
Torre de Heva
A treinta kilómetros de las afueras de Praga, en el pueblo de Mikulov, hay «un importante castillo guardado, que es también una prisión». El castillo tiene muchas torres; el viajero que pregunte por una sola será dirigido a la más alta. Esa es la Torre de Heva, y quien escribe debe advertirlo desde el principio: ya no está entera. El mundo pasó de tener la torre a tener «la torre reventada».
La medida de la piedra
Los registros discuten la altura como discuten todo: entre 40 y 60 pies, «bien alta», y el cronista la traduce a «5 pisos de los altos». Que nadie imagine cinco pisos habitables. La torre trabaja con doble altura, espacios de 20 a 25 pies entre niveles —«más de 6 metros»—, de modo que donde hay dos pisos «tiene un espacio arriba». Cuántos niveles reales suman esas cuentas, ninguna versión lo concilia; este cronista consigna ambas y deja al lector la aritmética.
Arriba de todo, en la bóveda, están grabadas las descripciones de las virtudes: «si llegás al techo son 24». Cuáles son, en qué lengua, y si se dejan leer desde abajo, la piedra no lo confió a nadie que lo haya escrito.
El oficio de la celda
La torre «es una torre donde ponen a alguien encerrado» — un solo cuerpo, y qué cuerpo: la reina Eva Huizinga estuvo cautiva en ella. No hacen falta barrotes cuando la altura hace el trabajo: 40 a 60 pies y la doble altura separan al cautivo del suelo y de cualquier rescate por escalada. El castillo pone la guarnición, la torre pone la inaccesibilidad, y la prisionera es el motivo por el cual ambas cosas existen ahí. Mikulov es la periferia deliberada de Praga: cerca para abastecer, lejos para no exhibir.
Y sin embargo, en la coronación de esa máquina carcelaria opera otro régimen, que no es de cerrojo sino de doctrina: las 24 virtudes solo se leen si se llega al techo. El punto más alto de la prisión es también su texto. La torre parece haber sido otra cosa antes de ser celda — pero eso el archivo no lo afirma, y este cronista tampoco.
El asedio
Albergar cautiva a una reina convierte a un pueblo de treinta kilómetros afuera de Praga en objetivo militar. Los guardias «han rodeado el lugar», es decir, «han puesto cañones»: la torre pasó de custodiar a ser objetivo, y la artillería la rodeó desde afuera. El capítulo entero lleva su nombre —el asedio de la Torre de Heva— y su desenlace quedó fijado en piedra rota: «esa salida de roca rota que es la torre reventada», con una figura todavía flotando sobre ella «como borrando» el boquete. Sacar a la prisionera y volar la torre fueron, en los hechos, el mismo acto.
Si quedó destruida por completo o solo abierta, los registros no lo dicen: hay roca rota y una figura borrando la salida, no un colapso total. El que pase por Mikulov, mire hacia arriba y juzgue.
Torres que no son esta
El género abunda y conviene no confundir. El archivo registra, sin ligarla a esta, «una torre, una atalaya, al costado del río, justo en la zona donde empezaría el territorio propiamente torco»: esa marca frontera y no encierra a nadie. Si comparten tipo constructivo o constructor, nadie lo ha establecido.
Advertencias de Paulus
Aquí el archivo agrupa lo que los hechos separan, y me corresponde deshacerlo con cuidado. Bajo el mismo nombre corren noticias de otra torre, la de París: la Torre de Hierro, cerca del Campo de Marte, pintada de amarillo, «faro de la ciudad crónica», empezada en 1887 y constituida en 1889, con «la piedra, la gema» en la punta, crecida «a tres veces su tamaño», lanzando «unos rayos terribles», produciendo «extraños magnetismos» y «problemas con los que no hacen tierra literalmente», y capaz, «si se levanta y se trae la electricidad», de «un impulso eléctrico tan, tan grande que se ha demostrado que puede mover a la gente». Ninguna voz afirma que la torre de Mikulov y la de París sean la misma cosa; hasta que alguna autoridad lo decida, son dos entradas y dos edificios. Sobre la parisina pesa además su propia disputa de versiones: un testimonio la declara ausente de su época —«lo que no está, y yo diría que lo hizo por su ausencia, porque después lo vieron en un cuadro, es la Torre Eiffel»— y otros la ubican en pie en París, en Navidad de 1889. Las escuelas no se han puesto de acuerdo.
Queda también, rondando el índice por la sola palabra Torres, aquel juego parisino «de Torres, Alfiles, Peones» —«No sabemos quién es la reina, pero no sabemos quién está moviendo las fichas»—; ningún hecho lo vincula a esta torre, aunque el lector notará, como lo nota este cronista con melancolía, que en Mikulov sí sabíamos quién era la reina.
Y quedan las preguntas que la piedra no responde: quién construyó la Torre de Heva y para qué, antes de ser prisión; si la bóveda de las virtudes es original o añadida; cuáles son esas 24 virtudes. El que las lea desde el techo, que las copie.
Véase además: Mikulov · Praga · Eva Huizinga · Torre de Hierro
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.