Palacio del Lodo
Itinerario del viajero: quien salga hacia Protección de la Plata pasará, sobre la ruta, por un puesto amurallado que los papeles del régimen llaman Protección e Independencia y que las bocas llaman Palacio del Lodo. Desde sus muros hasta el punto donde este cronista escribe median casi veinticinco leguas —«un poco menos», computadas en doscientos veinte kilómetros— y «nadie se hace esa cabalgata en un día». Vaya prevenido de agua y de paciencia.
Asiento y traza
Es «un lugar amurallado», aunque el muro «no es tan alto»: dos metros y medio, tres, de perímetro. Adentro, la construcción principal está trazada como casa de familia principal: saguán, vestíbulo, entrada, lugar de servicio, un cuarto para invitados y una sala del oeste. Las despensas están «un poco más bajas» que el resto, hundidas en la tierra para conservar el frío. Hay huerto interno, «unos cultivos intramurales que dejaron», un laguito y palmeras plantadas. En la parte de atrás, los árboles y un campo que de noche queda sin movimiento: «se pueden acercar a la noche y es difícil que lo vean». Anótelo quien deba anotarlo.
Afuera del muro —afuera, no adentro— hay tumbas. «Algunas tumbas no tienen nombres», otras sí; de algunos de esos muertos se dice que «estuvieron en esculturas en tierra». Y bajo la casa corren túneles, de los que se dirá más abajo.
Gobierno y servidumbre
El puesto aloja oficiales y cuenta entre los asientos del poder del régimen: es sede, no guarnición perdida. Lo sostiene una planta fija de ocho, «que son como más los empleados del lugar»: gente de servicio, reconocible por el gorro rojo, con tatuajes; llevan a los niños. Aparte, «una cantidad de guardias» que nadie ha contado.
Los cultivos de intramuros y el huerto los atienden «los sordomudos también, o los sordos, los mudos, los heridos»: el puesto emplea de manera sistemática a los marginados en la labor agrícola de adentro de las murallas. Que cada lector juzgue esa economía como le dicte la conciencia.
De qué vive el puesto
La lógica del conjunto es la de una casa señorial encerrada en un recinto agrícola que se abastece a sí mismo. La casa da la residencia y el gobierno; las despensas hundidas, el huerto, los cultivos que «dejaron» plantados, el lago y las palmeras dan el pan y el agua que justifican sostener un puesto a doscientos veinte kilómetros de todo. El muro, bajo como es, cierra ambas cosas: aquí «intramuros» es categoría de economía antes que de guerra, porque lo que se cultiva adentro es lo que no depende del camino.
Una sola cosa depende del afuera: el vino, que entra una vez por semana y llena la barrica de la cocina. Con eso queda dicho lo esencial de su seguridad: muros bajos, campo trasero sin vigilancia nocturna, túneles por debajo y un abastecimiento cuyo día se conoce. El sitio se guarda más por la costumbre que por la fortificación.
Los túneles de abajo
Bajo la casa corre una capa más vieja que la casa misma: los Túneles históricos, de hace unos ciento cincuenta años, de la época jesuita anterior al Fortín. Se dice que la red «se conecta incluso potencialmente, llegaba hasta los terrenos de la universidad». Nótese que esos túneles no forman parte de la lógica de autoabastecimiento del recinto: la atraviesan por debajo, como atraviesa un río viejo un pueblo nuevo. Si hoy están abiertos, transitables o tapiados, y por dónde se les entra desde la casa, este cronista no lo ha podido establecer.
Lugar en el mapa
Con la explanada ante la Torre de Sombra, el Palacio del Lodo es uno de los dos únicos puntos de estos territorios que la compañía ha pisado: entre ambos se tiende todo el recorrido conocido. Por eso el Palacio sirve además de mojón: las distancias del mapa se miden desde él. Su nombre oficial, Protección e Independencia, lo inscribe en la misma serie administrativa que Protección de la Plata — señal de una red de puestos bautizados por el Estado, cuyos otros eslabones el archivo todavía no nombra.
Advertencias del cronista
Queda sin resolver la cuestión mayor: el Narrador enumera entre los pilares del régimen «otro lugar es el Palacio Real» — y no se sabe si Palacio Real y Palacio del Lodo son un mismo edificio bajo dos nombres, o dos sedes distintas del mismo poder. El pasaje llega muy estropeado por el camino, y sin él no puede afirmarse que el Palacio del Lodo sea la sede central. Que el que sepa, corrija.
Tampoco se sabe por qué se llama «del Lodo», ni qué tiene que ver el apodo con el lago, las palmeras o el terreno. No hay nombre, rango ni cargo del que manda ahí. De los ocho de servicio no consta qué hace cada uno, qué significan los tatuajes ni el gorro rojo, ni adónde llevan a los niños ni de quiénes son esos niños. De las tumbas de afuera no se sabe cuántas son ni de quiénes, ni qué son exactamente esas «esculturas en tierra» donde algunos murieron. La posición precisa respecto de Protección de la Plata —rumbo y distancia— no está fijada: solo consta que se pasa uno para llegar al otro. De los guardias, «una cantidad». Del vino semanal, nadie ha dicho de dónde viene ni quién lo trae — y en un puesto donde esa barrica es el único hilo con el camino, esa es quizá la pregunta que más convendría responder.
Véase además: Protección de la Plata · Torre de Sombra · Túneles históricos
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.