El paje del pueblo menudo a quien la selva oscura devoró por dentro y por fuera, y a quien la crónica, que lo vio caer, no supo nombrar de otro modo que santo.

Presentación

Fernandín fue el primero. La primera figura que aquella mano puso en pie sobre el tablero de los Florentinos, y por eso mismo el que pagó más caro el aprendizaje del oficio. El archivo lo registra como paje —pillo del pueblo menudo, de los que llevan la capa con el pan mordido del comedero del buen ladrón, y reparten polvos de bolsillo que ciegan o vuelven invisible a quien se sabe la maña—. Era de los pequeños, de los que la Florencia del año mil trescientos no cuenta entre sus torres ni entre sus gremios mayores: y sin embargo su nombre quedó.

Quedó porque la selva oscura se lo llevó. Cuando la comitiva entró en el bosque umbrío —el del verso que abre el descenso, en medio del camino de mi vida me encontré en una selva oscura—, las tres Furias lo estaban esperando. La crónica refiere su martirio con la sobriedad de las cosas que no admiten ornamento: lo alzaron sobre un árbol, abierto de costado a la manera del Crucificado, y un doble que había tomado su rostro y su voz lo suplantó entre los suyos mientras él agonizaba. Murió en su primer y único lance de armas. La memoria de la mesa, que lo había acompañado, no soportó dejarlo en el anonimato de los caídos sin sepultura: pidió para él la palma. Lo llamó San Fernandín, mártir, y a su cuerpo lo veneró como reliquia —el niño que cayó como cae San Jorge, no por horror sino por gracia.

Hay en el archivo una puerta entornada detrás de su nombre, y conviene dejarla así. En un ciclo cuyo eje será bajar al Infierno y volver de entre los que ya no respiran, un mártir cuyo regreso fue soñado —Fernandín Redivivo— no es nota al pie hagiográfica: es una promesa. Su resurrección quedó atada, en los papeles del Narrador, a la sangre de Zenobio —el florentino que devolvió a un niño muerto su aliento— y a la vieja leyenda del rey durmiente bajo la montaña, que cuando el mundo lo necesite enviará a un muchachito a despertarlo. El motivo del niño eterno, el que no envejece porque no llegó a crecer, late debajo de todo esto. Si Fernandín volvió, y cómo, es de las cosas que la crónica prefiere conservar antes que cerrar.

Tras su caída, la mano que lo había sostenido tomó un segundo hábito: el de Niki, la Carmelita, la monja descalza que bajaría al jardín del Infierno. Fernandín fue la semilla; lo que vino después creció sobre su tumba.

Vínculos

  • Niki, la Carmelita — el hábito siguiente de la misma mano; nace tras la caída de Fernandín
  • Florentinos — su compañía, los Héroes Invisibles
  • Zenobio — el santo que devolvió la vida a un niño; raíz de la resurrección soñada
  • Infierno — la selva oscura que lo devoró; el descenso que su martirio anuncia
  • Florenzen — Florencia ~1300, la gesta donde cayó

Apariciones

  • El pueblo menudo de Florencia ~1300 — paje, pillo del comedero del buen ladrón
  • La selva oscura / bosque umbrío — su martirio a manos de las tres Furias y del doble que lo suplantó
  • San Fernandín — el cuerpo vuelto reliquia; la palma del mártir
  • Fernandín Redivivo — la resurrección soñada, atada a Zenobio, al rey durmiente y al niño eterno