Anillo del Árbol
«Parecía invisible, no es una torre sino que es un enorme árbol.» — nota de viajero, al descubrir el engaño del prado
He aquí una entrada que es a la vez catálogo y mapa, porque el objeto que le da título —un anillo que se compra por veinticuatro mil monedas de oro— no puede entenderse sin recorrer primero la geografía de árboles que su nombre convoca. Escribo, pues, dos cosas en una: el inventario de una pieza de orfebrería de poder crónico, y el itinerario de los árboles que la explican. Que el lector juzgue cuál de las dos es la sombra de la otra.
El itinerario de los árboles
Quien quiera cartografiar el nombre debe visitar al menos seis estaciones, sembradas por lugares muy distintos y distantes.
En el gazebo del Castillo de Piedra Roja crece un árbol de gran tamaño. En medio del prado se alza otro, «un enorme árbol en medio del prado», tan desmesurado que desde lejos se lo toma por «una especie de torre de vigilancia»; sólo al acercarse se deshace el engaño, pues está invisibilizado mágicamente y ve sin ser visto. En el centro de las planicies hay un tercero, acompañado de ruinas y de artefactos hermosos. En Kumal —o Cumal, que de las dos grafías hablaré más abajo— hay dos: el árbol frente al cual se hacen los primeros epitafios, y el Árbol de Mármol, estructura litúrgica de piedra que está en pie hace cientos de años. Y en el lugar paradisíaco al que se llega, el árbol es «hermoso», con las raíces a la vista y con vientos que se sienten alrededor.
Sobre todos ellos, como arquetipo o como corona, está el Árbol de la Vida, «que va en contra de la muerte»: estructura de la base misma del cosmos.
¿Son seis ejemplares, o seis apariciones de uno solo? El registro no lo fija. Pero observo esto: donde hay árbol hay depósito de restos, memoria y culto —ruinas y artefactos en las planicies, epitafios y liturgia secular en Kumal—. El árbol es el punto que fija un sitio. El mundo se organiza alrededor de estos árboles, y no al revés.
Los dedos del tiempo
Las ramas del árbol de Kumal no suben, como haría cualquier árbol que sólo quisiera luz. «Se acercan y extienden para el fondo de la tierra de los oprimidos»; por eso se lo llama también árbol de los dedos del tiempo, y esas extremidades son manos que se dan a los perdidos. Es la única conexión registrada entre la superficie y el fondo donde habitan los oprimidos: una escalera vegetal, tendida hacia abajo, que convierte la raíz en gesto de rescate.
Los tres registros del eje
El árbol funciona en tres registros simultáneos, y conviene enumerarlos como quien describe las caras de una columna. Como infraestructura de vigilancia: hace de torre desde el prado, pero disimulada, de manera que ve sin ser visto. Como dispositivo sensorial: opera «como el casco de realidad virtual», una alucinación audiovisual que incluye componentes visual, auditivo, olfatorio, táctil y dérmico —cinco canales, señalo, no dos: quien lo padece lo padece también por la piel—. Y como vía vertical de redención: las ramas que bajan a los oprimidos y los dedos que se dan a los perdidos, conectando arriba y abajo.
Un solo cuerpo que es mirador hacia afuera, pantalla hacia adentro y escalera hacia abajo. Eso es lo que el nombre del anillo lleva engarzado.
El anillo, en cuanto mercancía
Del anillo mismo sé menos de lo que quisiera, y lo digo sin rubor. No es pieza única: «puede ser fabricado por múltiples artesanos», de modo que existe como tipo de objeto y no como reliquia irrepetible. Su poder se declara de orden crónico, ligado al tiempo. Y su precio —24.000 monedas de oro— lo pone fuera del alcance corriente: ésa es magnitud de tesoro, no de equipo, y reserva la compra a quien mueva sumas de esa escala y esté dispuesto a una decisión mayor.
La tentación del cronista es evidente: decir que el anillo es la versión portátil y comprable del eje, un árbol que se lleva en la mano. Pero los registros no lo afirman, y yo no escribo lo que los registros callan.
Advertencias de Paulus
Envejezco anotando lo que falta, y en esta entrada falta mucho. Del anillo no consta materia, color, talla ni aspecto: toda la descripción física que poseo pertenece a los árboles, y el lector hará bien en no imaginar el oro donde acaso hay madera. No consta qué efecto produce su poder crónico, sobre quién, con qué límite, ni si se activa o es pasivo. No consta qué une al anillo con el árbol: si es réplica, llave, fruto, semilla o simple homónimo. No consta quiénes son los múltiples artesanos que lo fabrican, ni en qué oficio, ni cuánto tardan. No consta cómo se accede al modo de la alucinación de cinco sentidos, ni qué muestra. Y queda la disputa de las escuelas sobre la ciudad de los epitafios: unos escriben Kumal, otros Cumal, y ambas plumas parecen señalar el mismo lugar; hasta que un archivo mejor que el mío lo dirima, uso la primera y anoto la segunda. Cuántos árboles hay, en fin, es pregunta que dejo abierta como se deja abierta una puerta en un templo: por respeto.
Véase además: Árbol de la Vida · Kumal · Castillo de Piedra Roja
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.