
Francia
Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.
En ANTITERRA
Quien entre por el este, viniendo de Suiza, sepa que cruza de la región rica a «esta zona medio pobre de Francia», y que a partir de ahí el camino se cierra: en la época que aquí importa «todavía Francia es muy aboscada», bosque tan denso que un viajero puede no saber siquiera si está dentro del reino o fuera de él. Ésa es la primera verdad de Francia, y casi su emblema: un país por el que todo el mundo pasa y en cuyo interior es fácil perderse.
Un reino de paso
Francia es reino singular de la geografía terrestre de Antiterra: contiguo a Suiza, enfrentado a lo germano, atado a Inglaterra, y con el este medido desde su capital —«Polonia está ahí nomás de París», novecientas millas, mil quinientos kilómetros—. Por su suelo corre el Orient Express; de «cualquier lugar germano francés a la madre Rusia» parte el tren blindado; hacia Suiza la abandonan los gitanos que quieren pasar «del otro lado, a Suiza, que es un lugar más rico». En su costa está Villarritos —Biarritz—, lugar de temporada donde se cruzan extranjeros y donde ciertos personajes se conocieron «unos años antes». Hasta el exilio le llega de paso: el rey de Serbia «vivió mucho en el exilio» en Francia, y allí conoció a su consorte. La Orden del Temple lo dice sin rodeos: Francia «es donde tenemos las bases».
París, medida de todas las cosas
Desde París se cuentan las distancias, y desde París se mide la catástrofe: la «zona de alcance» de cierta arma de destrucción se describe partiendo de la capital —«zona de París, toda Francia y aproximadamente hasta…»—, y otro artefacto, que el archivo no identifica, puede «prender fuego todo Francia». Cuando el mundo quiere decir cuánto puede perderse, dice Francia entera. En la misma París, cerca del Panteón, hay una propiedad que «se están disputando el gobierno de Francia y el gobierno alemán»; qué es el inmueble y por qué lo quieren ambos, nadie lo ha dejado escrito.
Las dos manijas de la corona
Este cronista ha observado que en Francia gobierno y rey no forman un solo bloque, sino dos manijas de la misma máquina. El gobierno acredita y firma: tiene autoridad para validar agentes ante potencias extranjeras —«el mismo gobierno francés habló por el lado de ustedes de que eran verdaderos agentes»—, mantiene consulado en Belgrado —que en el momento registrado «carece de vicecónsul por la muerte de bandi»—, y «colaboró muchísimo con que podamos firmar el Tratado de Paz». El rey, en cambio, hereda, marcha y muere mal: heredero de Anjou, «viene a tomar ese territorio» de Nápoles, aliado con «el destronado Moro», con quien «de alguna manera ahí tienen un ejército»; ese ejército devasta parte del territorio italiano y se retira sin dar batalla —«luego de haber devastado parte del territorio, y de golpe dejó de haber guerra»—. El archivo registra también un rey de ocho años de edad; si es el mismo que marchó sobre Nápoles o su sucesor, es cuestión que dejo abierta más abajo.
Tiene además el reino su facción interior: «los franceses colaboracionistas», los de la vez de los diamantes — con quién colaboran, el archivo no lo dice. Y no toda alianza le está abierta: Medawin declara «no tenemos la alianza ni con los franceses ni con los holandeses».
El yugo y la liberación
Frente a Inglaterra, Francia está «dominada… con una especie de yugo suave, pero tenaz», fundado en que «Inglaterra y Francia tuvieron una unión dinástica bastante temprana» y en que «en este mundo Inglaterra y Francia tienen una conexión más fuerte» que la que conocen otras líneas de la historia. Frente a lo germano, la fórmula es más seca: «con el germano tenemos muy malas relaciones». Y sin embargo el archivo guarda también la frase contraria al yugo, dicha como hazaña: «hicieron caer a Lorgaul. Liberaron Francia». Si el yugo inglés y la liberación tras Lorgaul son dos momentos sucesivos de un mismo proceso, o dos versiones que las escuelas disputan, los itinerarios no lo resuelven; el que estudie, sostenga ambas con pinzas. Hasta California alcanza la mirada francesa: «los franceses… también tienen interés en esta región». Y entre las noticias del año 1987 corre el rumor de que Disney va a llegar a Francia.
Lo que sale de Francia
Dos cosas salen de este reino y circulan por el mundo entero. La primera es el cetro: el «cetro que se convierte en armas», que Horatiol lleva como cetro del rey de Francia Interior, y del que se dice que «es un cetro de los Loyalty Man». La segunda es la maldición dinástica: «la promesa de que todos los reyes de Francia iban a sufrir una terrible muerte». Quién la pronunció, cuándo, y si algún rey escapó de ella, son cosas que el archivo calla; pero el tabú pesa sobre la corona como pesa el bosque sobre los caminos.
La lección de los relojes
Hay en Francia, además, una lección económica que el mundo registra con cierta melancolía: «durante el siglo XIX Francia se caracterizó por ser una destacada relojera y pasó algo que perdió su statu quo», porque «Suiza le ganó horriblemente». El mismo desnivel que hoy explica que el lado suizo sea rico y el lado francés pobre: la frontera del este es la cicatriz visible de aquella derrota sin batalla.
