Isidora

Al hombre que cabalga largamente por tierras de la ruta de la seda le llega el deseo de una ciudad, y el mapa le responde con una región entera: Isidora no es una ciudad, es toda la costa del lago de las profundidades insondables — «No, Isidora es toda la región. Toda la región es Isidora». A treinta kilómetros de la que ahora se llama Diomirra —«sus buenos 30 kilómetros», dos días de viaje lento para una caravana—, «estas costas, estos mares, estas grumas» esperan al viajero fuera de fase con la realidad normal, con un pie en el mundo del sueño.

El agua cerrada

El lago se llama Nildir, «que algunos llaman un mar interior»: agua sin salida, sin «conexión con los mares externos de la China o del sudeste asiático». De ese encierro sale todo lo que Isidora es. Se pesca coral y perla, y el lago es «el único lugar donde realmente 7 de cada 10 perlas que sacan son negras». La región tiene una costa de Coral y una costa de Caracoles; sobre la costa se fundó la primera ciudad. Fue Kyrios quien fundó las ciudades de Isidora, hace mil años — o mil cien: las dataciones discrepan, y este cronista no elige entre ellas. Son ciudades de la costa del Gran Can, pero anteriores a su dominio; las gobiernan señores que controlan grandes señoríos, y qué le deben exactamente al Can —tributo, obediencia, nada— es cosa que el archivo no fija.

La lógica del doble

Todo en Isidora viene de a dos. Dos ciudades gemelas, y cada una a su vez doble: una ocupa una isla del centro, más cerca del abismo central del lago; la otra está en la desembocadura del río, y «también es doble». «Hay dos ciudades con dos arenas.» Dos costas, la de Coral y la de Caracoles. Los nombres propios de las gemelas, si los tienen, nadie los pronunció ante este cronista.

En la isla viven 4.700 personas, «solo en la isla, ni hablar de los alrededores». Una avenida principal lleva al palacete. Un gran faro está en construcción. Hay refugios civiles previstos para vaciar la ciudad entera: «sacar toda la ciudad… refugios… que se vayan». Del recorrido urbano quedan registrados el poblado de la Anguila —Eeltown— y una «calle de las docenas de las sonrisas», topónimo que el propio registro mira con desconfianza.

Los palacios y el palacete

Los palacios «tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas»: el lujo de Isidora es el lago vuelto arquitectura. El palacete es mansión grande, «no es una estructura», con una torre central arriba. Se entra por un porche de colgantes de tablas de bambú, algunas metálicas, que «producen un sonido y un viento»; detrás, un recibidor grande y una puerta doble que está abierta. Adentro, tapetes, colgantes, paneles de arroz: «un lugar oriental que se puede romper fácilmente». De su dueño, nada consta.

Óptica y cuerda

Isidora, rica por la ruta de la seda y por siglos de tributos e incorporación de poblados, «está destacado por fabricar violines y largavistas», «con todas las reglas del arte». Que nadie los tome por adorno. El largavista sirve para avistar de lejos; el violín es instrumento de caza — «son violines igual, pero literalmente es Pipes of Sewers, pero para leucrotas. Por eso las pueden perseguir». Sobre esos dos oficios —ver lejos y atraer— descansa un viejo ritual de cientos de años, «solo con las Eucrotas», hecho específicamente para eso, que exige además un arpa encantada. Isidora es el único proveedor: sin Isidora no hay ritual.

Las costumbres

El ocio local es la riña de gallos, que «degenera en peleas sangrientas entre los que apuestan». Rige con los de afuera una regla que parece proverbio y es ley: «cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera». Hay un templo que canaliza deseos: dicha tres veces la palabra, se concede y se salva — qué palabra, y quién fue salvado, el archivo lo calla. Se adora también a «un falso Apolo», y nadie ha explicado a quién imita.

La ley del sueño

Hay «una sensación rara acá, como del gran sueño»; las costas y los mares de Isidora «son parte del mundo del sueño», y la región comparte con Noble Plains ese estar fuera de fase. Un viajero la llamó «esta ciudad desfasada entre Venus, Marte y Júpiter» — cosmología o figura, no sabemos. Y una voz llega al extremo: en «Isidora no hay ninguna ciudad real»; es construcción que surge de los deseos de quien la busca y la genera. Quien la sueña vuelve joven, y sin embargo llega a ella en la edad avanzada. En la plaza hay «un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud», y ahí se sienta el que llega: «los deseos ya son recuerdos». Cómo puede una ciudad tener a la vez 4.700 habitantes, un faro en obra, refugios listos — y no ser real, es la contradicción que esta entrada declara y no resuelve. Puede que sea la ley misma del lugar.

Lo que hay abajo y lo que vino de arriba

Bajo Isidora hay una criatura oscura y un culto de Barbatos. Si la oscuridad se presenta, «los de arriba van a tirar bombardeo» y barrerán con el culto y con la ciudad entera: el destino de los 4.700 de la isla, más los alrededores, pendía de que eso no ocurriera. La región se preparó —faro, refugios, defensas juradas: «lo defenderemos durante esta noche»— mientras naves increpaban en el espacio marino. El plazo para destruir el culto fue fijado a las 3 de la mañana, aunque el registro alterna con la medianoche; la última fijación es la de las 3. Isidora era «la próxima ciudad invisible que debe ser liberada» en la serie de las Ciudades invisibles — y consta que el área de sus ciudades fue efectivamente liberada «de la destrucción apocalíptica, de la oscuridad de la sombra, del ataque de Barbatos».

Advertencias del cronista

El que use este mapa, que lo use con las dos manos. No sé el nombre de las ciudades gemelas: la región tiene nombre y sus ciudades no, y eso también es Isidora. No sé si los señores tributan al Gran Can o solo lo saludan de lejos. No sé si Kyrios fundó hace mil años o mil cien, ni si son dos actos o una sola fecha mal copiada. No sé de quién es el palacete de la puerta abierta, ni a quién guarda el sarcófago con trampa de desintegración del que hablan los registros sin decir tumba ni sitio. No sé quiénes son «los de arriba» que tirarían bombardeo, ni qué son las naves del espacio marino. Del lugar del combate al mausoleo cuento 3 o 4 kilómetros, pero la escala de esa medida es incierta. Y sobre la «calle de las docenas de las sonrisas»: sospecho que alguna vez fueron damas. El que llegue, que pregunte — si es que en Isidora las preguntas no se conceden solas, dichas tres veces.

Véase además: Diomirra · Barbatos · Ciudades invisibles


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.