
Wordbreakers
Estatuto no escrito de la compañía, tal como el archivo lo deja oír: «tenés que hacer que el pacto se realice; antes hay que librarse de otros pactos, hay que romper la palabra de los malditos que han utilizado mal la palabra». Ese es todo el reglamento. El resto es leyenda, y la leyenda ya circula sola: «cayó un meteorito y volvieron con el dragón».
Del oficio
Los Wordbreakers son una compañía de aventureros cuyo oficio y cuyo nombre son lo mismo: romper pactos «en un mundo donde el pacto es lo que hay que romper». No hay otro grupo así, y es nombrado: «son héroes conocidos en la región». Que nadie los confunda con vándalos de la palabra: no rompen por romper. Rompen lo anudado de entrada para que un pacto legítimo pueda cumplirse. Por eso mismo son —paradoja que el mundo sostiene sin pestañear— los únicos a quienes se les puede confiar el pacto que debe sostenerse: el Oathbinder, que sostuvo los pactos primigenios durante eones, les pasó su legado antes de disiparse en bruma.
El concepto mismo no nació en Vala: «la luna, algunos lo señalan como el mundo de origen» — véase la luna. Cómo se anuda ese origen lunar con la fundación concreta del grupo por Garkhan, el archivo no lo dice.
La casa sin cocina
Lo único edificado que se les atribuye es una taberna que compraron y rebautizaron: «le cambiamos de nombre», y quedó World Breaker. Al conjunto se lo invoca también al grito de «¡Casa Wordbreaker!». La casa tiene un defecto conocido y aceptado por todos: uno de los miembros «hizo de la cocina su laboratorio», de modo que la taberna no cocina y «cada uno se fue por ejemplo a cocinar a otro lado». Eso dice qué clase de casa es: una taberna que ya no funciona como taberna sino como taller y refugio, domicilio público donde se los encuentra para contratarlos, de una compañía que puso el trabajo por encima de la hospitalidad.
La contracara está en lo que llevan puesto. Desde el reparto que hicieron entre ellos —«¿Recordás que últimamente separamos los metales?» / «Sí, todos tenemos uno»—, cada miembro carga uno de los metales del cielo. No hay estandarte ni caja común: hay siete piezas de metal repartidas, la marca del grupo dispersa cuerpo por cuerpo. Coherente con quienes operan encubiertos en zona de desastre: su presencia registrada está en la zona del impacto del meteorito, donde actúan como «grupo de respuesta rápida» y en condición velada: «ustedes están en la zona y la gente no sabe que ustedes están ahí».
Los siete y los nueve
Los registros dan un núcleo de siete, de los cuales solo tres tienen nombre: Juve Bribaldo, Garkhan y Shakes —del que se dice que «trajo el fuego»—. Cuatro quedan sin identificar. Pero la formación de combate lista nueve: Torsen, Taylor Robert, Sheridan, Nibiru, Juve Bribaldo, Antinoo, Sven, Rocuro y Garkhan. Si los nueve son Wordbreakers plenos o si marchan acompañantes entre ellos, nadie lo ha asentado.
Sobre el mando hay dos versiones, y este cronista las deja enfrentadas como las encontró. Una escuela señala a Antinoo: «es nuestro líder, no hacemos nada sin él». Otra da a Sheridan por líder del grupo, «mirada seria y al mismo tiempo contenedora». Sucesión, coliderazgo o disputa: el archivo no arbitra. Lo que sí es ley es la condición: «si no sos un Wordbreaker no podés liderar». Y la pertenencia se reclama también por afinidad, no solo por alta: «yo también soy una Wordbreaker a mi manera». Como institución se declaran de puertas anchas —«somos Wordbreakers y damos amplitud de formas, poliamor»—, aunque si eso es regla interna o bravata de taberna, este cronista no lo puede jurar.
El contrato de los shards
Se los contrata: deshacer una palabra dada es en Vala un servicio de mercado con precio. El príncipe Debo «quería usar los servicios de un grupo llamado Wordbreakers» para romper un compromiso matrimonial. Y el contrato mayor que se les conoce se cierra en 10.000 monedas de oro para cada uno —hay quien sostiene que fueron 20.000; los registros discrepan— y obliga a «probar los shards en un año o venían a sacarnos». Hay plazo, hay cláusula de rescisión y hay quien viene a ejecutarla; quién pagó y quién es ese que «venía», los registros lo callan.
El peso sobre los hombros
Son una potencia del mundo, no una cuadrilla. Tienen autoridad para dar órdenes —hay «Wordbreakers que dicen que vayamos»— y se les atribuye estar «tomando el papel de dioses». Sobre ellos pesan dos compromisos de escala continental: evitar la guerra entre los hombres y los dragones, y rescatar al Jardinero. Y el mundo los responsabiliza en bloque: la furia divina anunciada cae «sobre todos… de los Wordbreakers». Si esa furia es consecuencia de un pacto que rompieron, sería la simetría perfecta del oficio — pero el archivo no lo establece.
Advertencias del cronista
Mucho de esta casa está a oscuras, y conviene decirlo antes de golpear su puerta. No se sabe en qué ciudad está la taberna World Breaker, ni quién la atiende ahora que no hay cocina, ni cuál de los miembros se apropió del fogón como laboratorio. No se sabe cuáles son los siete metales del cielo, qué hace cada uno ni a quién le tocó cuál. No se conocen los rostros de los cuatro Wordbreakers sin nombre del núcleo de siete, ni si los nueve del combate son todos de la casa. De su ropa, sus armas y su aspecto, nada quedó dicho. El que quiera contratarlos, que pregunte en la región: son conocidos. El que quiera contarlos, que se resigne: ni ellos parecen haber cerrado la cuenta.
Véase además: Antinoo · Sheridan · Garkhan · Príncipe Debo · El Jardinero · La luna
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.