Basílica del Sagrado Corazón
Partida catastral, Barracas, año 1967. Templo neogótico, construcción de 1904, frente a plaza. Estado: en restauración, cerrado al público. Culto: suspendido. Observación del cronista, al margen y a lápiz: la basílica «oculta algo».
El edificio
Una de las iglesias más grandes de estilo neogótico de Buenos Aires, y «la única iglesia neogótica que está en Barracas»: un edificio desproporcionado para su barrio, y por eso mismo marcado como punto relevante en el mapa de la ciudad. Se levantó en 1904 «por una gente rara», hecha «tipo panteón de París». Sobre la autoría, los registros no se ponen de acuerdo: una versión la atribuye a los mismos arquitectos del Palacio del Congreso; otra, al mismo arquitecto que hizo el Teatro Colón. Las dos escuelas conviven en el archivo y este cronista no va a elegir entre ellas — anota, en cambio, lo que las dos comparten: quien la hizo venía de la obra pública monumental, y la puso en Barracas.
Da sobre una plaza, en una calle cuyo nombre llega deformado por las voces; hay quien propone leer Iriarte, pero la forma queda en duda. Del interior no hay descripción alguna: ni materiales, ni dimensiones, ni el estado de las obras por dentro. En 1967, nadie entra.
La clausura
Tres capas se apoyan una sobre otra. Primero, la anomalía: una basílica enorme, única en su barrio, modelada sobre un panteón. Segundo, la clausura: la restauración justifica que esté cerrada, vaciada de público, «re faccionada» — en obra, entre facciones, extraña a ojos de quien la mira desde afuera — y es la coartada que permite trabajar adentro sin testigos. Tercero, lo que la restauración tapa. La plaza completa el conjunto como espacio de aproximación: se puede rodear, mirar, esperar. No se puede entrar.
Mientras siga cerrada, el edificio funciona como funcionan las puertas: bloquea a quien no tenga cómo pasar. No opera por su culto sino por lo que esconde.
El tercer ojo
El acceso a su secreto no pasa por la puerta sino por un artefacto: la moneda de Irene, el «tercer ojo», que se apoya en la frente — «te ponen la moneda en la frente» — y abre visiones. Por esa vía se supo, «entre ellas, que la basílica oculta algo». En la misma escena en que Armando Cabo recibió la moneda en la frente, entre las visiones se contó el bombardeo de Plaza de Mayo, y el lugar quedó nombrado, a secas, como «la basílica»: destino fijo de la investigación. Un secreto de importancia mágica, mística o cosmológica, dicen los registros — sin decir cuál. Las obras son la tapadera que lo sostiene.
Advertencias del cronista
Que el lector no me pida lo que el archivo no da. No sé qué oculta la basílica: solo que oculta «algo», y que ese algo pesa más que sus piedras. No sé quién ordena las obras de 1967, ni quién las ejecuta, ni desde cuándo están en curso. No sé cómo se entra a un templo cerrado, ni qué hay del otro lado del portal. No sé, siquiera, el nombre cierto de su calle. Y queda abierta la pregunta que más me inquieta: si la moneda de Irene simplemente señala el lugar, o si algo del lugar responde a la moneda. En Barracas, en 1967, la única certeza es un andamio.
Véase además: Buenos Aires · Armando Cabo
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.