
Gideon
De los hombres que este cronista ha registrado, ninguno carga tanto en tan poca cosa: un escudo a la espalda, una hostia —la última— y una deuda que él mismo se impuso. Gideon no es categoría ni linaje: es persona única, y así debe leerse esta entrada.
Retrato del caballero disimulado
«Este hombre caballero, bastante pintón», de pelo oscuro, piel «bien bronceada» y «ojos bien verdes», con «esa barbita bien arreglada», de carácter noble y mirada serena, «bien tranquilo». No viste ya la armadura que fue su seña: cambió sus vestimentas por «algo más acorde a la zona y a la época» — un tricornio y un sobre-todo. La figura que resulta es la de un caballero que se disimula en una época que no es la suya, salvo por lo único que no puede ni quiere ocultar: colgado de la espalda, siempre, el escudo. «Flor de escudo», dorado, resplandeciente cuando lo saca del cofre, «un poco anacrónico al lugar, parece un escudo antiguo pero muy bien cuidado, muy bien pulido, reluciente». Los que saben de escudos lo comparan con los de Aquiles y Heracles.
Desde que volvió de la muerte —asunto disputado, como se verá— se lo ve «un poco más pálido»; pero al tocarlo está cálido, aunque arrastra consigo una merma, una sombra de aquel tránsito.
El hombre de fe
Es «un hombre de fe, eso no se equivoque», pero de una fe que rechaza la institución: «Yo rezo a Dios, pero no al Dios que rezan acá, porque acá están todos podridos». Practica el Jansenismo. Como paladín, dicen los que lo vieron obrar, «es paladín perfecto»: juró proteger a los desprotegidos y a sus aliados, y cumple el juramento con una singularidad que lo define — combate sin matar. «Nunca se soltó el escudo que él lleva» y «sorprendentemente lo vieron combatir solo con eso, tal vez alguna que otra piña, pero ningún arma letal usó en el combate».
Fuera del campo, «siempre fue un diplomata», «alguien que busca charlar y siempre encontrar el camino pacífico». Alcanzó una altura tal en su oficio que pudo empezar a reunir seguidores, y los reunió «en Los ingleses». Su plan es declarado y no pequeño: juntar huestes celestiales para ayudar a liberar la Antiterra.
Inventario de un arsenal que no mata
Su equipo forma un sistema coherente de protección y no de matanza: el escudo dorado; dos escudos corporales más; dos armaduras completas; agua sagrada; una vara de curar heridas; un arco largo compuesto; y una espada consagrada — «la espada es holy». Es decir: el arsenal de un hombre equipado para blindarse, curar y bendecir, que carga armas pero elige no usarlas. El escudo hace de arma, de blasón y de punto de reunión al mismo tiempo.
Sobre esa espada quedan dos voces sueltas en el archivo: un tal «Mazur joven libertador» le pregunta de dónde la trae, y «la madre» se la mostró en los campos de algodón. Quiénes son uno y otra, el registro no lo fija.
La muerte, en tres versiones
Aquí las escuelas discrepan, y este cronista no va a fallar entre ellas. Una versión asienta lisa y llanamente el deceso: «El R.I.P. El pecho de Gideon, que pereció». Otra cuenta el retorno: «volvió de los muertos… cayó en la guardia en una de esas de ejecución… se lo llevaron enterrado las masas y volvió caminando», con la fe de los hombres desprotegidos dándole fortaleza — y él mismo, honesto hasta en el milagro, declara: «no sé realmente cómo volví a la vida». Una tercera afirma lo contrario de ambas: «Gideon decidió no revivir». Las tres conviven en el archivo. Que el lector elija su iglesia; Gideon, al menos, no elegiría ninguna.
El peso de un solo hombre
El mundo cambia cuando Gideon cambia. Entregó la Piedra del Apocalipsis, y por haberla entregado no quiere volver. Porta la última hostia sagrada — pieza única en el mundo, y él el único que la lleva; le fue mandada a un puesto sin que se le avisara adónde iba, para quedar «en posición y bien resguardado» ante una emergencia. Su función asignada, si esa emergencia sobreviene, es cerrar las puertas.
Sobre sus compañeros su peso es directo y medible: cuando ven el escudo, «es esa señal que se junta y que los reúne, es el vínculo que tienen con él»; y al verlo reincorporarse «en esa pose heroica vuelven a sentir esa energía que les da él, esa bondad que los suma y los potencia». En el campo de batalla «tanto su escudo se volvió como un símbolo, sino como su presencia es algo inspiradora».
Los lugares y los suyos
Se lo ubica en la isla de la Antigua junto a Cristina; antes, reuniendo seguidores en Los ingleses. Y queda dicha, en el archivo, la frase más enigmática de todas: «Esa era la parte de Magda. Cuando Magda murió. Y Gideon era de Magda». Qué era Magda, y qué significa esa pertenencia, el registro no lo aclara — solo que Magda murió, y que Gideon fue suyo.
Advertencias del cronista
Mucho de este hombre queda en penumbra, y conviene decirlo con todas las letras. No sabemos a quién entregó la Piedra del Apocalipsis ni bajo qué condiciones — solo que la entrega le duele lo bastante como para no querer volver. No sabemos qué son «las puertas» que debe cerrar, ni dónde están. No sabemos dónde quedan Los ingleses —¿en París, en otro sitio?— ni cuántos seguidores llegó a reunir. No sabemos qué iglesia concreta es la que considera «toda podrida», ni qué es exactamente el Jansenismo en estas tierras. No sabemos dónde está ahora su armadura característica, ni por qué el escudo se guardaba en un cofre, ni quién lo puso ahí. Y no sabemos si «la madre» de los campos de algodón es su madre. Un hombre que combate sin matar y vuelve de la muerte sin saber cómo tiene derecho a sus secretos; el cronista se limita a inventariarlos.
Véase además: Magda · Piedra del Apocalipsis · Antiterra
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.