Buenos Aires
Itinerario de referencia: desde acá, todo. «Desde acá son unos 500 kilómetros de Tres Arroyos»; un viaje a Mar del Plata «son dos viajes»; y hay quien salió de acá hasta Texas, Estados Unidos, y volvió con noticias. Buenos Aires no figura en los mapas de esta crónica como un punto entre otros: es el origen de coordenadas. Las distancias se cuentan desde su puerto, las órdenes salen de sus salones, y los libros que deciden las investigaciones duermen en sus estanterías.
La París de la Plata
La comunidad que la habita tiene su credo dicho sin vergüenza: «Buenos Aires es la París de la Plata. Ese es el primer valor de la comunidad normal» — así hacia 1920, junto al segundo artículo de fe, el progreso racional y científico: «es posible y deseable concretar los avances técnicos y que nos lleven a una sociedad perfeccionada». En 1922 la calle acompaña el credo: «la gente se viste de traje, incluso de día, con un pañuelito», y sobre Plaza y Avenida de Mayo hay sastres de reputación — se nombra a uno como «Casimiro Rocha», aunque la grafía no está fijada. En los meses calurosos, «los vecinos dicen que hace un calor acá en Buenos Aires».
Pero la misma capital se registra en otro estado. Hacia septiembre de 1966, en los checkpoints de embarque del Aeroparque, se ve otro guardarropas: un «milico, casco… con una metralleta, con una panza… como haciendo una gira, también mirando un poco quién está». La ciudad de traje y pañuelito y la ciudad de metralleta en el aeropuerto son la misma capital en dos estados; cuando cambia el régimen que la gobierna, cambia lo que se ve en la calle. Si esas dos épocas pertenecen a una sola línea de acontecimientos o a dossiers separados, es disputa que este cronista deja abierta más abajo.
El puerto y sus capas
Al ras del río, la ciudad de entrada. La Aduana conserva «el edificio semicircular ese», el viejo, «de la época de Sarmiento, no va hasta 1900», junto a un edificio más moderno. Cerca, en la zona de San Martín/Miamonte, un convento: «ahí nomás es donde está el convento, y cerca del puerto». Con el puerto viene la población inmigrante, que «tiene llegada… con un sector más plebeyo»: redes de relación que la crónica registra sin cartografiar.
Debajo de todo eso corren túneles subterráneos, «los que se descubrieron en los años 80». Adónde llevan, quién los halló, si siguen transitables — el registro calla. Puerto, aduana, convento e inmigración componen una capital de entrada; los túneles componen otra cosa, y el material no alcanza para afirmar que ambos sistemas se conecten.
La capital de archivo
Transversal a las capas de piedra corre la red de papel. Las bibliotecas no son una sola: hay Biblioteca Nacional, Facultad de Ciencias Exactas y Filosofía y Letras, y los libros se transfieren entre sedes — de ahí que una ficha «podría estar en cualquier lado», y que rastrear un título exija recorrer instituciones y no un solo edificio. Las bibliotecas de la Universidad de Buenos Aires guardan materiales de estudios esotéricos y ocultos; Jorge Luis Borges, como director de la Biblioteca Nacional, es la autoridad que autoriza los registros bibliográficos, incluida la ficha del libro que busca la orden. Una biblioteca de la ciudad contiene además los libros «donde están los puertos necrónicos» — término que llegó corrompido al archivo y que nadie ha normalizado todavía.
Lo notable es la legitimidad del circuito: acá el conocimiento prohibido no circula por sótanos clandestinos sino por canales institucionales con sello y catálogo. Capital de entrada por el puerto; capital de archivo por las bibliotecas.
El campo esotérico
En los años 20 existe en la ciudad un «campo esotérico»: «la gente que tiene interés en el ocultismo». No es materia marginal ni escasa — «esoterismo para tirar al techo, en Buenos Aires ni hablar». Hay una logia de Buenos Aires que coordina actividades ocultistas en la región: de ahí salió el llamado que activó el operativo del faro («hubo un llamado de Buenos Aires… de la logia»). Su nombre, su sede y su nómina no constan.
Vigilancia y depósito
El circuito de control tiene sus figuras: el comisario Bueno, policía porteño, que sigue a alguien — a quién, el registro no lo dice —, y en 1966 la presencia militar armada en los puntos de embarque. La ciudad funciona además como depósito institucional: la mitad de un asteroide quedó en el Planetario de Buenos Aires mientras la NASA estudiaba la otra, «y por eso en un momento dado se volvieron a juntar». Qué significa esa reunión de mitades, la ficha catastral no lo aventura.
Distancias medidas desde acá
- Tres Arroyos: unos 500 kilómetros.
- Mar del Plata: en auto, «son dos viajes» — unidad que nadie ha aclarado.
- Texas, Estados Unidos: adonde Irene viajó a ver a Harrington, hace un mes, un mes y medio.
Advertencias del cronista
Este cronista debe declarar lo que las fuentes no resuelven. Primero, la cronología: los registros ponen a Buenos Aires en 1920–1922, en los años 60 y en septiembre de 1966, sin decir si es una misma línea de hechos o legajos separados; falta la regla que ordene esas capas. Segundo, «los años 80» de los túneles: ¿los del siglo pasado o los de éste? Ni descubridores, ni destino, ni estado actual. Tercero, los «puertos necrónicos»: la forma correcta del término y la biblioteca exacta que guarda esos libros están por establecerse. Del sastre solo se fijó «Casimiro Rocha», sin dirección ni precios; de la logia no se sabe nombre, sede, número de miembros ni qué relación guarda con el campo esotérico ni con las bibliotecas de la Universidad; del convento no consta la orden ni el motivo de su cercanía al puerto; del comisario Bueno, ni la comisaría ni el seguido; de los inmigrantes, ni las colectividades ni los barrios. El que investigue en esta ciudad, que anote: acá hasta los huecos tienen ficha.
Véase además: Biblioteca Nacional · Jorge Luis Borges · Tres Arroyos
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.