En el París convulso de 1648, cuando la Fronda parlamentaria hacía temblar los cimientos del poder mazarino, un mal de origen distante se instaló entre la gente del Quartier de Saint-Germain. La llamaron Fiebre Americana: una enfermedad prolongada, agotadora, que postraba al enfermo durante semanas y devolvía a los que sobrevivían en un estado de mengua que tardaba meses en repararse.

Marcel y Madeline Boulet fueron alcanzados por la fiebre. En el caso de Madeline, la convalecencia se extendió más de un mes, y fue la enfermedad —y el estado de indefensión que dejó— lo que la condujo finalmente al amparo del convento de las Filles de Dieu. El nombre que los parisinos daban al mal señala hacia el comercio atlántico y los puertos del Mediterráneo: algo traído de lejos, acaso por los barcos que unían Cádiz con las costas americanas y redistribuían sus miasmas por las rutas interiores de Francia.

El archivo la registra como evento diegético recurrente, no como epidemia única: la fiebre vuelve, amenaza, y en cada retorno dibuja los márgenes de vulnerabilidad de los que habitan el Quartier.

Vínculos