Sheridan

Anótese primero lo que carga, porque el equipo declara al hombre: unos anteojos ahumados sobre la frente, un monóculo en uno de los ojos, un cinturón con «un montón de cositas», un bolso en la mano —«heavy handisack», «un bolsito»—. No se le ven armas encima. Las botas, sin demasiado desgaste: llega como quien vino a andar, pero tranquilo. El que espera un soldado se equivoca de registro; esto es la ficha de un detective.

Una estirpe de uno

En el registro de los linajes de Vala, Sheridan ocupa un renglón sin parientes. Elfo de los turaños por etnia, pero fuera de cualquier serie de semejantes por condición: «sorcerer de las estrellas», uno que «viene de las estrellas». No hay más Sheridan en el mundo. Su territorio tampoco es un lugar sino un acceso: los planos akáshicos y los records, a los que entra por escritura automática. Anduvo por aventuras que transcurrieron en «una Sumeria de 4.000 años», y de su paso por lo material queda al menos una pieza fija: una tablilla con su sello, con la marca de Sheridan, que circula como documento.

La plata y el negro

Todo en él está hecho de la misma pieza. Mirada de 115 años con los ojos en blanco y un brillo de «plata nacarada»; el pelo largo, «de hilos de plata, más que blanco»; las orejas agudas; la musculatura que brilla «como si fuera de plata»; encima, armadura de mithril, el metal blanco élfico —una descripción la da «bastante liviana, de factura élfica», otra la da como «una armadura de mithril hermosa» con capas y ropajes, y un pasaje roto agrega «una raya con ropajes diabólicos» que nadie ha sabido acomodar.

Contra esa masa plateada se recortan las dos únicas anomalías: los anteojos ahumados y los diez dedos. Dedos finos, largos, terminados en puntas como garras, y todos negros —a distancia parecen un guante, pero no usa guantes—. Las voces del archivo dan cuatro versiones: «pintados», «tatuados», «calcinados en un pasado», «completamente embadurnados o quemados de negro». Ninguna cierra sobre las otras. Qué relación hay entre la plata del cuerpo y el negro de las manos, el archivo no lo dice.

El oficio

Trabaja como investigador. Entra por el lado de lo psíquico y también «por el lado de la química, de su cerebro»: accede a las historias personales ajenas y modula la percepción. Su herramienta declarada es la escritura automática sobre el plano Akáshico — escribe solo lo que le dictan los records. A veces consume estupefacientes, y ha tenido visiones al estilo de Pánico y Locura en Las Vegas, con todos vistos como lagartoides. Ve por artefactos ópticos, escribe al dictado de los planos, no porta armas — y sin embargo la armadura de mithril declara que igual espera que le tiren.

La palabra rota

Su título de oficio es el más incómodo de todos: «rompedor de pactos, rompepalabras». La palabra empeñada, para él, es materia rompible, y de ahí el nombre que le puso a su banda —«yo llamaba al grupo, los world breakers»—, los Wordbreakers, de los que es líder. La ironía la fija su propia tablilla: la marca de Sheridan sella términos de contrato, y esos términos dicen que si el grupo no cumple en un año, pasa a ser propiedad del Rey. El rompepalabras firmó, para los suyos, la palabra más dura de romper.

El eje y la confesión

Fue «el que llevó el grupo durante 11 niveles», «el noble y galante líder de los World Breakers». Y su posición moral lo separa del resto: «Sheridan es el único, por ejemplo, que dijo yo no estoy a favor del apocalipsis» — de modo que la postura de toda la compañía frente al fin del mundo depende de si él está o no está. Contra ese epíteto pesa su propia confesión, dicha sin adorno: «Sheridan también confesó que nos cagó». El mismo que sostiene al grupo lo traicionó. Qué traicionó, cuándo y con qué consecuencia, las voces no lo establecen; la contradicción queda en pie, como quedan en pie las contradicciones de los hombres.

La nueva forma

Y vuelve. «Se manifiesta nuevamente», habiendo llegado «a una evolución, de la misma forma que el Gran Khan también llegó a su nueva forma». Con eso Sheridan pasa a ser caso probado de una ley de este mundo: un individuo puede cambiar de forma de existencia sin dejar de ser reconocible. Detrás de todo ello asoma una versión perdida — una identidad anterior, olvidada o desaparecida; hoy se lo conoce como Sheridan, «el fabuloso», y en los elencos figura como «Lost One». El que lee historias ajenas en los records carga, al parecer, con una propia que nadie ha leído entera.

Advertencias del cronista

Acá conviene pisar el freno. De los dedos negros, el archivo da cuatro causas y ninguna prueba: si es marca de oficio, cicatriz de quemadura o tintura ritual —y si tiene o no que ver con la escritura automática— queda abierto. De la armadura, no se sabe si la liviana de factura élfica y la de mithril con capas son dos piezas o dos momentos del mismo equipo. De la traición confesada, ni el objeto ni la fecha. De la versión perdida, ni el nombre anterior ni el mecanismo: reencarnación, amnesia, exilio bajo otro nombre o identidad rescatada — elija el lector su escuela, que este cronista no elige por él. De las estrellas de las que viene, nada; de la evolución, solo que es del mismo tipo que la del Gran Khan. De la tablilla, se sabe qué obliga al grupo, pero no qué obliga a Sheridan, ni quién la porta, ni de qué está hecha. Y nada consta de su voz, su olor, su edad real frente a la aparente, ni de qué contiene el «heavy handisack». El que lo cruce en un plano akáshico, que anote y mande razón.

Véase además: Wordbreakers · Gran Khan


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.