que la familia daba por descontada: Úrsula fue, en los años cuarenta, una nudista célebre, una mujer que nadaba desnuda en el mar y se ausentaba horas sin que a nadie le extrañara. Su costumbre de desaparecer entre las olas —tan suya, tan vieja— fue precisamente lo que permitió que la arrancaran de la orilla sin que los suyos dieran enseguida la alarma: la dieron por bañándose, como siempre, hasta que fue tarde.
No es solo excéntrica: es culta. Tiene biblioteca, lee, y conserva en la cabeza más de lo que sus captores creyeron. De ese cautiverio salió, además del horror, un puñado de palabras sueltas oídas a los hombres-pez mientras la guardaban, frases que repetían entre ellos como quien reza o quien cuenta los días: hablaban de “el ojo” y de “abrir el ojo”, del “amanecer plateado”, del “norte”, y de algo o alguien a quien nombraban gatanucha. Úrsula no entiende esas señas, pero las trae intactas a la superficie; son, sin que ella lo sepa, los nombres en clave de aquello que la cofradía de la Orden Esotérica de Dagón espera ver despertar bajo las islas, y el rumbo —ese norte que tanto pesa en la gesta— hacia el que mira el culto a Cthulhu.
Notas
El cuaderno 99 no le conserva nombre de pila: la registra siempre como la abuela Echegoyen o la vieja del Pupe, por su parentesco con el estanciero. Su arco la deja a salvo y entera, una de las pocas figuras que la gesta de las islas devuelve más cuerda de lo que la halló.