
Río Bravo
«Es un buen río.» — así, seco, lo despacha el que ya lo cruzó. El que todavía no, que escuche la otra mitad de la frase: «no es cualquier río».
Treinta metros de agua de orilla a orilla —cuarenta en los tramos malos— «con una corriente importante». De un lado, México. Del otro, Texas, Estados Unidos. Y en el medio, la única línea de agua que hay que pasar para llegar al otro lado. Todo lo que en esta región se llame frontera es él.
La línea
Uno solo, y no hay otro: corre a lo largo de toda la raya que divide México de Texas. Lleva dos nombres al mismo tiempo —Río Bravo y Río Grande, y también «río Bravo del norte»— y los dos designan el mismo curso de agua; el que use uno u otro está hablando de lo mismo. Lo que queda de un lado es un país y lo que queda del otro es el otro, y nada de lo fronterizo se define sin él: ni el Paso de la Frontera, ni el caserío que le roba el nombre, ni las mineras a las que se sale del otro lado.
El vado que no es vado
El río funciona como límite y como obstáculo a la vez: es lo que hay que cruzar, y su ancho y su corriente son lo que hace del cruce un problema y no un trámite. La profundidad es tramposa por despareja: hay tramos «muy anchos, pero con muy poquito de profundidad», y hay lechos de ocho a diez pies donde el agua se traga la luz y ya no se ve nada — salvo para el que tenga ojos hechos a la oscuridad, para quien esa hondura resulta «exactamente perfecta». Comparado con el Río Mississippi queda chico; pero el Mississippi no es el que hay que cruzar hoy.
La zona de paso
La geografía del cruce tiene una lógica clara. Un río grande y correntoso. Un punto de cruce: el Paso de la Frontera. Cerca, «un lugar que se llama Bravos», que toma nombre del río. Y detrás, aguas arriba o abajo, la cadena de comunidades mineras fronterizas: Zaragoza, Morelos y Río Bravo — tres poblados que no están ahí por el río sino por la mina, y a los cuales se llega según por dónde se salga del agua. Porque el cruce no tiene un solo punto fijado sino un tramo largo de orilla: los que se desvían «no saben a qué altura van a salir», y la altura decide el destino. Una de las ciudades mineras se llama igual que el río; si está sobre su orilla o solo le debe el nombre, nadie lo ha dejado escrito.
Lo que guarda el fondo
Porque el río no es solo mapa. En su lecho, a ocho o diez pies, donde la visión ordinaria no alcanza, se busca el cofre. El mismo accidente que traza el límite entre dos países es también un sitio donde hay algo enterrado — y esa doble condición, raya y escondite, es todo el carácter del Bravo.
Lo que el cronista no puede jurar
Cómo se cruza, no consta: ni puente, ni balsa, ni barquero, ni si se pasa a nado o a caballo. Si hay quien vigile —aduana, patrulla, peaje— en alguna de las dos orillas, tampoco. Del color del agua, del ruido de la corriente, de las crecidas y el estiaje, nada quedó dicho. Dónde caen exactamente Zaragoza y Morelos respecto del río y entre sí, misterio de la altura de salida. Y la pregunta que más pica: por qué hay un cofre en el fondo, y quién lo hundió ahí. El río corre y no contesta.
Véase además: México · Río Mississippi
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.