Un siglo XVII que no es el siglo XVII

Mundus alter et idem: un mundo distinto pero igual. Es 1660 en las Islas de Albión, y la diferencia con el mundo conocido tiene un solo nombre — la Reina. Corresponde a la figura de Elizabeth, la Reina Virgen de la época de Shakespeare, la que en el otro mundo reinó cincuenta años y murió hacia 1600. Esta siguió reinando: lleva cerca de cien años en el trono y está festejando su centenario. Por eso acá no hubo Cromwell en el trono, y donde la historia pone la Restauración —pelucas, decadencia— esta Antiterra pone una edad dorada que no termina.

De la Reina se dicen muchas cosas y ninguna se confirma: que es una reina de los elfos, que es una vampiresa encubierta, que es una reina limpia, o simplemente que toma muchas pociones y se conserva bien. Todo puede ser cierto a la vez, porque es un mundo donde la magia opera. También se la nombra Erzsébet — Hercebeta.

La clave del escenario es la conjunción de Iglesia y Estado: las potencias se pelean por ella y las guerras de la época son, antes que nada, guerras religiosas — el dios de las llamas y del fuego, el de la cruz sagrada, el dios de la rueda, cada uno proclamándose el único. La disputa no es sobre qué es real, sino sobre quién es hereje. Las razas fantásticas existen y el mundo está civilizado: a los dragones no se los ve desde hace unos doscientos cincuenta años, y de ellos solo llegan rumores del oriente. Hay artillería y hornos de fuego.

Miseria

Los personajes arrancan desde muy abajo, y es literal: son gente rastrera, común, miserable. Los ricos concentran la mayor parte de la magia, del poder y de la posibilidad de vivir más tiempo — y esa concentración es el mundo. En tecnología y moda la ambientación no se aleja mucho de la de Los tres mosqueteros.

Se juega en los alrededores de Londres, el tercer anillo: zonas como Hyde Park y Paddington, todavía casi campo, a algunos kilómetros del casco urbano. Es donde se levantan los patíbulos más renombrados. Y junto a los patíbulos hay una serie de tabernas de germanos, las Noviskrug, adonde llegan hasta los perseguidos y a las que conviene no ir a buscarlos; entre ellas, una que antes se llamaba Golden Fortune y que ahora, por razones obvias, todos llaman Miserias e Infortunios.

Sobre todo eso está la peste: la mitad de la gente que uno conoce muere, y no deja un aroma limpio sino algo dulzón que apesta las calles. De ahí la danza macabra de los murales y los frescos.

El arco

Empezó con un descontento — la negativa a brindar entre los que celebraban el centenario, una copa rota como gesto de desafío. En una taberna, un muchacho que lloraba sobre su trago les pidió que rescataran a su padre: el padre era Oliver Cromwell, preso en Tyburn Hill, la colina de las afueras donde se colgaba, quemaba y descuartizaba. Lo rescataron al abrigo de la noche y huyeron con él y con su hijo Richard a las colinas de Suffolk, más allá de Essex, donde recibieron tesoros y enterraron a un compañero caído en lo que llaman la tumba del niño desconocido.

Después vinieron el convento y el monasterio abandonado cerca de Cambridge —el descenso, los ghouls, el fantasma del abad Dr. Butts—, la barcaza por el río Lea hacia el Támesis, la milicia contra Lord Rochester y sus reliquias, y por último las criptas del castillo de Warwick y el Hacedor de Reyes.

La crónica quedó trunca.


En el papel

Cuaderno C61. Con una advertencia para quien lo lea: es un cuaderno mixto — alterna las notas de la crónica con notas académicas—, y no todas sus páginas pertenecen a este mundo.


[R] — Capa asertórica de mesa. Ficha de crónica de GLORIANA, armada desde la prosa jugada y el cuaderno C61. Pendiente de cotejo con el cuaderno físico.