Diomirra

El viajero que ha leído los textos clásicos llega a Diomirra sabiendo qué esperar: «ciudad con 60 cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas» en lo alto de una torre. Pero el viajero que de verdad cruza sus puertas descubre que la ciudad del libro y la ciudad que se pisa no son la misma: las cúpulas no son las del libro, y el gallo de la torre «era de plomo».

Los dos nombres

Diomirra es el nombre antiguo; el nombre actual y real es Jóuterien. La ciudad es la primera de las veinticinco ciudades ocultas del Gran Khan, y también el lugar de origen de quienes vinieron a liberarla: la ciudad que engendró a sus propios redentores. El nombre antiguo no es un capricho de anticuario sino un contrato con la tierra: «mientras produzca mirra, la ciudad se llama Diomirra» — de haber dado dos veces mirra, dicen, viene la palabra. Restituir el nombre antiguo y devolver la ciudad «a su esplendor original» es la tarea que se viene a dilucidar.

Hay además una región de Diomirra, comarca que contiene múltiples ciudades y donde se libró guerra: el nombre cubre a la vez el punto y la comarca, y el mapa no aclara cuál de los dos bautizó al otro.

La ciudad como termómetro

En Diomirra los metales no adornan: informan. Lo que en el libro es oro aparece en plomo cuando las sombras dominan, y el gallo de plomo significa que «estamos en un lugar opuesto a donde deberíamos estar, estamos diametralmente por otro lado». Cuando la redención ocurre, el catálogo vuelve a sus metales nobles: cúpulas de bronce, calles de estaño, y el gallo de oro visible energéticamente en lo alto de su torre. La ciudad entera es una balanza donde se lee, en el estado de sus objetos, el estado de sus almas.

Por eso Diomirra es la vara de todo el sistema: la primera de las veinticinco y la primera liberada — «ya no está más así, porque la hemos liberado, la hemos liberado de las sombras». Lo que ocurrió aquí fija el procedimiento para las restantes veinticuatro.

La ciudad redimida

Tras la liberación la ciudad se ve «decente». En el predio ha surgido un árbol que antes no estaba, y es un árbol de mirra: la prueba material de que el nombre antiguo volvió a ser verdadero, porque la ciudad se llama como lo que produce. Se ve gente por la calle a la mañana e incluso al mediodía, hay festival y la gente está contenta.

Pero en la oscuridad todavía se oyen voces: «las voces de la buena gente de Diomirra que necesita ayuda». La redención, en Diomirra, tiene horario diurno.

Ficha catastral

Como unidad fiscal, la ciudad rinde tributo en especie:

  • 4 toneladas de trigo
  • 12 paneras de harina
  • unas 500 gallinas
  • 400 kilos de hierro

Un gallo en lo alto de una torre; un teatro de cristal; un árbol de mirra; sesenta cúpulas.

Advertencias del cronista

Los libros y los ojos discrepan en las cúpulas: los textos clásicos dicen plata; la ciudad redimida se describe con bronce, que el texto clásico asigna a las estatuas de los dioses. Este cronista registra ambas versiones y no elige. Tampoco está escrito cómo Diomirra pasó a llamarse Jóuterien — si por corrupción, por conquista o por simple erosión del tiempo —, ni qué naturaleza tienen las voces que hablan en la oscuridad: si conjuro, ilusión o voz verdadera. A quién se paga el tributo y con qué periodicidad, el archivo lo calla. De las otras veinticuatro ciudades ocultas no hay lista; de la invisibilidad misma de Diomirra —en qué consiste, cómo se ejerce, quién la ve y quién no— no hay una sola línea. Nada se sabe de su tamaño, su población, sus murallas ni sus accesos: el viajero que la busque llegará, como todos, sabiendo menos de lo que cree.

Véase además: Gran Khan


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.