Kumal

«Dicen que Kumal todavía existe.» — rumor recogido en el camino, que los viajeros hubieron de averiguar por su cuenta

Hay ciudades a las que se llega y ciudades que hay que confirmar antes de partir. Kumal es de las segundas. Se habla de ella antes de verla; se la elige como se elige una fe: «vamos a Kumal», dicho como quien no ofrece la ruta sino la decisión. Es «otra opción» entre los destinos posibles, ciudad-país de peso estratégico en la geografía del Mundo Nuevo — y es, según su propia definición, algo más que un lugar: «lo que significa la libertad de los hombres».

Llamarla ciudad ucrónica es decir que está fuera del tiempo ordinario. Este cronista no sabe si eso significa que su tiempo corre distinto, que no corre, o que no se la alcanza desde el tiempo de los demás. Sabe, en cambio, que ninguna otra explicación da cuenta de que su existencia sea materia de averiguación y no de mapa.

Las cuatro piedras de la comuna

Quien pregunte de qué está hecha Kumal no obtendrá respuesta: los registros la describen por lo que hace, no por su fábrica. Cuatro estructuras la componen, y forman un adentro y un borde.

En el centro, el anfiteatro: allí delibera la comunidad y allí se sellan los pactos — «han hecho esta alianza en el anfiteatro». Junto a él, la taberna, donde se reúne y se socializa: la sociabilidad cotidiana que sostiene al centro deliberativo.

En el borde, el mercado. Es el punto de contacto con el afuera y por eso mismo el punto blando: «el lugar donde sentimos que puede sin embargo a veces filtrarse algún tipo de oscuridad». Toda comuna tiene una puerta; toda puerta deja pasar dos cosas.

Y por encima de lo cotidiano, una estatua o monolito que «aparece en el crepúsculo»: no está siempre a la vista; se manifiesta con la caída de la luz. Una ciudad fuera del tiempo tiene estructuras que aparecen y desaparecen, como corresponde.

El relojito

Kumal posee un artefacto que explica todo lo demás: el relojito. Su operación se enuncia con una sencillez que debería inquietar: «en Kumal simplemente ponemos el relojito donde queremos ir». Desde Kumal se sale hacia otros tiempos y lugares; queda registrado un salto de tres años hacia atrás — «podemos ir tres años en el pasado para utilizar la revolución».

Quién lo maneja, cuántos hay, qué límites tiene y qué cuesta usarlo: nada de eso consta. Pero el relojito cierra el círculo de la ciudad: explica por qué llegan viajeros de lejos, y por qué una comuna sin moneda necesitó, igualmente, un mercado.

El cambio según la necesidad

En Kumal no hay moneda. Se intercambia «según la necesidad», en reciprocidad. Y aquí el detalle que honra a sus fundadores: esa pequeña economía no nació hacia adentro sino hacia afuera. Fue inventada «para justamente tener una posibilidad con los demás viajeros que venían de lejos y que no comprendían simplemente la técnica de cambio según la necesidad». El mercado es la aduana de ese sistema: regula el trato con los extraños y, de paso, a la propia comunidad.

Las voces que hablan del futuro

En Kumal hay oráculos. Dos profecías quedaron registradas. Una, de reunión: que «los dedos volvían a reunirse juntos en la mano» — las figuras importantes vuelven a juntarse. Otra, de traición, formulada con la crudeza de las advertencias verdaderas: «por mirar en la espalda que no te apuñales, ten cuidado de no recibir el dagazo en el pecho». Quiénes son estos oráculos —institución, personas, o el propio monolito del crepúsculo— es cosa que el archivo no dice y este cronista no adivina.

Refugio y refugiada

Kumal fue uno de los pocos lugares que sostuvo a la gente de Crimea durante la crisis. Es refugio efectivo, plataforma de las operaciones por el tiempo, sede de alianzas y fuente de las profecías que orientan a sus compañeros. Sobre ella pesa además un mandato explícito de transformación: «que Kumal sea un faro crónico para todos estos trabajadores oprimidos» — un faro para quien quiera ser libre de cualquier tirano. Si Kumal cae o se corrompe, cae con ella la única encarnación registrada de la libertad de los hombres, y el único punto desde el cual se elige a qué tiempo ir.

Y sin embargo las versiones discrepan, y este cronista las deja discrepar. Porque los mismos registros que la muestran sosteniendo a otros la muestran también suplicando — «escóndeme Kumal, por favor» — como sujeto en crisis que necesita ser salvado o escondido. Refugio y refugiada a la vez: dos estados incompatibles que el archivo sostiene juntos, y que acaso solo una ciudad fuera del tiempo puede permitirse.

Advertencias del cronista

Que el viajero sepa lo que no va a encontrar en esta carta. No hay coordenada, región ni vecinos: solo que Kumal es alcanzable y estratégica dentro del Mundo Nuevo. No hay material, tamaño, color ni estado de conservación de monolito, anfiteatro, mercado, taberna ni relojito. No consta quién gobierna Kumal, quién habla en el anfiteatro, ni con quién se concertó la alianza que allí se selló. No consta cuál es la crisis de la que Kumal pide ser escondida, ni quién la amenaza — ni si esa amenaza es la misma «oscuridad» que se filtra por el mercado. Y queda abierta la pregunta que más importa: qué le falta a Kumal para ser el faro crónico, si el mandato existe y el faro todavía no. Es única — no hay segunda Kumal ni red de kumales — y por eso cada uno de estos huecos pesa doble.

Véase además: La Comuna — que junto a Kumal nombra la etapa registrada como «Kumal y la Comuna» · la gente de Crimea · los viajeros que vienen de lejos · el relojito · los oráculos de Kumal.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.