Helix

Desde Depau se sale por el camino olvidado —salvaje, «ahí entre unos riscos»— y se anda «hasta Helix son 6 millas fácil o 5»; la forma que los itinerarios fijan es seis millas. Al final del camino no espera una ciudad. Espera un borde: «Helix no es una ciudad, es un punto de inflexión. Un pueblito», levantado «en el borde de un pantano», lo último que hay antes de lo que debería contener.

El asiento

No más de 600 almas en temporada normal —cifra que, por su misma letra, admite temporadas que no lo son—. La construcción que define al pueblo es su iglesia principal, que «no está demasiado bien, medio ruinosa», con un monasterio anexo cuyas celdas se usan para confinar prisioneros. Es «un pueblo de frontera, no hay ley fuerte»: la única institución con edificio, personal y capacidad de encierro es la eclesiástica. Allí tiene sede la iglesia de Amonar; allí reside Massas el Magnífico. De casas, muralla, taberna o mercado, los registros no dicen palabra.

El lado del pantano

Del mismo lado del pueblo, hacia la zona pantanosa, están «unos túmulos antiguos» —el lugar de los Túmulos, con muertos vivientes— y el cementerio propio de Helix. La disposición no es inocente: pantano, túmulos y cementerio quedan todos juntos, y el pueblo es la última posta antes de ellos. Del cementerio salen los muertos que forman la procesión de muertos animados. Y en las cercanías crece un presagio: «Está creciendo el castillo de huesos, señor. Todo parece estar hablando de un ataque inmenso».

La bisagra

A Helix se llega para salir de Helix. Queda «en el medio» de la ruta del Abad hacia el norte; desde el pueblo se organizan las expediciones a los Túmulos —donde no se va solo: «vamos a ir a Helix, donde saben que hay Túmulos, con más que otro grupo afuera»— y desde el pueblo se parte hacia las Cuevas del caos, «tal vez a dos días de viaje. Se apuran muchísimo o tres si son más lentos». Todo camino registrado se mide desde o hacia Helix, y todo grupo vuelve: «vamos a volver a Helix». Al pueblo, además, se lo prepara para la batalla; al Santo Padre se le piden objetos «para poder prepararnos a Helix». Si Helix cae, cae la bisagra de la ruta norte.

La corrupción adentro

El foco no está solo en el pantano. La iglesia de Amonar, sede del culto en el pueblo, es a la vez ubicación central de un culto corrupto; el mismo edificio es templo, cárcel y podredumbre. Lejos de todo gobierno pero cerca de todo camino, Helix está lo bastante lejos para no ser gobernado y lo bastante cerca para ser etapa obligatoria — y esa doble condición explica que lo que debería contenerlo lo tenga sitiado por dentro y por fuera.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno. Los registros disputan la escala del lugar: tres voces lo llaman «ciudad», y el que explica de cerca lo baja a «pueblito, no es una ciudad». Este cronista asienta las dos versiones y no elige. Circula además un nombre vulgar de los túmulos del pantano que suena a «el barro de un mes» —o «barrio de los tumulus», grafía incierta—; el que lo oiga, que pregunte a qué refiere, porque el archivo no lo sabe. Tampoco se sabe de qué vive Helix, ni quién manda de hecho donde no hay ley fuerte —si el clero de Amonar, un señor, o el propio Massas—; ni cómo son las casas ni si el perímetro está defendido; ni quién ocupa las celdas del monasterio ni por orden de quién; ni a qué distancia exacta quedan los Túmulos y el Castillo de Huesos; ni qué hace subir o bajar a esas 600 almas fuera de la temporada normal. El viajero prudente cuente sus provisiones antes de fiarse de que en Helix haya posada.

Véase además: Cuevas del caos


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.