Caverna de Lágrimas

Quien baje —o caiga— por el risco de unos cuarenta pies que da a esta cueva de la Corona del Norte, sepa antes de mojarse los labios qué es lo que va a probar: el agua es salada, y probada da salado antes que ninguna otra cosa, porque «es el sabor de las lágrimas; es una verdadera cueva repleta de agua: son lágrimas». Este cronista lo asienta como se lo contaron: la caverna existe porque una criatura lloró hasta llenarla. El lugar entero es la prueba física de un duelo cuya autora nadie ha nombrado.

Descripción del sitio

La caverna es cristalina y húmeda; por sus paredes corren «luces azuladas que empiezan a bailar cuando se abre la cámara» —otros registros hablan de «una luz azulina que se enciende»—. Huele a salitre, «como si fuera un depósito de agua interior», y eso es exactamente lo que es: no una galería seca con un charco, sino una sola sustancia declinada en sus formas — el salitre en el aire, la sal en el agua, el cristal en las paredes, el eco en la bóveda. Del techo y del piso bajan y suben estalactitas y estalagmitas, que en las galerías del sistema llegan a unirse en columnas. Una cámara medida da treinta pies de alto por veinticinco de ancho; en parte del piso «hay piedras, hay cenizas», sin que nadie haya dicho qué se quemó ahí.

La obra es «en parte natural, en parte trabajada»: se abrió «en parte natural, en parte no, porque con golpes y cortes». Alguien amplió un conducto que el agua ya había cavado — o, según especulación que este cronista transcribe sin avalar, «un gusano gigante, mejor no saber». Hacia adelante la cueva vuelve a estrecharse en cámaras encadenadas por hendiduras y pasadizos.

La costa, el pilar y el altar

Hay una costa del agua donde se puede estar de pie; es el único piso firme y por eso el borde desde donde se opera. Entrando, el nivel sube gradualmente «hasta las caderas, pero hasta ahí llega» — después hay que bucear. Porque lo que importa está abajo: en el medio del agua, a sesenta pies de profundidad, hay «un altarcito donde hay algo que resplandece», y del centro sale un pilar «hacia la superficie». Entre los dos convierten el lago en el eje del espacio: toda acción ahí es de superficie a fondo, y el combate, si lo hay, es subacuático, con el pilar como referencia.

Propiedades notables

Tres cosas debe saber el viajero práctico. Primera: la composición de sal y agua es también una defensa; cuando alguien «prendió fuego la caverna que era de sal y de agua», el hecho fue juzgado improbable —«es poco raro; digo, hay magia que puede hacer eso»—, de modo que hacerla arder exige magia expresa. Segunda: el agua es materia manipulable; queda registrada al menos una transformación en la que «todo el lago se convierte en ron». Tercera: el eco es propiedad física del lugar, y quien recite o toque música ahí tiene que estar «acostumbrado a recitar con el eco de la cueva». Se asienta además, sin explicación que este cronista pueda ofrecer, que «la caverna está eléctrica».

De las cavernas en general

La Corona del Norte —y el mundo entero— está agujereada de cavernas, y los registros las nombran a todas con la misma palabra: cavernas tubulares abiertas por erosión «cuando el lago era superior», grutas al costado de los riscos, cavernas junto al arroyo que «refulgen a la luz de la luna», un sistema bajo Gary con lago, juncos, patos y campamento al que se entra por escotilla, cavernas bajo un granero, cavernas cubiertas de vegetación, y el acceso llamado D1. En todas ellas rigen dos usos declarados: sirven de escondite y sede de negociaciones y rituales subterráneos —a un prisionero «se lo puede llevar esposado, atado, amordazado»—, y son objeto de campañas de «limpieza de las cavernas tomadas por el mal». Las cavernas de este mundo no son escenografía: llevan portales —una caverna de isla funciona como puerta hacia Atlántida—, sostienen prisioneros «en el fondo de las cavernas más profundas», guardan tesoros que a veces conviene esquivar, y son terreno que se disputa y se sella: tras sellarse la caverna que daba al mundo de los sueños, se ingresó por la vía de los setenta escalones.

En alguna caverna de estos sistemas quedó tendido, «tieso» —congelado o cristalizado por la magia del Holandés Errante—, el cuerpo de StormJay Idaho. Y hacia adentro de la caverna de la colina entró, convertida en nube, Ananta, y no se la oyó más; si esa caverna es esta, los registros no lo dicen.

Advertencias del cronista

Que el lector no me pida lo que las voces no dieron. No se dice qué criatura lloró esta agua, ni cuándo; corre por los dossiers el nombre de la madre sin rostro, pero nadie con autoridad lo ha afirmado, y este cronista no casa entidades por conveniencia. No se dice qué es lo que resplandece en el altar de los sesenta pies, ni qué se hace con eso. Del emplazamiento exacto —qué colina, qué risco, a qué distancia de qué asentamiento— no hay dato: solo el risco de cuarenta pies y la costa del agua. Del pilar no consta de qué está hecho, si es natural o trabajado, si sostiene algo. Y hay disputa de versiones que dejo asentada sin resolver: un registro da paredes húmedas, «agua salada por doquier» y olor a salitre; otro da poca humedad, «tampoco charcos de agua ni nada» y «olor a piedra vetusta» del interior de la tierra. Cámaras distintas del mismo sistema, o cavernas distintas: que decida quien vaya. Tampoco está fijado cuáles de los hechos de las cavernas genéricas pertenecen a este lugar y cuáles no, ni cómo se articula la sala de agua con la cámara medida de piso de piedras y cenizas — ni si esas cenizas guardan relación con el intento de incendiar lo que es de sal y de agua.

Véase además: StormJay Idaho · Holandés Errante · Ananta · Atlántida · Gary


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.