No tienen cuerpo que la luz pueda tocar. Moran entre los espacios, en el pliegue que separa una cosa de la cosa de al lado, y esperan a que alguien arda lo suficiente para alimentarlas.
Lo que mora entre los espacios
En las islas de 1966, debajo de la disputa de banderas y de la hospitalidad isleña, hay algo que no se ve y sin embargo está. Son entes sin cuerpo visible que moran entre los espacios —en el intersticio que separa una cosa de otra— y que se sostienen de una sola materia: la energía psíquica de los hombres. No comen carne; comen estados del alma. La depresión, la pulsión de muerte, el fuego de la pasión: todo lo que en una persona arde con bastante fuerza es pasto para ellos. Mientras no han acumulado suficiente, no son nada que un ojo alcance a registrar. Cuando han bebido bastante, se manifiestan.
La mesa de aquella isla los nombró con una palabra que el oído deformó hasta volverla irreconocible —los «Joyboard»—; bajo esa grafía torcida late el nombre verdadero de la estirpe, los cthonianos, las cosas que acuden del otro lado del umbral. Las dos voces designan a los mismos moradores del intersticio: el apodo de mesa y el nombre del Mythos que el archivo recobra.
La cosecha de los que arden
El método de los cthonianos es paciente y atroz: dejan que el alimento se prepare solo. La costa de los suicidios es su despensa. Allí donde la gente se arroja al mar empujada por una desesperación que no se explica, no hay solo geografía sombría: hay una presencia que ceba la depresión hasta que rebalsa y cobra su pieza. Cada salto al vacío es una ración, y el lugar acumula muertes como quien acumula ofrendas sin altar.
Su firma más visible son las estatuas de sal. Quien mira de frente lo que no debe queda fijado en el acto —piroclastizado, vuelto columna de sal en el mismo gesto de mirar—, igual que la mujer del relato antiguo que volvió la cabeza hacia la ciudad ardiente. Las figuras de sal plantadas en la costa no son monumentos: son los que miraron, sorprendidos por la cosa en el instante de verla, petrificados antes de poder gritar.
La máscara del diablo
Los cthonianos no llegan a esta isla como forasteros. El folklore de la tierra ya los había rozado mucho antes de que nadie pronunciara su nombre. Las viejas leyendas gaélicas y celtas —los dragones, las máscaras rituales, la cara que toma la máscara del diablo— no eran fábula ociosa: eran la memoria deformada de estos moradores del intersticio, recordados por el pueblo bajo la única forma que la mente humana tolera, la del mito. Donde la tradición celta puso un dragón o un demonio enmascarado, había estado una de estas cosas; el cuento es la cicatriz que dejó el roce.
La invocación por el espejo
A los cthonianos se los llama con un instrumento: el espejo de latón gálico, la lámina de bronce de dos metros y medio plantada de cara al norte, escrita en una lengua de piedra. No es un espejo que devuelva el rostro; es una boca que, pronunciadas las frases gálicas de su marco, convoca —y lo que acude del otro lado del metal son ellos, las manifestaciones que la mesa llamó «Joyboard». El espejo es el umbral; el huevo amarillo que la Orden de Dagón desenterró de la isla es la llave que lo destraba: expuesta la piedra-huevo ante la lámina, se abre un ojo y por esa rendija emergen los moradores del intersticio.
Quien presencia la convocatoria no sale entero. La razón se va a jirones, como el agua que se escurre entre los dedos, y deja en su lugar la certeza intolerable de aquello que vino a alimentarse. Asomarse a lo que el latón llama es perder una parte de la cordura que no siempre vuelve.
El reino del otro lado
Lo que late detrás de los cthonianos no se agota en la isla. Pertenecen al mismo sustrato que en estas Malvinas rinde culto a Cthulhu y a las potencias que sueñan bajo el agua; son una de las muchas caras con que ese fondo asoma a la superficie. Del otro costado del espejo que los convoca rima siempre la misma visión —la tierra de los dos soles, el reino amarillo de Carcosa que en este archivo se filtra por cada umbral que alguien tiene la mala fortuna de abrir. Los cthonianos no son el fondo: son lo que sube de él cuando alguien arde lo bastante para llamarlos. El registro físico de estas apariciones se conserva en el cuaderno 99, junto al resto de los aparatos de la Orden.
Vínculos
- Espejo_de_laton_galico — la lámina de bronce que los convoca; el umbral por donde acuden
- Circonio_Piedra_Azul — el huevo amarillo que, expuesto ante el espejo, abre el ojo que los deja pasar
- Orden_Esoterica_de_Dagon — los Profundos del Atlántico Sur, dueños del aparato que los llama
- Nyarlathotep — Cthulhu y las potencias que sueñan bajo las islas, sustrato del que los cthonianos son cara visible
- Carcosa — la tierra de los dos soles que asoma del otro lado del mismo umbral
Apariciones
- Lo que mora entre los espacios — entes invisibles que se alimentan de energía psíquica: depresión, pulsión de muerte, fuego de la pasión
- La costa de los suicidios — la despensa donde la desesperación inducida cobra sus piezas
- Las estatuas de sal — los que miraron, piroclastizados en el acto de ver
- La máscara del diablo — su memoria deformada en las leyendas gaélicas y celtas de dragones y máscaras
- La invocación por el espejo — convocados por el latón gálico cuando el huevo amarillo abre el ojo