La Llorona

«La ahogaron por bruja.» — lo único que ella misma ha dicho de su muerte, recogido por quien tuvo el buen juicio de hablarle en vez de golpearla

Que el viajero de estas costas sepa, antes de cruzarse con ella, lo que este cronista aprendió de los registros: la Llorona no es un peligro que se vence. Es un pleito que se salda.

Del cuerpo que no tiene

Es espectro sin carne: no hay cuerpo que se pueda golpear. Y sin embargo carga con la prueba de lo que le hicieron — los «latigazos que le dieron», marcas ectoplásmicas sobre la figura espectral, «evidencia espectral de que sufrió en vida». La azotaron antes de ahogarla, y las cicatrices la siguieron al otro lado de la muerte como testimonio que nadie quiso escuchar en vida.

De gestos, poco: «La Llorona simplemente aprieta sus manos». De su rostro, de su ropa, de su tamaño, de ese llanto que le presta el nombre, los registros callan. Quien la vea, que anote lo que ve; será el primero.

Del tocamiento y sus consecuencias

Su contacto se siente como «un frío en el pecho, un bronco espasmo»: el agua del ahogamiento trasladada al cuerpo del vivo. Contra ella el hierro común es inútil por entero — «inmune a todo lo normal, incluso cuando se le pega con un arma». Las armas de virtud mágica muerden, pero a medias: «solo recibe la mitad de daño».

Y hay cosa peor. Bajo la advocación de Nuestra Señora Llorona obra como potencia que drena la constitución del cuerpo, y ese vaciamiento no se cura durmiendo. El que insista en tratarla a golpes acumulará un daño que el descanso no repara: la deuda crece fuera del ciclo natural de la recuperación, como crecen todas las deudas con los muertos.

De la única puerta

No fue con la espada como se supo su historia: fue hablándole. Así se conoció que la ahogaron acusada de brujería, y así se conoció la ley que rige a las de su clase: no descansan hasta que se resuelva la injusticia que llevó a su muerte. La violencia no las disuelve; la reparación sí.

Esto la vuelve algo más que un monstruo suelto en el mundo: es un mecanismo. Donde hay una llorona hay una injusticia sin saldar, y por tanto un caso que investigar — quién acusó, quién ahogó, qué quedó sin decir. El obstáculo no se levanta por la fuerza; se levanta haciendo justicia tardía.

De cuántas son y dónde moran

Hay al menos una en la Caverna de Lágrimas, donde «es la primera que sucede» — la primera aparición que ese lugar depara al que entra. Pero el nombre corre también en plural: las lloronas del mar son una clase de criatura, no una sola pena. Hay más de una en el mundo, y el mar las reclama de algún modo — cosa natural, si se piensa que el agua fue el instrumento de su muerte.

Prevenciones del cronista

Anoto lo que los registros no alcanzan a establecer, para que otro más afortunado lo complete. No consta cuántas lloronas existen, ni por qué se las llama «del mar» cuando al menos una habita una caverna — si son la misma clase de criatura o parientes de nombre solamente, queda sin decidir. No consta si la Caverna de Lágrimas es cuna de estas criaturas, sepulcro o simple morada. No consta quién la ahogó, ni qué haría falta, en concreto, para saldar el agravio y dejarla descansar. Ni consta cuánta constitución arrebata su toque, ni si hay remedio alguno para recobrarla — sabiéndose solo que el sueño no lo es. El que averigüe alguna de estas cosas, que lo escriba; este cronista prefiere el hueco a la invención.

Véase además: Caverna de Lágrimas


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.