Roca de la Lanza
Relación de un accidente notable del país, levantada para los que hayan de viajar por la comarca de Abeto Rojo: a menos de veinte millas a la redonda del pueblo, sobre una meseta a la que el terreno «muy paulatinamente fue subiendo», se alza la piedra que da nombre y gobierno a toda esta región. Quien la busque al atardecer no puede errarla: se recorta a la distancia justo donde se pone el sol, inclinada en un ángulo de sesenta grados, y su punta señala al este.
De la piedra y su hechura
Es «una enorme roca de granito que no pertenece a ese lugar»: granito gris en un país de piedra caliza, muy poroso, «todo poseado con algo mineral», con trozos de mineral incrustado, cortes nítidos, vetas importantes y un granulado fino. Los naturales y los viejos del pueblo la tienen por la punta de una lanza colosal hincada en la tierra, y el que la ha visto de cerca entiende por qué: «esta roca es muy extraña, está clavada en una piedra que se hace el gris sobre el negro; por eso dicen la roca en forma de lanza; en realidad es como solamente la punta de la lanza». Lo que asoma no sería, pues, la lanza entera, sino su remate — y lo demás, si lo hay, duerme abajo.
A los costados se ve un polvo blanco «que no es piedra». La conjetura que corre es de las que agrandan el sitio: «puede ser un pedazo de hueso de una costilla de algo gigante». Este cronista la consigna como se dijo, sin darla por probada.
Cerca se ven «rocas graciosas del nuevo mundo», piedras finas semipreciosas de las que favorecen los aztecas y otros pueblos, presentes en el sitio como materia de adorno y de obra.
Del cráter y de la boca
Alrededor de la piedra se abre un cráter, como si fuera «un meteorito incrustado». Las leyendas dicen que cayó del cielo; pero también quedó dicho que «no parece tampoco una roca al estilo meteórica», y entre la fe de los unos y el ojo de los otros esta relación no arbitra: quede la disputa abierta, como corresponde a las cosas caídas — o no — del cielo.
En el cráter se junta tierra, y en la tierra crecen matorrales que cubren en parte una entrada excavada en la base de la roca. Repárese en esto: los matorrales no crecieron solos donde están — alguien los juntó ahí. En la entrada hay un cartel clavado; alguien, también, señalizó la boca. De la cueva sopla viento desde adentro, con un olor dulzón que «no es rico», de los que el viajero asocia a heces o a muerte, y salen moscas. Esos son los signos que el lugar da de sí antes de que nadie entre; de lo que hay pasado el umbral, nada consta.
Sobre el ancho de la base, los que midieron no se ponen de acuerdo — véase el registro al pie —, y la medida canónica queda sin fijar.
Del terreno y los caminos
La meseta donde se asienta la roca cae hacia una llanura más baja, con más pastos, por un desnivel de tres o cuatro metros: «si te caés, te pegás». Ese escalón separa el sitio del terreno de pastoreo y lo deja, a un tiempo, aislado y visible desde lejos. En la región hay además afloramientos sueltos —«hay una parte como de rocas»— y se nombran las Rocas de la Muerte, «donde algunos han tenido un accidente»; si son parte de la misma formación o paraje vecino, el archivo no lo establece. En la misma región se menciona una cisterna con rocas en el fondo, accidente peligroso del que tampoco consta vínculo con la Roca.
Para llegar hay dos caminos, y la regla de viaje de la comarca es no tomar ninguno de los dos: «uno tiene que ir como en el medio». La costumbre regula el acceso; su razón, nadie la ha dado.
Del Señor de la Roca
La piedra tiene un titular declarado: el Señor de la Roca de la Lanza. Qué sea — cargo, criatura, muerto — y qué autoridad ejerza sobre el sitio, las voces del archivo no lo dejan oír con claridad. Pero que una roca tenga Señor con nombre, mito de origen y boca señalizada la vuelve referencia obligada de la región, objeto de creencia y no solo de geografía: punto de referencia por arriba, punto de entrada por abajo.
Advertencias del cronista
Consigno lo que falta, para que nadie lo dé por sabido: no consta qué dice el cartel clavado en la entrada ni quién lo puso. No consta qué hay dentro de la cueva — solo el umbral: viento, olor, moscas. No consta la naturaleza del Señor de la Roca de la Lanza, ni por qué se ha de ir por el medio de los dos caminos y no por ninguno. El polvo blanco puede ser hueso de costilla de algo gigante, o puede no serlo: la única formulación disponible es conjetural. Y la disputa del origen — caída del cielo contra piedra que no parece meteórica — sigue sin hecho que la decida. El viajero prudente aparte los matorrales con la mano lista y la nariz avisada; este cronista no lo acompaña más allá del cartel.
Véase además: Abeto Rojo — pueblo de cuya esfera depende el sitio · Rocas de la Muerte · Señor de la Roca de la Lanza.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.