
Iriscan
De Iriscan no puede contarse el rostro, porque nadie lo ha visto en mucho tiempo; puede contarse, en cambio, todo lo que Iriscan puso encima del rostro para que no hubiera nada que contar. Caballero semielfo de sangre drow, hierofante mítico, montador de bestias primitivas: un hombre que se resolvió en superficie, y cuya superficie es bronce y muerte.
El bronce
De ahí para arriba lleva «como enchapado en bronce una broncinia»: una máscara en forma de calavera, toda repujada —no tallada, repujada—, con el metal trabajado «tipo culturas originarias», en forma de muerte totémica. Le cubre el rostro entero, y por los costados «los rulos se le van así». Debajo del bronce —esto lo saben los que lo vieron de cerca, no de frente— es morenito, de rulitos, de paladar oscuro; los ojos son verdes de esmeralda, o verdosos, o simplemente claros, según quién los recuerde. El pelo cada vez se le va poniendo un poco más blanco: el único calendario que la máscara no puede tapar.
La regla del bronce es simple y total: los demás no pueden ver cuáles son sus emociones, porque el sujeto está atrapado detrás de la máscara. Desde cuándo, no consta; solo que hace bastante tiempo, y que nunca.
El metal que llama
Si la máscara tapa, la armadura llama. Es full plate completa, «casi futurística», de mithril de manufactura élfica —«un material muy valioso», señalado como excepcional cada vez que entra en escena—. Uno se imagina un tanque y sin embargo Iriscan se va al trote, se mueve «como si fuera un corredor de 100 metros», «tipo como Iron Man». Brilla como si fuera un paladín: refleja los colores de las velas adentro del salón, refulge dorada, y a la luz de la luna brilla «en forma mágica y mágica élfica». También se la ha nombrado armadura celestial — si es la misma pieza o otra, los registros no lo deciden.
Es grandote, de tamaño mayor que el común de los hombres. Completa el equipo con casco y grebas, un chal puesto encima y hacia atrás, un báculo con un emblema portátil enganchado, un escudo al lado con una espada cuyo mango termina en forma de vela, un pin con el cráneo de un dinosaurio y un buen arco atrás. El armamento mezcla registros: la espada y el escudo del caballero, el arco del cazador, el báculo del hierofante, y esos adornos de hueso antiguo —el cráneo de dinosaurio, las bestias primitivas que monta— que emparentan toda su iconografía con la máscara de culturas originarias. El conjunto obedece a una sola lógica: ocultar al hombre y exhibir el metal.
Lo que puede
En combate, la cobertura total no le cuesta nada de velocidad: sesenta pies en una sola acción. Se acelera a sí mismo sin exponerse a golpe alguno, y cura: por su condición de hierofante puede cerrar heridas moderadas con un toque que alcanza a treinta pies de distancia, como si la mano llegara donde el cuerpo no está. Monta bestias primitivas. Y por ser semielfo tiene «como dos pies diferentes en relación al tiempo»: una relación distinta con los años según el linaje paterno y el materno — quizá por eso el pelo blanquea despacio bajo el bronce que no envejece.
Salones, velas, lámparas rotas
Se lo ve en salones iluminados a velas y en asambleas de primera línea, donde su sola presencia se describe en detalle y su cara oculta es un hecho que otros registran y comentan. Tiene recintos propios, y en ellos ha destruido las lámparas: no le gusta la luz. Y sin embargo viste una armadura que existe para brillar a la luz de la luna y de las velas. El material no alcanza para decidir si eso es contradicción o disciplina: quizá Iriscan solo tolere la luz que él mismo refleja.
De su origen dice una sola cosa, y la dice él: «Soy de Peri».
El cargo
Se le imputa estar asociado con un avatar de la guerra. La pregunta —«¿por qué están asociados?»— se le formula como cargo, no como dato aceptado, y el marco probable de esa acusación es Imola. Que el vínculo importe políticamente a terceros dice más de su peso que cualquier inventario: a un hombre sin cara se le exige, al menos, un alineamiento.
Advertencias del cronista
Peri no está en ningún mapa que este cronista conozca, y hasta su grafía es incierta: el que la escuche de labios del propio Iriscan, que la anote dos veces. Nadie ha explicado por qué lleva la máscara, ni desde cuándo con exactitud, ni si se la quita alguna vez y ante quién. Queda sin resolver si la «calavera» y la «muerte totémica» son la misma forma o dos lecturas de la misma pieza de bronce. Del emblema portátil enganchado al báculo se ignora qué es y para qué sirve. De la asociación con el avatar de la guerra no se sabe si nombra alianza, posesión o viaje conjunto. De las bestias primitivas, cuáles son y de dónde las saca. De los ojos, si son esmeralda, verdosos o claros. Y de la aversión a la luz en un hombre hecho para brillar, este cronista prefiere no arriesgar respuesta: hay hombres que son su propia lámpara, y hombres que son su propia sombra, y algunos —parece— las dos cosas bajo el mismo bronce.
Véase además: Imola
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.