Alfonso Nayais

«No sos bien visto; los que saben que sos de esos, te quisieran matar.» — dicho sobre los que representan al gobierno, recogido en los registros

Noble menor de bolsillo corto, mercader de exploraciones en ultramar, comprador de su propio cargo. Alfonso Nayais es hoy, ante todo, un hombre cuya casa está tapiada por orden del rey. Lo que sigue es el asiento de lo que fue, de lo que tuvo, y de la hoja firmada que se lo quitó.

La torre

Su casa es «una casa más o menos un poco más chica» que la del otro noble de su radio —la comparación es directa y cotidiana, señal de vecindad o al menos de conocimiento mutuo del inmueble—, y «es más una torre, con cosas así, biblioteca además». Vivienda vertical de nobleza vieja: la torre chica dice linaje, la biblioteca dice instrucción, y ninguna de las dos dice renta. Es una casa que no vive de tierras sino de viajes; por eso el empobrecimiento convive adentro con los objetos raros.

Hoy la torre no se habita: «la casa está tapiada. Está tomada por orden real». Y debajo hay un sótano que sirve de encierro a un prisionero: «está sucia, está como una mazmorra» — suciedad, malos olores, insalubridad extrema. La confiscación no solo quitó la propiedad: la reconvirtió en instrumento del poder que la quitó.

Las dos economías

Alfonso opera en dos registros a la vez. Por un lado el cargo: fue «el último que entró en la lista después de intendentes», último eslabón de un cuerpo de puestos que no se heredan ni se ganan sino que se pagan — «pagando una plata, pero al final beneficiándose un montón». El puesto es una inversión que se recupera con el ejercicio, y su costo verdadero es social: representar al gobierno lo vuelve a uno enemigo público, como reza la advertencia que abre esta entrada.

Por el otro lado, el comercio: «yo soy mercader», con «trabajo, mercaderes, exploraciones afuera». Él mismo «vivió mucho tiempo afuera», y por esa línea entran a la torre las «tres cosas extrañas de América»: un paquete de café, tabaco especial —y en cotejo, azúcar de Haití—. Géneros contados de a uno: rarezas, no stock.

La hoja que borra

Sobre todo lo anterior opera el instrumento que lo deshace en un acto: la lettre de cachet, decreto por el cual «están decomisadas las propiedades». Una torre con biblioteca, comprada la posición y hechas las travesías, queda tapiada por una hoja firmada. El caso de Alfonso es la demostración práctica de que el patrimonio, en este mundo, no es propiedad sino permiso.

El nodo

Alfonso no es solo nombre de fondo. Bajo su mando aparecen «seis gente nueva», y su ascenso de clase se mide en servidumbre: subir de clase habilita «un sirviente más». El ascenso, además, arrastra a otros: «Marcel, a su vez, ascendió» — véase Marcel, cuya suerte quedó atada a la de esta casa.

Cuentas de la casa

  • Tres «cosas extrañas de América» (registradas: café, tabaco especial; la tercera, perdida).
  • Seis personas nuevas incorporadas.
  • Un sirviente más, por ascenso de clase.
  • Una casa «un poco más chica» que la del otro noble.
  • La suma pagada por el cargo: no consta.

Reservas del cronista

Este cronista deja constancia de lo que el registro no fija. De la persona de Alfonso —edad, aspecto, vestimenta, voz— no hay retrato alguno. La condición del hombre está en disputa: él declara «yo soy mercader», mientras que otros lo tienen por noble de toga e intendente; si un oficio financia al otro o si son incompatibles, las fuentes no lo dicen, y aquí no se resuelve. Se ignora el tercer objeto americano, la suma y moneda del cargo, la acusación que justificó la lettre de cachet y la mano que la ejecutó, la identidad del preso del sótano y quién ordenó su encierro, la ciudad y el barrio de la torre, la naturaleza de las «seis gente nueva» —contratados, tripulación o guardia, para expedición o para defensa— y qué relación guarda «Nayais» con la casa: apellido, señorío o topónimo. El que quiera saber más, que busque en los papeles del decomiso — si el rey los deja ver.

Véase además: Marcel


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.