Mediterráneo
«El Mediterráneo realmente junta a todos. Todos quieren ver el gran verde.» — dicho recogido entre viajeros de tres continentes
Los romanos lo llaman mare nostrum, como si un mar pudiera tener dueño. Este cronista, que lo ha visto perlado frente a Alejandría y rojo bajo la luna en Gibraltar, prefiere el nombre que le dan los que vienen de lejos: el gran verde. Es uno solo, está en el centro de todo lo conocido, y quien quiera pasar de Europa a África, o de cualquiera de las dos a Tierra Santa, tendrá que cruzarlo o rodearlo — y rodearlo no se puede.
El agua vista desde adentro
El agua es «muy clara», tanto que admite ser transitada por dentro: a veinte metros de profundidad se camina entre algas y corales y se ve «algo de la hermosa fauna marítima del Mediterráneo. Pulpos, peces, espada y no espada. Y también otros cardúmenes muy bellos». Cerca de Alejandría el mar «parece siendo un poco perlado» y tira a verde.
Y sin embargo, navegado en barco desde arriba, es otra cosa: «un mar en el Mediterráneo ominoso». Que el mismo mar sea jardín por debajo y amenaza por encima es una de esas cosas que el viajero constata y el cronista no explica, porque nadie se la ha explicado a él.
Itinerario del corredor
Es un corredor cerrado entre dos bocas angostas. Al oeste, Gibraltar y los Pilares de Hércules: catorce kilómetros de estrecho, visibles desde la superficie, con la luna roja sobre el agua. Hay además otro estrecho —distinto de Gibraltar, de más de catorce kilómetros y no más de sesenta— cuyo nombre y ubicación los registros callan. Al este, el mar toca Alejandría: «Naveguen el Mediterráneo. Un barco se estará esperando. Y vayan hasta Alejandría». Al norte, el obstáculo interior: hay que rodear «toda la parte de Italia, la bota de Italia», y por eso la navegación es costera y larga. Al sur acude gente que «viene desde los interiores de África».
Para el que mide desde tierra: los Alpes suizos quedan a trescientos kilómetros, dos días de viaje. Y hay un acceso que no figura en carta náutica alguna: se llega al Mediterráneo desde el inframundo, por río subterráneo, con salvoconducto. El cronista lo consigna sin recomendar la ruta.
Autopista, frontera, cantera
Tres oficios cumple este mar a la vez. Es autopista: «entraremos al mar Mediterráneo», dicen los que parten, y la ruta costera enhebra los puertos hasta Alejandría. Es frontera: es lo único que hay entre los bandos que se disputan Tierra Santa, y un mar de por medio es a la vez tregua y campo de batalla en espera. Y es cantera: en su cuenca hay al menos una isla «que se adentra del Mediterráneo» con depósitos de mármol, y de esa piedra se construyó la ciudad — cuál isla y cuál ciudad exactamente, es cosa que se dirá más abajo, entre las deudas de este cronista.
Su geometría explica su suerte. Porque es estrecho y cerrado, se lo puede comandar; porque es la única vía entre tres continentes, junta a todos los pueblos; porque es cuenca sin desagüe visible, tiene sentido lo que sigue.
El cargo y el mar
La estructura imperial romana sostiene sobre estas aguas un cargo: el Comandante General del Mediterráneo. Quien pretenda audiencia con él no llega de frente: el protocolo pasa por intermedio de su «primer amigo». Un mar con comandante es un mar que alguien considera gobernable — juicio que este cronista deja a cuenta del Imperio.
El tapón
Aquí la carta náutica se vuelve leyenda. Se habla de un «tapón en el Mediterráneo» que gobierna el nivel del agua, del que las historias hablan sin que se recuerde «si pasado, presente o futuro» — un tapón, nótese, del que ni siquiera el tiempo verbal está fijado. Se dice también que ese tapón conecta con los planos elementales. Y en paralelo, con la frialdad de quien mide, se registra que el nivel del Mediterráneo sube «una cantidad de litros importante por año».
Súmese todo y el resultado inquieta: un mar cuyo nivel asciende año tras año, y una llave legendaria capaz de regularlo. Las costas de este mar no son un fondo estable sobre el que ocurren las cosas; son un dato en movimiento. El que compre tierra junto al agua, que lo sepa.
Deudas del cronista
Consigno lo que no sé, que es la parte más honesta del oficio. No sé dónde está el tapón ni qué forma tiene: si objeto, compuerta o accidente de la roca. No sé si el tapón que gobierna el nivel y el que conecta los planos elementales son la misma cosa: las voces los nombran por separado y yo no voy a casarlos por mi cuenta. No sé cuál es el segundo estrecho, el de entre catorce y sesenta kilómetros, ni si coincide con el sitio del tapón. No sé el nombre de la isla del mármol. No sé cuánto sube el nivel en cifras, ni qué costas ya lo padecen. No sé quién ocupa hoy el cargo de Comandante General, sobre qué flota manda, ni qué es exactamente ese «primer amigo» por el que se accede a él. Y no sé por qué el mar es ominoso en la travesía si el agua es clara y la fauna hermosa — aunque sospecho que esa pregunta, más que respuesta, tiene precio, y se paga navegando.
Véase además: Alejandría · Tierra Santa · Planos elementales · La ciudad
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.