
Kirios
«Kirios es un muerto viviente que está rodeado de muertos vivientes.» — voz recogida en el archivo, sin más adorno que su exactitud
Hay ciudades que entierran a su fundador y ciudades que lo siguen alimentando. Esta —cuyo nombre las voces no pronuncian, y que este cronista deja en su reserva— hace las dos cosas a la vez: le rinde sacrificios en sus templos y sus estadios, y él, que murió hace mil doscientos años sin terminar de morir, camina hacia ella para reclamarla.
De la palabra
Antes que cadáver y antes que dios local, kirios es una palabra: en griego «quiere decir señor», y así se trata a los griegos. Sobre ese título de respeto se monta todo lo demás. Cuando en el templo se ofician sacrificios «por el bien del señor del lugar, por el bien de Kirios», la lengua no distingue —quizá adrede— entre la cortesía, la divinidad cívica y el hombre concreto que fundó las murallas. Un solo nombre sostiene tres cosas, y la ciudad vive dentro de esa ambigüedad como quien vive dentro de sus propios muros.
De la institución
El culto es «mistérico, esotérico, no es grave», y se practica «con una especie de devoción cívica»: no es secta de sótano sino liturgia de gran escala. Los más ricos donan cosas a Kirios; las ceremonias se celebran en los estadios de la ciudad —en plural, pues consta «uno de los estadios», lo que supone otros—. El templo tiene sacerdocio propio y lo controla una sacerdotisa de piel azul, que ejecuta las ofrendas; los propios oficiantes llaman a lo suyo «un sacrificio pagano», con esa franqueza de quien sabe qué clase de rito celebra. Dónde queda el templo dentro de la trama urbana, las voces no lo fijan.
Y la infraestructura es liturgia: cuando uno de los estadios fue destruido —«lo acaban de volar»—, cambió de inmediato dónde y cómo se honra al señor del lugar. Una ciudad que reza en sus estadios reza con sus piedras; cuando caen las piedras, tiembla el rezo.
Del cuerpo
El fundador murió hace unos mil doscientos años y persiste. No hay clase ni categoría de kirios: hay uno, el fundador. No aparece solo: lo acompaña una corte de su misma condición, muertos vivientes en torno al muerto viviente. Lleva en el pecho una trampa mágica con forma de escarabajo, defensa incorporada al cuerpo: quien se acerque al torso encuentra el dispositivo antes que el ser. De su rostro, su talla, su vestidura o el estado de conservación de la carne, el archivo calla; del fundador solo sabemos la condición y el escarabajo.
Está en alianza con una facción que lo va a ayudar a recuperar la ciudad, y ya combatió junto a ellos contra otros. Su objetivo declarado no admite exégesis: quiere de vuelta lo que fundó.
Del magisterio
Kirios no es la cima de su propia genealogía: a Barbatos «lo han visto como maestro de Kirios». Que el señor de la ciudad haya tenido maestro lo inscribe en una cadena de poder que excede la urbe, y obliga a leer su culto como eslabón, no como origen. En qué consistió esa enseñanza y cuándo ocurrió, las voces no lo dicen.
De la necesidad que reúne las tres capas
Palabra, institución, cuerpo: título de respeto, culto cívico financiado por los ricos, cadáver activo con su corte. Las tres capas se sostienen entre sí porque la ciudad sigue rindiendo culto a su fundador mientras ese fundador, literalmente, vuelve a reclamarla. Es la figura más antigua de la piedad urbana llevada a su consecuencia extrema: el epónimo no se conforma con el nombre; quiere las calles.
Reservas de este cronista
Paulus, que ha visto a más de una ciudad adorar lo que la amenaza, deja constancia de lo que el archivo no establece. No sabemos si el sacerdocio del templo sabe que el destinatario de sus sacrificios camina: la distancia entre el Kirios del culto y el Kirios del sepulcro puede ser ignorancia, complicidad o las dos cosas por turnos. No sabemos qué se sacrifica, con qué frecuencia, ni qué se hace con lo que los ricos donan. No sabemos qué facción marcha a su lado ni contra quién combatieron, ni quién ocupa hoy la ciudad que él necesita «recuperar». De la sacerdotisa de piel azul ignoramos el nombre —hay quien murmura Marta, sin que nadie lo ratifique— y si el azul es rasgo de pueblo, de cargo o de condición. Y de la trampa del escarabajo nadie ha explicado cómo se dispara, qué produce, ni si puede desarmarse; el que quiera averiguarlo con las manos, que redacte antes su testamento.
Véase además: Barbatos · La ciudad
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.