Reparos de Paulus
Escribo de Francia lo que las voces dejaron, y confieso lo mucho que falta. No sé qué es Francia Interior —¿una región del reino, un reino aparte, un plano?—; se nombra sólo por su cetro. No sé si el rey niño de ocho años y el rey que marchó con el Moro sobre Nápoles son el mismo hombre o dos coronas sucesivas. Del cetro nadie describió material, tamaño ni en qué armas se convierte; de la maldición, ni su origen ni sus excepciones; del incendio de Francia, ni el artefacto ni si el hecho ocurrió o es sólo capacidad. El nombre del vicecónsul difunto de Belgrado nos llegó estropeado —«bandi», y nada más—. Los hechos aquí reunidos vienen de al menos tres capas de tiempo —el año 1784, el siglo de los relojes, el año 1987— sin que conste cómo se articulan en una misma Francia; y del interior del país, salvo París, Villarritos y la zona pobre del este, no hay ciudades, caminos, moneda ni costumbres registradas. De un tal Francis se especula que sea de Francia; no está confirmado, y este cronista no confirma lo que las voces no dijeron.
En TERRA
Enero de 1648, primeros días. Así abre el registro, y con dos palabras que el cronista anota juntas porque el país las vive juntas: «En Francia pasa esto desde el principio, el frío, los impuestos». Lo que sigue es el acta de un reino en su hora más alta y más cansada a la vez: «una época terrible después de 30 años de guerra».
La hora del reino
El siglo es suyo — «ahora está tocando Francia» — y lo es por las armas: la victoria de Condé sobre los tercios españoles «marcó la estrella ascendente de Francia en lo militar». Pero la estrella se paga en moneda, y la moneda no está. Treinta años de guerra dejaron gloria en los estandartes y nada en la caja. La respuesta de la corona fue la única que conocía: desde el invierno se decidió subir los impuestos «para bancar la guerra», «han levantado mucho los impuestos», y «hay amenazas de nuevos impuestos». Eso «no le gusta ni al parlamento ni tampoco a la población». La justificación oficial suena a proclama: «hay muchos que simplemente quieren aprovecharse de la gloria de Francia, por eso estuvimos preparados».
Desde 1648 «la gente no sabe qué va a ser y se empieza a revelar». La revuelta no es un episodio del reino: es su estado. La Fronda es el parlamento y la población empujando contra la misma palanca con la que el Estado los sostiene.
Quién gobierna
«Tenemos los reyes por un lado, que son criaturas poderosas y supuestamente vestidas de la gracia divina, pero no siempre son los que gobiernan.» En 1648 quienes gobiernan efectivamente son la reina madre, Ana de Austria, regente, y Mazarino a su lado. El capitán Comminges es «su mano derecha en lo militar y en las cosas ocultas, oscuras también» — y el cronista deja constancia de que el reino nombra esas cosas ocultas sin definirlas jamás; corren por debajo de la historia, no por encima.
Frente a la regencia está el Parlamento (Parlement), la institución donde se dirimen los conflictos políticos y adonde se llevan los pleitos. En materia fiscal, parlamento y pueblo están, por una vez, del mismo lado: en contra.
El brazo corto del Estado
La medida del reino se toma contando a sus oficiales, y la cuenta es breve. Intendentes en toda Francia: veinticinco según una versión, treinta según otra — las dos cifras están dichas y este cronista asienta ambas, porque no tiene con qué elegir. Por debajo de ellos, unos tres mil oficiales menores. Eso es todo el aparato con que el Estado alcanza las provincias.
De esa escasez nace el oficio que mueve la crónica: se nombran cobradores de impuestos y se los manda al interior, a 500 y pico o 600 kilómetros de París, hasta Cobrá. El Estado no tiene otra manera de llegar. Y las provincias adonde llega — recién salidas de un conflicto armado con España en la zona de los Pirineos — no lo esperan con los brazos abiertos.
El sudoeste
El territorio que la crónica recorre es el extremo opuesto a París: hacia la Cataluña, Occitania, Tolosa, los Pirineos, la zona de Carcasona. Valle y «zona medio montañosa», terreno remoto y con peligros ocultos, aunque el cronista consigna el límite de esos peligros con sequedad de naturalista: «no hay leones en Francia».
Sobre el rumbo exacto hay disputa de itinerarios: el registro dice «sudeste de Francia», dice también «sudoreste», y trae la corrección «esto queda en la Cataluña, sudoeste», con Occitania, Tolosa y los Pirineos como compañía. Las dos versiones quedan asentadas; el que viaje con estos papeles, oriente la brújula con cuidado.
Piezas sueltas del año
El registro guarda dos noticias sin engarce. Un príncipe de Francia fue bautizado un 11 de mayo — de qué año, y qué príncipe, el acta no lo dice. Y queda dicho que «solamente hace cien años estaba Francia»: una incorporación de hace un siglo cuyo objeto el archivo no conserva.
Advertencias del cronista
Este registro es un esqueleto de invierno: tiene huesos y no tiene carne. No hay una sola cifra fiscal — qué impuestos son, cuánto suben, sobre qué se cobran, con qué tarifa cobran los cobradores: nada. No hay descripción de ciudades, caminos, casas ni vestimenta; lo único material que el país dejó escrito de sí es el frío y el relieve montañoso del sudoeste. Los intendentes son veinticinco o treinta según quién cuente. El príncipe bautizado no tiene año ni nombre. Y «las cosas ocultas, oscuras» que maneja Comminges siguen siendo exactamente eso: nombradas, nunca definidas. El que lea, que sepa que lee un reino a través de una rendija — y que la rendija muestra, sobre todo, la mano del recaudador extendida sobre la nieve.
Véase además: Orden del Temple · California · Ana de Austria · Mazarino · Comminges · Condé · Cobrá · Carcasona
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.