Cangrejo de Cristal

Hay entidades que habitan la geografía y entidades que la producen. Alejandría, que ha visto tantas cosas, reserva su leyenda más honda no para un rey ni para un dios, sino para una criatura que casi nadie ha visto y de la que sin embargo todo el mundo habla como se habla de los cimientos: el Cangrejo de Cristal, «un creador de mundos». Este cronista, que ha copiado muchas versiones y creído pocas, consigna aquí lo que las voces sostienen — y señala, donde corresponde, lo que las voces callan.

Anatomía de lo que no es de esta tierra

Es «un gigantesco cangrejo de cristal», íntegramente mineral — el Narrador lo describe como formado por «una partícula pequeña de cristal» —, con un solo ojo y una carne que es «una mezcla de insectos y hongos». Lleva fungus creciendo sobre el cuerpo, tentáculos con los que agarra y constriñe, e iridiscencia; el conjunto da la impresión de «algo que pueda haber venido del espacio»: materia mineral que crece, cosa que ningún tratado de nuestra escuela consigue explicar. No camina: flota en el aire. Corona su cuerpo «una especie de gorro cónico» —«un gorrito espejo»— y en ese gorro hay un espejo mágico. De su tamaño la leyenda solo dice «enorme» y «gigantesco», nunca en medidas; de su color base y de su sonido, nada.

El espejo donde debería estar el Faro

Aquí está el corazón del asunto, y quien conozca Alejandría entenderá por qué se lo llama «ese protector de Alejandría». La criatura se sitúa bajo el Faro, y su espejo mágico está alojado exactamente donde debería estar el Faro mismo. La lógica del conjunto es la de un soporte vivo que reemplaza a un edificio: donde debería alzarse la torre está el espejo, y el cangrejo es el cuerpo que lo sostiene, flotando, con los salones subterráneos como sus interiores proyectados. A él se atribuyen esos salones «que no se sabían» y que desaparecían: no figuran en ningún plano porque no pertenecen a plano alguno.

Del espejo se dice que es el punto de la conjunción, «un punto de atracción magnética» que «está más allá de la geometría euclidiana». Qué conjunción determina, y qué atrae ese punto, es cosa que nadie ha sabido decirme.

Los ejércitos que no murieron

El mecanismo de su leyenda es este: el Cangrejo manipula la realidad, crea aldeas y semiplanos, y «podía proyectar adentro cuartos donde podían perder ese ejército». Los ejércitos que entraron en él no murieron: se perdieron. Las cosas «podían entrar y luego perderse allí hasta de golpe aparecer debajo del mar». Por eso digo que no es un monstruo que se encuentra sino una causa: la causa por la que hay salones que ningún catastro registra, ejércitos que no volvieron y espacios que reaparecen bajo las aguas. Funda geografía en vez de habitarla.

Cuando pelea — pocas veces, según las voces — lo hace por «electricidad violenta»: descargas que barren un radio de sesenta pies y alcanzan a todos los que estén dentro, sin distinguir. La electricidad no lo toca, la magia le resbala en parte, y «está fortificado en parte». Cómo se manifiestan esas defensas en el cuerpo de la criatura, la leyenda no lo describe; lo transmite como se transmiten los axiomas, sin demostración.

La disputa de los emplazamientos

Las versiones no coinciden, y este cronista no va a forzarlas. Una escuela lo pone bajo el Faro de Alejandría, como queda dicho. Otra lo sitúa en Kumal, custodiando la Bengala, junto con estatuas. Dos apariciones, dos criaturas, un traslado: cada lectura tiene sus partidarios y ninguna sus pruebas. Nótese lo que está en juego: si la versión de Kumal es cierta, el Cangrejo no es solo una leyenda de faro sino la traba física de un objetivo concreto. Que el lector viajero pregunte dos veces, y que no confunda a esta entidad con Aqualord, que es otra cosa y otra historia.

De los cristales menores

Se sabe además — y conviene decirlo aquí para que nadie mezcle — que en el mundo hay cristales corrientes, en plural: «cristal que emana un tipo de frecuencia eléctrica, un silicio que se conecta con una estrella» — esa estrella de la que otros registros hablan —, y conseguir uno lleva cuatro o cinco días. Circulan también noticias de cristales singulares: el del centro del patio, que estuvo en seis partes y hoy está reunificado en uno solo; uno que se pone rojo y sangra al activarse, que brilla al agarrarlo y contiene «al hombre lobo en miniatura» adentro, sufriendo cuando se lo aprieta; uno grabado con magia que teleporta afuera a quien lo rompe; y la Bola de Cristal de Moni, usada para clarividencia y para preparar la Bengala.

Si son fragmentos del Cangrejo, crías, herramientas, subproductos — o simplemente cristales que solo comparten la palabra —, las voces no lo establecen. Consigno la vecindad; me niego a consignar el parentesco.

Advertencias de Paulus

Quede el lector advertido de lo que este cronista no puede darle. No hay medida del cuerpo, solo el asombro de los que lo nombran. El pasaje sobre los intersticios de la realidad de donde surge, y sobre «las viejas plataformas» y las maderas arraigadas a las que se lo asocia, me llegó tan estragado que no me atrevo a glosarlo: no sé de qué son las plataformas ni qué significa el arraigo en madera. Nadie ha explicado si el Cangrejo puede morir, y — esto es lo que más pesa de noche — nadie que se haya perdido en sus semiplanos figura en registro alguno como retornado. Los hechos solo dicen que se entra y se pierde. Yo, que soy viejo y he perdido bastante, prefiero creer que aparecer debajo del mar es todavía una forma de volver.

Véase además: Alejandría · Kumal · Sello de las Estrellas


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