Valle de la Muerte

A cien millas del oasis —«cien millas, claro que sí, poco menos», y quienes disponen de teletransportación las cubren sin tocar la arena— se abre en el desierto de Antiterra un valle cuyo nombre nadie decretó y todos repiten. El propio Narrador lo concedió: es nombre popular, pero «hay mucha sabiduría en ese nombre popular». Este cronista, que ha aprendido a desconfiar de los mapas y a confiar en los caminantes, lo consigna tal cual: Valle de la Muerte. Y anota, desde el principio, lo que sabrá el lector paciente al final: que ese nombre no fue eterno, porque «lo que era el valle de la muerte, se acuerdan, [Kumal] pasó a ser un territorio de esperanza».

El camino

Existe «la zona que lleva al valle de la muerte»: un acceso reconocido, no una travesía a ciegas. Desde donde acampaba cierta compañía, el viaje se estimó en «20 minutos, media hora, una hora», según la preparación de cada cual —estimación de un compañero, no de un agrimensor, y así debe tomarse—. En la vecindad hay un lago salado; más allá, el desierto. Quien atraviesa la zona lo hace contando «los peligros que había en el valle de la muerte», que es la manera antigua de viajar: enumerando lo que puede matarlo a uno para que no lo sorprenda. Consta que no es rincón olvidado sino lugar de paso obligado, escenario de asuntos militares y políticos; consta también una visita de hace trescientos años, lo que da al sitio la dignidad melancólica de los lugares a los que siempre se vuelve.

Lo que se ve bajo la luna roja

Es «un lugar seco por demás». Y sin embargo, sobre esa sequedad, el valle «últimamente presentaba unos extraños resplandores a la luz de la luna roja». La vegetación tampoco respeta las edades del mundo: «pueden aparecer las plantas extintas hace 30 millones de años mezclados con vegetaciones de otros periodos más recientes», como el Carbonífero. Este cronista, que ha leído a los botánicos y a los teólogos por igual, se permite una observación: los resplandores fuera de hora y la flora fuera de época parecen un mismo síntoma —en este valle el tiempo y la luz no se comportan como en el resto del desierto, y eso es lo que el nombre popular sabe sin decirlo—. Pero si la maldición, la piedra de memoria y las plantas imposibles son una sola causa o tres, los registros no lo establecen, y quien afirme lo contrario está adornando.

Se lo nombra, además, como escenario de «la más oscura tempestad».

La cantera y los campamentos

El valle tiene un recurso propio: una cantera vieja, de «piedra extraña y memoria», que nadie utilizaba porque el lugar estaba maldito. Ese equilibrio —la codicia frenada por el miedo— duró lo que duran esas cosas. Después una informante registró «actividad minera o de qué tipo», sin poder precisar cuál; y que alguien haya empezado a picar donde antes nadie tocaba nada significa, para quien sepa leer, que el equilibrio de miedo que protegía el valle se rompió.

Habita el valle lo que el valle tolera: no ciudades sino «unos campamentos torcos [turcoides] o peor, de criaturas híbridas y pequeñas». Sobre estos turcoides —a los que alguna voz llama también «turcoides o paulinos»— el archivo es dos veces parco: los nombra y no los define.

Los pozos de marfil

Debajo de lo seco hay una capa más honda: «las cuevas del valley de la muerte» y, junto a ellas, «los pozos de marfil». Allí aparecieron los ángeles. Este cronista no sabe por qué las potencias eligieron ese umbral y no otro, ni si siguen atravesándolo; sabe solamente que un valle definido por la muerte resultó ser, en su fondo, un lugar de aparición. Los lugares malditos suelen guardar esa ironía.

De la muerte a la esperanza

El estado del valle no fue permanente. En un momento posterior pasó a llamarse —o a contener, o a volverse; véanse las advertencias— Kumal, territorio de esperanza. Que un territorio cambie de definición es un cambio de estado del mundo, no de un hombre: reconfigura lo que allí se puede hacer, lo que allí se puede esperar. Pocos topónimos de Antiterra han recorrido una distancia tan larga sin moverse del mapa.

Advertencias de Paulus

Escribo estas líneas con más preguntas que certezas, y prefiero legarlas abiertas antes que cerrarlas en falso. De la «piedra extraña y memoria» no puedo decir si es una sustancia que guarda memoria, una piedra de aspecto extraño, o dos materiales que la voz juntó; la frase llegó gastada y así la entrego. De la maldición ignoro quién la puso, en qué consiste, y si sobrevivió a la conversión en Kumal. De la minería reciente, ni la propia informante supo decir quién la hace ni con qué autorización. De los turcoides no sé si son etnia, tropa extranjera, criaturas o mote despectivo. De Kumal mismo no sé si es un renombramiento del valle entero, una ciudad dentro de él, o un territorio que lo incluye. Falta toda orientación cardinal: el desierto, el lago salado y la ruta se relacionan por vecindad, no por rumbo. Y queda la cuestión que el nombre invita y los hechos no conceden: la Muerte como potencia personificada, la Diosa de la Muerte y su plano, y el Libro de la Ley de la Muerte —donde «la verdadera data está»— comparten con este valle la palabra, no un hecho registrado que los una. Los archivos los juntan por el nombre; yo los dejo juntos por el nombre, y nada más.

Véase además: Kumal · Los ángeles


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.