“Así como te prendiste fuego en vida, no te prendas fuego en muerte.” — su hermana, en una de las apariciones que él nunca supo si eran memoria, sueño o visita.


El que no existe

Aluc es, en los papeles de la corte, un ilegal: fue abrazado sin que su sire lo reconociera ante la Camarilla. No hubo permiso del antiguo, no hubo presentación. Quedó tirado sin saber siquiera qué le había pasado —dejó de soportar la luz, lo agarró un hambre nueva— y con eso empezó su no-vida: sin nombre en ninguna lista, sin nadie que responda por él.

Para el mundo de los vivos, en cambio, está muerto y sigue cantando. Los diarios lo dieron por muerto lejos de acá, años antes; alrededor de esa muerte creció en el sur una leyenda entera, la del ángel negro. Su origen es deliberadamente confuso incluso para él: recuerda muertes, drogas, Italia, Córdoba y a su hermana Claudia en fragmentos que no cierran.

La noche del frenesí

En un colegio del sur, en Lanús, hubo recitales punk y hubo razia. Aluc entró en frenesí delante de todo el mundo: le arrancó la mano a un policía y bebió de él a la vista de cien personas. Ruptura de la Mascarada en toda regla. El sheriff Lavín impartió ahí mismo la justicia del cargo —un escopetazo al pecho y un estacazo que lo dejó inmóvil— y se lo llevó a juicio.

No terminó en las celdas comunes: lo dejaron encerrado arriba, en una cúpula con claraboyas. Las claraboyas, en esta crónica, sirven para lo que sirven.

Del dominio vacante a la asamblea

Reincorporado a la coterie del subsuelo del Colón, Aluc es el que convierte cada problema en un asunto colectivo. Cuando la banda toma la iglesia de Santa Felicitas en Barracas, es él quien empuja a que el recital se vuelva asamblea permanente en vez de escondite: la iglesia no queda para la banda, queda para los anarquistas. Ahí, en el hueco del órgano roto, se le aparece Claudia y canta con él.

Cuando cae la caza de sangre, convierte la fuga personal de Carmen en un éxodo: Rosario primero, después Córdoba, y arriba el Uritorco. Con Lilith se queda dos años bajo tierra, en Erks, levantando una comunidad de vampiros y de hippies: la primera cosa que esta banda construye en lugar de destruir.

El tambor

En 1991, para voltear al viejo príncipe hace falta el cetro clavado en el pecho de la cosa que duerme bajo Erks, y la cosa no negocia: pide alimento humano. La banda intercepta un micro con veintinueve chicos y los hace bajar en fila por las cavernas. Aluc marca el paso con un tambor.

Abajo, la entidad se los come casi a todos y hace que una de las nenas le arranque el cetro del pecho. Aluc no espera el final: carga a esa nena y sale corriendo con ella a cuestas y el cetro consigo. Ahí queda al cierre de la crónica — con el objeto, herido, con máculas que ya no se lavan.

El que empezó sin que nadie respondiera por él termina siendo el único que responde por alguien.


Vínculos

Apariciones

  • La noche que no quedó registrada — el frenesí en Lanús; el estacazo del sheriff; el juicio en el Molino
  • La corte del Molino — su situación de ilegal; se entera de quién lo condenó
  • Santa Felicitas — la iglesia tomada; la asamblea; la aparición en el órgano roto
  • El éxodo — Rosario, Córdoba, los dos años en Erks
  • El cetro (1991) — el tambor, la bajada de los chicos, la nena que sale a upa

[R] — Compañero de la crónica VBS. La grafía y los hechos siguen la ficha de crónica; pendiente de arbitraje si el compañero músico y el Ventrue negociador son dos personas distintas en las jornadas 4 y 5.