Un germano de barba forjada y juicio de acero, que llevaba la cabeza ceñida por un yelmo que no se quita ni con la muerte, porque la muerte era, justamente, lo que el yelmo guardaba dentro.

Presentación

Cuando Dante pidió una escolta para cruzar la Florencia del año mil trescientos, alguien señaló que hacía falta un Germano entre los Florentinos: uno de esos hombres del norte que, sin la talla menuda de los enanos de las viejas leyendas, llevan sin embargo su misma sangre: la longevidad, la paciencia y la maestría en el hierro y la fragua de los que labran bajo la montaña. Ese Germano fue Alberich, a quien el archivo apoda el francosanjuanista, y que carga su nombre como una herencia antigua —el del guardián del oro hundido en el río, el que vela tesoros que nadie más sabe ver.

Era de los raros: un sabio-guerrero, de los que rezan, forjan y saben a la vez. No se contentaba con el filo. Conocía la palabra antigua y el martillo, interrogaba a lo divino antes de actuar, y andaba por el mundo con una inteligencia preternatural que no era del todo suya, sino prestada por lo que llevaba en la cabeza.

Porque el centro de Alberich no es la espada, sino el yelmo. Lo que empezó siendo una sortija menor —su primer objeto de poder— pasó, tras largo trabajo en la fragua, a habitar un casco que ya nunca pudo quitarse: irremovible como una maldición, soldado a él de por vida. Ese yelmo lo volvía más agudo de lo que ningún hombre debería ser, y lo blindaba contra la intrusión de la mente —escudo decisivo, porque su destino lo arrastraría a tratar con los githyanki, caballeros plateados que vuelan por el vacío y hablan dentro del cráneo ajeno: a Alberich lo dejaban oírlos sólo cuando él quería, pero jamás pudieron poseerlo. Y guardaba, además, un secreto más hondo: “si yo muero, en el casco queda mi voluntad para siempre, buscando y siguiendo mis órdenes”. El yelmo era receptáculo de su persona después de la muerte —una conciencia que no se apaga, eco de aquella otra máquina-amanuense que el archivo conoce por Akala.

Su gesta no lo devolvió a casa. Separado de sus compañeros tras un salto, Alberich cayó solo al mar plateado —el plano astral, cementerio de los dioses— y allí los githyanki lo recibieron como a un emisario. Pactó con ellos. Negoció ser custodio de la Piedra del Apocalipsis, esa esfera negra que en su sitio sostiene el mundo y que sólo un puro de corazón puede portar sin que lo consuma. Al cierre de Florenzen, Alberich era portador de la piedra y señor de Jericó —la primera ciudad, la que los dragones llamaban Ur-Draxa. Y cuando llegó la hora, no regresó: eligió quedarse en el astral de los githyanki. El archivo guarda su sentencia con la sobriedad de las cosas ciertas —“es un buen día para morir”—, divisa de caballero que prefiere caer dejando un legado antes que salvarse traicionándose.

Tuvo una falla, y una sola, pero honda: la tozudez. La misma firmeza que lo hizo inquebrantable ante la posesión y ante la tentación lo volvía sordo a doblarse cuando convenía doblarse. Su virtud y su grieta eran la misma piedra.

Vínculos

  • Florentinos — la gesta de 1300 a la que entró como “el Germano” de la escolta de Dante
  • Gesta de 1300 A.D.A. — el ciclo del que Alberich es eslabón
  • githyanki — los caballeros del astral con quienes pactó; su yelmo lo blindaba contra ellos
  • Piedra del Apocalipsis — la esfera que terminó portando
  • plano astral — el mar plateado donde decidió quedarse
  • Akala — eco de la conciencia que perdura en un receptáculo
  • Luca — compañero de la misma gesta florentina

Apariciones

  • Florenzen ~1300 — incorporado como “el Germano” a la escolta de Dante junto a los Florentinos
  • El yelmo irremovible — reforja de la sortija al casco; inteligencia preternatural, blindaje mental, receptáculo póstumo de su voluntad
  • El pacto con los githyanki en el plano astral
  • Portador de la Piedra del Apocalipsis y señor de Jericó (Ur-Draxa)
  • Cierre de Florenzen — eligió quedarse en el astral: “es un buen día para morir”