Fausto
«Un cartel como este, solo que en vez de José María ahora tiene la cara de él.» — descripción del afiche de búsqueda, tal como circula donde alcanza la Mazorca
Tres cosas responden a este nombre en el mundo, y el archivo no permite fundirlas en una: un teniente buscado y protegido a la vez, una obra teatral que se practica, y un mago antiguo que construyó su propia trampa. Esta entrada las asienta por separado, como manda la prudencia.
Primera acepción: el Teniente
Fausto Alcorta Pérez, teniente caído en desgracia, destinado al Fortín de la Estrella Federal —«un fortín muy, muy lejano», adonde lo mandaron denostado y a propósito— y al Palacio del Lodo, donde ejerce como oficial. De su cuerpo el mundo no guarda casi nada: ni edad, ni uniforme, ni voz. Lo único físico que de él se registra es su cara impresa en un cartel — y el cartel ni siquiera es propio: papel reciclado de una búsqueda anterior, con el rostro reemplazado y el precio corregido. Así trabaja la administración que lo persigue: no imprime de cero, hereda el formato y cambia la cara y el número.
Poca gente lo conoce de veras. Quedó dicho a una compañía: «ustedes son de los pocos que lo conocen».
Buscado e intocable
Fausto ocupa el hueco entre dos autoridades, y ahí vive. Por un lado es buscado: La Mazorca lo persigue, hace circular sus carteles, y su captura se paga tan bien que desplazó al buscado anterior de la tarifa — «superaste a José María». Al superarlo, se volvió la medida contra la que se cotizan los demás buscados de la región.
Por el otro lado es intocable: «nadie lo jode», por su conexión con los ingleses. Lord Ponsbury lo tomó como enlace entre los ingleses y el grupo local, precisamente porque tenía más contacto; y el vínculo no se selló con documento sino con un gesto: Ponsbury «te dio la mano de la manera que ustedes se dan la mano» — un apretón que en Antiterra no es cortesía, sino sello de confianza importante entre hombres.
De la tensión entre ambas cosas sale la anomalía que define al personaje: hay precio, hay rostro impreso, y aun así nadie lo cobra. La persecución existe pero no se ejecuta.
El precio de la cabeza
Los registros traen dos cifras, y este cronista las deja como las encontró. Una habla de 400 libras. Otra habla de 250 —la unidad no quedó fijada; probablemente moneda de oro—, superior en todo caso a la tarifa de José María. Pueden ser dos monedas distintas, dos momentos del precio, o dos versiones que nunca se reconciliaron. El que quiera cobrar la recompensa —si es que alguien se atreve— haría bien en preguntar primero cuál rige.
La desgracia que se dio vuelta
Fausto cayó en desgracia, pero no llegó a ser degradado — a diferencia del capitán Vidal, que terminó siendo teniente. Conserva el grado mientras cumple el castigo en el peor puesto que existía; y el castigo ya se dio vuelta: «ahora lo miran con buenos ojos». Que siga siendo oficial en el Palacio del Lodo es, además, lo que molesta al capitán de esa plaza. El último que llegó a saludarlo fue el jesuita —probablemente Bertrando Black—, y después se fue.
Marginal por destino y central por posición: Fausto es el punto exacto donde se tocan la Mazorca, la oficialidad y los ingleses. Lo que le pase a él afecta a ese canal entero.
Segunda acepción: la obra del alemán
Circula y se practica una obra teatral, «Fausto, del alemán», sobre una figura que «hizo un pacto con los diablos y en algunas versiones terminó muy mal y en otras terminó muy bien». La figura y su pacto llegaron a explicársele a Arian como ejemplo.
Tercera acepción: el mago de la torre
Se habla también de «un antiguo mago llamado Fausto que estaba muy deprimido», que preparó una torre como prisión, con símbolos pentagramáticos. Su diseño no era descuido sino cálculo, y así quedó dicho: «no fue casualidad, la princesa no hubiesen podido salir, idiotas, esta es una prisión».
Advertencias del cronista
Que las tres acepciones compartan nombre es un hecho; que compartan identidad, nadie lo ha establecido, y este cronista no lo va a establecer por su cuenta. Quedan además sin respuesta las preguntas que más importarían: por qué cayó en desgracia el Teniente —el castigo consta, la causa no—; qué hizo que ahora lo miren con buenos ojos; si el Fortín de la Estrella Federal y el Palacio del Lodo son dos destinos sucesivos o el segundo es parte del primero; quién paga la recompensa y quién la cobraría, si nadie lo jode; y si la obra del alemán se representa en el mundo como ficción conocida o como crónica. El viajero que se cruce con un cartel de esa cara, mírelo dos veces: puede estar viendo al hombre más buscado de la región, o al más protegido. Probablemente a los dos.
Véase además: Lord Ponsbury · La Mazorca · Palacio del Lodo · Arian
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.