Ludovico Sforza
Treinta hijos tuvo Francesco Sforza, y es el octavo el que gobierna Milán. Quien quiera entender a Ludovico, llamado «el Moro», que empiece por esa aritmética: en una casa donde la sangre sobra, la herencia no alcanza, y todo lo demás —el título, el ejército, la paz y la guerra— hay que fabricarlo, como se fabrican las armas en las armerías de su ciudad.
La ciudad y el hombre
Milán es «una ciudad muy fuerte», «lugar de armerías y de inventos», y tiene «un nuevo regente» desde hace uno o dos años. Del hombre mismo el archivo casi no guarda cuerpo: ni rostro, ni edad, ni voz. Lo que guarda es el apodo y el castillo — cuando la guerra le llegó encima, «se parapetó en su enorme castillo». Ludovico se reconoce, como su ciudad, por lo que fabrica y por lo que paga: su presencia en campo no es una figura sino una columna, cuarenta mil hombres «y 800 protegidos», de cuya naturaleza este cronista dirá algo más abajo, que es casi nada.
El árbol y sus injertos
La casa Sforza reemplazó a los Visconti al frente de Milán: «los Visconti dan pie a una última dinastía, que es la de los Esforzas». La operación fue de espada y de tálamo: Francesco, «uno de los grandes capitanes, condottieri», se casó con Bianca Visconti, hija de Filippo María, y convirtió el mando militar en derecho dinástico sobre una línea que se extinguía. Ese mismo Francesco «había forjado la paz de Lodi»; Ludovico es quien gasta ese capital.
Pero el trono no le corresponde. Le corresponde a Gian Galeazzo, «el verdadero heredero, el hijo de Francesco el primer duque de Milano», y por eso las voces lo llaman a la vez duque nombrado, «un regente nada más» y «un regente que estaba usurpando el trono». Lo que la sangre le negó se lo vendió el trono de más allá de las montañas: el título de duque se lo otorga «el emperador del otro lado de los Alpes, Maximiliano». Las genealogías, hay que decirlo, discrepan: unas hacen de Gian Galeazzo su sobrino, otras hijo directo de Francesco y por tanto su hermano; y otra versión pone a un Galeazzo, sobrino, «como regente» tras la sucesión. Escuelas distintas dibujan árboles distintos, y este cronista transcribe las ramas sin podarlas.
Las cuatro fábricas de legitimidad
Lo que los Sforza no heredaron lo manufacturan, y de cuatro maneras que son una sola. Las armerías y los inventos, primero: el poder que se reconoce por lo que produce. Los matrimonios, segundo: treinta hijos son treinta piezas para colocar sobre el tablero de las ciudades italianas. El oro, tercero: «te pago un millón doscientos mil» doblones al ejército francés. Y el reconocimiento comprado, cuarto: lo que Gian Galeazzo tiene por nacimiento, Ludovico lo obtiene de Maximiliano a cambio de metal.
La misma lógica, en femenino y en otra ciudad, se llama Caterina Sforza: señora de Imola, viuda «del que le correspondía este castillo» —el difunto Riario, «supuesto sobrino» y en verdad hijo del papa Sixto, «el de los Borges»—, sabe «de artillería, de torneo», monta muy bien, tiene cañones y ha parido «por lo menos quince hijos» («o estás teniendo uno por año o sos un macho»). En esta casa, parentela, artillería y castillo son el mismo instrumento. Quedó anunciado su casamiento con el compañero Pérsico, contra el cual Ananta previene sin descanso: «cada tanto Ananta le dice: no lo haga, no lo haga».
La bisagra de los Alpes
Ludovico es el punto por donde una querella entre ciudades italianas se convierte en invasión transalpina. Deja pasar al Rey de Francia por sus territorios y lo invita a cruzar los Alpes con cuarenta mil soldados «y traerle el imperio», para volcarlo «en contra de un enemigo suyo, que es el rey de Nápoles». Sin su permiso y sin su pago, los cuarenta mil no cruzan. Es «un tipo que ha sabido ser muy flexible» — y la flexibilidad, en él, no es carácter: es técnica de gobierno.
Las tres posiciones del Moro
Como esas figuras que en los naipes miran a la vez hacia arriba y hacia abajo, Ludovico ocupa en los itinerarios tres posiciones que no cierran entre sí: parapetado en su enorme castillo de Milán; marchando «acá», hacia Imola, con cuarenta mil hombres y sus ochocientos protegidos; y fugado — «se ha ido a Venecia y creo que incluso de Venecia… se ha ido a luchar contra el turco, no sé si en Rodas o en Chipre», noticia que llega por «algunos amigos todavía en las ciudades italianas». Ningún calendario las ordena. Quizá sean etapas; quizá versiones; quizá el Moro sea de esos príncipes que solo existen en plural.
El caballero liberado
Y queda la afirmación más grave, dicha dos veces y dos veces en penumbra: que este regente es «alias, para ustedes, Graz’t. El caballero que liberaron» — el que la compañía misma soltó de su encierro; en otra parte, «también conocido por vos como Gras». Si la identificación se sostiene, Ludovico deja de ser un príncipe italiano y pasa a ser el eje antagónico de toda la gesta, y su aparato entero —armerías, oro, ochocientas «protegidas»— cambia de signo. El archivo no establece si es identidad, disfraz o epíteto. Este cronista anota la duda y no la resuelve.
Advertencias del cronista
Que el viajero desconfíe de lo que esta entrada no puede darle. No hay retrato del Moro, ni edad, ni vestimenta, ni una sola palabra descrita de su boca; del «enorme castillo» de Milán solo queda el adjetivo. De las armerías y los inventos que le dan fama no se ha inventariado una sola pieza. Se ignora qué son en verdad los ochocientos «protegidos» que marchan con su columna — el archivo no fija su naturaleza, y las conjeturas que corren no tienen respaldo en las voces. La cifra del millón doscientos mil doblones se dijo, pero nadie sabe qué compra realmente ni si es número o jactancia. Y un «castelo de Suaceco», de grafía incierta, aparece ligado a las dos casas, Visconti y Sforza, sin que se sepa qué muros nombra ni qué relación guarda con la sede milanesa.
Véase además: Rey de Francia · Imola · Ananta
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.