Zaira

Inútil sería describir Zaira tal como es hoy, porque Zaira ya no es: «dejó de ser una ciudad invisible porque dejó de ser una ciudad». Este cronista la escribe entonces dos veces —viva y consumida— y deja que el lector decida en qué orden leerla.

El itinerario

Zaira figura como el 4 en el mapa de navegación, en una región de calderas volcánicas apagadas o mayormente apagadas. La une a Dorotea un camino con Inzcán como punto intermedio: dos días de viaje por tierra, apenas unas horas de vuelo —el dato del vuelo lo dio una figura que las voces llaman la chica azul—. Pero su acceso corriente no va por la superficie: «hay viajes subterráneos», tal vez a la luz de la luna y por cierto sendero, y también se llega por muelle, porque Zaira tiene muelle de llegada, aunque esté bajo tierra.

El caldero

La llaman «la ciudad del gusano». Está excavada dentro de una caverna gigante, «una especie de horno alquímico» con una cámara interior capaz de dar luz ultravioleta. Vista desde arriba es «el caldero»: un lago central y, alrededor, la ciudad como «una serie de acantilados». Todo el tiempo hay estalactitas y estalagmitas «de un tamaño fundamental y gigante», algunas unidas en columnas; también «una especie de dientes que salen hacia afuera», un furúnculo vacío con lagos adentro y una cascada que cae. Hay fosfatos y cúpulas.

La lógica de Zaira es la del recipiente —caldero, horno, furúnculo—, y todo lo que la forma se explica por estar metida bajo tierra y sin sol. La iluminación, el color y el material son un mismo problema resuelto de una sola manera: paredes púrpuras y luz negra, «colores de esas fiestas donde está la luz negra»; peces con su propia luz en las aguas; vidrio soplado violáceo en los ventanales; y el suelo, que se anda sobre cera de gusano púrpura.

Calles, catedral, suites

Calles en escalera con peldaños contados, arcos de portales, chapas de zinc cubriendo los techos, farolas, telas tendidas de un lado al otro y estructuras entre acantilados. La ciudad tiene una sola parte abierta: una plaza con estalactitas y estalagmitas, construida —se verá— como sala de recepción, con plateas y bancos cómodos para espectadores.

El hall principal es una catedral subterránea con pilares, luces, una alfombra de seda dorada «que aparecía» y, al final, un trono. Las habitaciones para huéspedes están en galerías con ventanales de vidrio soplado violáceo, se conectan en suites, y traen candelabros, estanterías, perfumes, ajuares, perchas para colocar el familiar del hechicero —búhos, criaturas, jaulitas— y bañeras huecas de plomo con patas de araña, «donde uno puede si quiere integrar un cadáver, pero también darse un hermoso y rico baño de espumas». El templo brilla y se abre como una flor: la parte de arriba se abre en pétalos para dejar entrar.

El trono y el látigo

Gobierna una reina drow: cabellos blancos, figura perfecta, sentada en el trono al final de la catedral. A su lado, su consorte, «el señor de la sota»; junto al trono, tres viejos, y todavía una figura más cuya función es impedir el acceso directo a la reina — a la soberana de Zaira no se le habla sin atravesar intermediarios.

La guardia y el culto están en manos de sacerdotisas drows: piel negra, pelo blanco, botas altas negras, túnicas negras, látigos, «una actitud de sacerdotisa sacrificante». El látigo es su arma, y se saca en público solo cuando se colma la paciencia. Doce de ellas —«son 6 y 6»— reciben en la entrada. A los visitantes «de cierta altura» se les permite leer un texto sagrado y canónico, para que sepan cuál es el culto, el credo y el dogma. En las ceremonias explotan hongos con esporas; y las estalactitas son parte del combate: una cuerda desde arriba levanta a alguien de golpe veinte metros hasta una estalactita que cuelga.

El orden del seis

Dentro de la civilización drow, Zaira es «un poco más tolerante que otras», y es ciudad refugio por tributo: da más tributo que casi ninguna, y por eso se la considera refugio. Su plaza es diplomacia hecha piedra: un pedestal central para poner seis gemas de rubí —duras, rebotan al caer—, seis comitivas, seis torres, y carpas de recepción cuyo color se corresponde con las torres. La ciudad celebra Juegos donde compiten campeones de las delegaciones.

Sobre las carpas, los itinerarios discrepan: una versión cuenta seis de colores —naranja, púrpura, roja, azul, amarilla, verde— más la de la compañía visitante; otra cuenta siete, con la séptima destinada a visitantes de alcurnia no invitados, y ni siquiera hay acuerdo sobre su color, que una voz da como «marrón» y otra escuela fija como gris blanquecino. Este cronista registra las dos telas y no elige.

La seda y el fondo

Zaira produce seda en cantidades ingentes, una seda que «no se encuentra en ningún lado de los campos»: bien único del mundo, como único es su lugar en el sistema de tributos. Y su lago desciende en capas, como la ciudad misma: caverna gigante, ciudad, lago profundo, pozo más profundo, cavernas íntimas, hasta el fondo de la Estigia, donde corre una corriente estigia. Las aguas son negras y densas, con un remolino estático y una vibración oscura; en ellas nadan los peces que llevan su propia luz.

La ciudad que contiene su pasado

Zaira «se chupa no solo la humedad sino también las acciones de la gente, violencia, amor, queda impregnado». No dice su pasado: lo contiene «como las líneas de una mano», escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado por arañazos, muescas, incisiones, comas. Por eso no se la puede describir sin contar su historia — y su historia termina mal.

El fin que no es cíclico

Zaira fue destruida: consumida, «desbastada hacia el olvido». Las voces del archivo lo dicen de dos maneras —«la destruimos entre todos», «fue mayormente destruida»— sin fijar el orden ni la causa, y una figura llamada Manduka estuvo presente cuando ocurrió. La destrucción no es un episodio reversible: «la gente está en una oscuridad que ni siquiera es cíclica, es el fin». Allí la muerte dejó de ser cíclica. Con la ciudad salieron del mundo un bien que no se consigue en otra parte y un pilar entero del sistema de tributos. Del Castillo de Prisma se dice que procede de esa ciudad destruida.

Advertencias del cronista

Quede dicho lo que este cronista no pudo establecer. El nombre de la reina se escribe Sara, Zara, Zayra y hasta Zaira, idéntico al de su ciudad: si son una sola soberana o varias grafías de escuelas rivales, el archivo no lo resuelve — que la reina lleve el nombre de la ciudad, o la ciudad el de la reina, es una pregunta que este cronista deja abierta. No consta qué ciudades o poderes envían las seis comitivas, ni a qué corresponden las seis torres, ni qué rito cumplen las seis gemas sobre el pedestal. No consta quién hila la seda ni con qué gusano —aunque la cera de gusano púrpura bajo los pies sugiere una relación que nadie declaró—, ni a quién se paga el tributo que hizo de Zaira un refugio. Del texto sagrado permitido a los visitantes se nombra el culto, el credo y el dogma, pero no su contenido. Si la bañera de plomo con patas de araña sirve literalmente para «integrar un cadáver», o si es solo la manera del Narrador de marcar la rareza del lugar, cada huésped lo juzgará al meterse en la espuma. Y sobre el cuándo de la destrucción, los registros muestran a Zaira viva —ceremonia, Juegos, comitivas— y consumida, sin decir cuál escena precede a cuál: el viajero prudente hará bien en preguntar, antes de partir, a qué Zaira está viajando.

Véase además: Dorotea · Castillo de Prisma


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.