Biblioteca Nacional
«Hay libros. Se puede llegar a ellos con invitaciones. Pasás bien solo con la invitación.» — instrucción recogida entre quienes buscan lo que no se consigue en librerías
En Buenos Aires, hacia 1966 o 1967, el saber del mundo tiene una sola dirección pública: la Biblioteca Nacional, «todavía en la calle de México» —«igual no está todavía en Recoleta, la están construyendo»—, dirigida por Jorge Luis Borges, que «sigue en funciones». Una sola, y nacional: no hay segunda. La sede de Recoleta existe como obra en curso, andamio y promesa; a la que se entra es a la de la Calle México. Y no se entra por ser lector: se entra por invitación.
La llave
La invitación basta por sí sola. Ningún registro menciona credencial, pago ni otro requisito: quien la tiene pasa, quien no la tiene se queda afuera. Eso convierte al papel en un bien con valor propio, y a la puerta de la calle México en un filtro que el Estado administra sin explicar. Cómo se obtiene esa invitación —quién la emite, si se compra, se hereda o se otorga por cargo— es cosa que nadie ha dejado escrita.
La ficha
De las salas interiores no hay descripción; lo único que el archivo fija del adentro es el sistema de fichas, y con eso alcanza para entender la casa. Cada libro tiene su ficha con un código de catálogo del tipo BN 1016 —«el número es el número que aparece ahí»—, y en esa misma ficha se asientan las fechas de retiro y de devolución. La ficha es el objeto que se consulta y el que delata: un libro puede figurar como «ausente», y la ficha decir desde cuándo.
El sistema tiene memoria larga y no la corrige. Hay un libro «ausente desde el 26, año 26, 1926»: retirado, nunca devuelto, y la ficha lo sigue declarando décadas después. El catálogo, así, no es un simple inventario: es el registro histórico de un faltante. Lo que la Biblioteca no tiene informa tanto como lo que tiene. Qué libro es, quién lo retiró, si la deuda consta en otro registro — nada de eso quedó dicho.
Lo esotérico con número de ficha
La institución conserva materiales sobre estudios esotéricos. Cuando alguien pregunta dónde se consigue eso, la respuesta del mundo es «en la Biblioteca Nacional». Es un dato que conviene pesar: lo esotérico no vive solo en órdenes cerradas; también está catalogado por el Estado, ordenado con número, sujeto a retiro y devolución. El edificio de la calle México resulta, para quien investiga, un punto de paso obligado. Si esos títulos forman una colección diferenciada o andan mezclados en el catálogo general, el archivo no lo distingue.
Las tres llaves del libro
La Nacional no está sola; a su alrededor el mundo registra otras bibliotecas, menores y de otra naturaleza, y en el conjunto se lee un régimen. Una capa estatal y catalogada: la Nacional, con Borges, con fichas numeradas, donde el saber es accesible pero filtrado por invitación. Una capa institucional no estatal: la biblioteca de la orden hermética del amanecer de plata —«una buena colección de libros científicos y filosóficos, sobre todo la cuestión de las imágenes ocultas, la teosofía»—, donde el mismo material circula sin trámite público, entre iniciados; a su lado, la Biblioteca de la UBA, universitaria, de la que solo consta que existe. Y una capa doméstica: la biblioteca de la casa —«le veo una biblioteca con libros autorizados, es una señora que lee»—, donde el filtro no es la invitación sino la autorización previa del contenido; quién autoriza, no se sabe.
Los libros no son raros en este mundo. Los libros concentrados y catalogados sí están en pocas manos, y a cada mano se llega con una llave distinta: invitación, pertenencia, autorización. El libro esotérico es, a la vez, permitido, custodiado y restringido. Hay que ir a buscarlo, y en cada capa se paga peaje.
Reparos del cronista
Queda asentada, sin resolver, una disputa de versiones: dos veces se dice que la Biblioteca está «en la calle México», y una tercera formulación —«la biblioteca está todavía en México»— admite leerse como calle y como país, como sede y como traslado de acervo. Este cronista consigna ambas lecturas y no elige. Tampoco puede ofrecer fachada, salas, depósitos ni cifra de volúmenes: del edificio de la calle México, por dentro, solo conocemos sus fichas — que quizá sea, después de todo, la manera más borgeana de conocer una biblioteca.
Véase además: Jorge Luis Borges
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.