Ballesta
«La tecnología, bueno, ballesta, claro.» — juicio recogido entre quienes miden el poder de un mundo por el alcance de sus armas
Tratado breve sobre el arma que iguala. En Antiterra, quien quiera saber hasta dónde llega el brazo de un reino no mire sus estandartes: mire sus ballestas. Las portan soldados, guardias, mercenarios, bandidos, templarios y compañeros de gesta por igual; se llevan «colgando en la espalda» cuando no están en uso, y su golpe tiene nombre propio: ballestazo. Un tal Larruco recibió uno, y el archivo lo recuerda por eso.
De los dos manejos
Las escuelas de armas distinguen formalmente dos formatos: de una mano y de dos manos. Así quedó asentado en la doctrina, con pregunta y respuesta incluidas: «¿Podés tirar con una ballesta que es de una mano? ¿De dos manos? Sí, lo dice y lo aclara la regla». En algún registro se la describe como «una especie de barra» — pasaje oscuro, que este cronista transcribe sin garantizar. De su cuerpo —madera, metal, peso, sonido del disparo— las voces callan por completo: el arma es tan corriente que nadie se molestó en describirla.
De la tríada: arma, perno, tiempo
La ballesta no es una cosa sino tres que van necesariamente juntas: el arma, los pernos o bolts que la cargan —hallados junto a las armas: «tienen ballestas con pilotes»—, y el tiempo de recarga. Ese ciclo, no la puntería, es lo que la gobierna: se dispara, queda «la ballesta descargada», y hay que volver a empezar — «cargo la ballesta de vuelta», «recargan la ballesta». Puede multiplicar sus tiros en una misma secuencia, a costa de una desventaja que los maestros de armas registran sin explicar: «ataque con ballesta con menos cuatro».
De esa tríada nace su sociología: el arma pide relevo o cobertura mientras se recarga, y por eso se la ve en escuadras y nunca sola. Mercenarios que «preparan así las ballestas» en formación; tres bandidos que «tienen espadas y ballestas»; guardias importantes con malla y ballesta en escolta. La ballesta viaja acompañada porque su silencio entre tiro y tiro es su único flanco.
De su abundancia
Es arma corriente, no rara, y aparece en toda la geografía conocida. Frente a la pólvora —de la que un compañero confesó: «yo tengo una light, no hacemos fuego muy bien»— la ballesta ofrece la fiabilidad del uso repetido. En París se practica puntería incluso entre mujeres jóvenes: «hay una pibita que está apuntando con una ballesta como haciendo puntería». En una cabaña se hallaron ballestas ya cargadas con pernos. Los guerreros de estos territorios la tienen por equipo de línea; y así el poder de fuego a distancia está distribuido, y no es privilegio de nadie.
Pero el arma también viaja con apellido. Wichita, una india, lleva una ballesta de España. Y entre los tesoros ucránicos apareció «una ballesta tal vez del oriente, en el reino del Hán, que ya utilizaban las armas de ese tipo»: la variante oriental no es equipo de tropa sino objeto de tesoro. Qué distingue en efecto a la española, a la del Hán y a las corrientes —si el alcance, el golpe o solo la procedencia— es cosa que el archivo no establece.
De la ballesta enorme
Existe una pieza que lleva la lógica del arma al extremo: una ballesta gigante, «no muy distinta [en] proporciones» a las de mano, que se carga entre varios y cuya cuerda es un hilo dorado. Su blanco no es hombre ni bestia: apunta contra titanes. Donde la ballesta común pide un compañero que cubra la recarga, esta pide una cuadrilla entera de cargadores; y sirve contra lo que ninguna ballesta de mano alcanzaría. Dónde está emplazada, quién la construyó, cuántos brazos exige y si es única, nadie lo ha dicho.
De los compañeros y sus armas
Para al menos una compañía de esta crónica, la ballesta es armamento principal y característico: portan dos, y las cuidan al punto de reponerlas — «yo vuelvo a encargar las dos ballestas». Philippe dispara las suyas en combate; Freeman fue a las armas con ballesta en el combate del monasterio; los templarios reparten ballestazos. Que las ballestas se encarguen implica que alguien las fabrica o las repara; pero de armeros, gremios o talleres, ni una palabra ha llegado a estas páginas.
Advertencias del cronista
Este glosador, que ha visto pasar por sus manos inventarios de medio mundo, confiesa aquí sus perplejidades. Primera: un pasaje de combate cuenta la munición como «balas cargadas restantes», y llega a cifrar cincuenta — número incompatible con toda ballesta de mano que se conozca; si corresponde a otra arma, o a un tipo de ballesta que nadie describió, queda por saberse. Segunda: nadie ha dicho cuánto tiempo cuesta la recarga, ni cómo se enlaza ese tiempo con la desventaja del tiro multiplicado. Tercera: no hay precio, ni moneda, ni plazo para el encargo de un arma que sin embargo se encarga. Y última: de un arma que está en todas las manos no tenemos ni un retrato. El que escriba después de mí, que mire una de cerca y la describa; yo no voy a inventarla.
Véase además: Wichita · Philippe · Freeman · Templarios · España · París · Titanes
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.