
Valle de la Tempestad
«Se paga en oro o en un ojo. Y el ojo ni siquiera hace falta que sea de tu cara.» — condición de los guardianes celestiales, recogida a la entrada del paso
A un día de viaje de Nesut Biti —cincuenta o sesenta kilómetros, según qué itinerario se consulte, por terreno difícil y con pocos caminos— se abre la Sede de las tormentas: un valle de paredes altas y cielo abierto, «arriba abierto, pero bastante sombrío, ¿por qué?, porque son altas las paredes», donde bajo la marisma, la bruma y el escombro sobreviven ruinas de una época cercana a la fundación de Uruk. Los baqueanos lo llaman también Antaño: el nombre que se le da a un valle que ya no tiene puente ni templo, solo ruinas.
El camino
Se deja atrás el descampado —granjeros atendiendo los campos, pastores caminando entre sus rebaños— y se sube por colinas, vallecillos y andadas que suben y bajan. La única entrada es «una especie de angosto paso tallado en la roca, cubierto de muco, serpenteado junto a precipicios». En esos pasajes hay esqueletos, y conviene leerlos como lo que son: el registro de los que no pagaron.
Porque el paso se cobra. Los guardianes celestiales aceptan oro o un ojo, y la letra chica es la que abre esta entrada. El lugar está desecrado; ningún dios lo reclama ya, salvo el que lo maldijo.
El valle
El piso es marisma y pantano. Hubo una época en que el mar avanzaba sobre esta zona del golfo, y todo esto era una marisma salada; hoy los arroyos y los manantiales de agua dulce bajan hasta acá y las aguas se mezclan. De ese encuentro salen las tres cosas que definen el lugar: las termas —surgentes calientes donde el agua emerge humeando—, las brumas rastreras que reducen la vista a veinte pies, y la única vegetación que tolera esa mezcla, los árboles de raíces levantadas, «magrullos vegetales», islas de verde denso entre el agua. Los ríos que salieron de su cauce dejaron sal, «babasas y gelatinas». En la bruma hay insectos «chiquitos, pero son jodidos igual», y el aire es húmedo y a la vez «un tanto frío»: «un ambiente de marisma maldita».
Hay un bosque que «se abre cuando ella pasa y se cierra después, como que no hubiera pasado» — de quién es ese ella, el valle no lo dice. Hay hongos que se comen. Y se habla, sin que nadie lo haya cartografiado, de «un mundo de espejos».
Lo que queda en pie
Casi nada. «Como había una estructura, puentes, todo. Ahora no hay nada. Ruinas, un valle, pedazos.» Del puente que cruzaba el valle queda solo el borde donde se acababa. Sobre el conjunto, los escombros de la estatua caída de Adab, dios de la tempestad —«Talos, Gilgamesh, como lo llamen»—, el que maldice el lugar «sobre todo por el de la tormenta». Un río baja del norte y cae.
Bajo tierra la ruina sigue: una escalinata con señales talladas que dicen DOWN, trampas que desmoronan el piso —los que conocen el oficio las marcan «con un poco de polvo y tiza»—, una puerta oculta tras un pedazo de piedra que exige fuerza o maña, y una cámara semi-inundada, mitad agua estancada y mitad aire, con resplandores eléctricos, luz verdosa desde abajo y corrientes de aire que no deberían estar ahí. En una cripta yace el cuerpo de un hombre llamado Mario Navarro; nadie ha explicado por qué.
El comercio de lo enterrado
En los sótanos de la estatua hubo artefactos «que ustedes llamarían ahora tecnológicos, pero para el mundo este están relacionados con entidades que pueden haber tenido que ver con su creación». Lo que se saca de ahí tiene mercado: hay colegios extranjeros a los que «les interesa mucho comprar eso», y pagan por valor, no por sentimiento. El Valle es la única fuente conocida de ese comercio en toda la región — y sus ruinas son «claramente previo a la caída de la Torre Estrella», lo que las vuelve, además de mercancía, cronología.
Lo que duerme
Bajo las ruinas duerme un dragón, como duermen los otros dragones dormidos de Vala. La criatura mayor del valle es «plantífera» y golpea «con un tentáculo de un octópodo» que abarca a varios de un solo golpe. Habitan o habitaron el valle gentes que se cubren la cara con máscaras de madera y celebran ritos nocturnos; los bandidos de la región tienen ahí su base, porque un valle de paredes altas, con una sola entrada difícil y veinte pies de visibilidad, es el mejor escondite que existe.
Y el Valle retiene almas. Una compañía entera conoció ahí su derrota, y quedó dicho como juramento: «iremos al valle de la tempestad a recuperar las almas de nuestros compañeros». El que entra y pierde no termina de salir; el lugar convierte la derrota en deuda, y la deuda en retorno.
Advertencias del baqueano
Acá conviene pisar el freno y poner las cosas en su sitio. Los itinerarios discrepan en el rumbo: unos ponen el Valle al oeste de Nesut Biti, otros en las montañas del sur, hacia Tres Arroyos, «obviamente es el lugar más agreste de todo». Nadie ha resuelto la discrepancia; el que viaje, pregunte dos veces. No confundirlo con Valle Blanca ni Valle Roja, que son otros lugares, más al sur. Y queda abierta la cuestión más incómoda: si el Valle de Cristales y el Valle Cristal —ese mundo plano y extraño que se dice dimensión de Lucifer, «el más brillante de los soberanos del infierno»— son este mismo sitio, capas de este sitio, o lugares que solo comparten la palabra. El archivo no lo establece, y este cronista no lo va a inventar.
Véase además: Nesut Biti · Uruk · Lucifer · Talia Cristalia — cuyo linaje se vincula a la antigüedad del Valle.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.