Zaharan
Antes de mover una piedra en el descampado, el que releva terreno tiene una obligación de rutina: «hacer un registro para ver que no sean unos túmulos saharianos». Esa precaución, repetida hasta volverse trámite, es la mejor prueba de que la estirpe existe: nadie manda a registrar el suelo por un pueblo que se extinguió.
La estirpe que pasa por humana
Los Zaharan son «los humanos, sobre todo los que después se revelaron que no eran humanos del todo». Ese es el primer y casi único rasgo físico que el archivo concede: el desmentido. Un Zaharan pasa por humano, y no lo es «del todo»; en qué se le nota, ningún testigo lo dejó dicho. Lo demás es movimiento y compañía —«se mueve con la arena y con el animal»— y ocultamiento deliberado: «No son comunes, lo ocultan en general.» La condición se disimula; esa es la regla.
Pero que se escondan no significa que se hayan ido. Sobre su presencia en el mundo de hoy quedó asentado el juicio justo: «tal vez supieron pasar a un segundo plano y no por eso desaparecieron».
Capataces, y después rebeldes
La historia que los constituye tiene dos actos. Primero el dominio: son «la estirpe antigua que supuestamente dominó a todas las demás antes», y fueron «como raza, los capataces» de los Hombres Serpiente — «hasta que nos liberamos», dice la voz de uno de ellos, en primera persona, porque para un Zaharan eso no es historia ajena. Segundo, la Rebelión de Zaharan: «la rebelión fue larga y costosa», y de ella salieron libres del amo pero sin escena pública. Del orden de los Hombres Serpiente, caído por esa rebelión, quedan las ruinas; de los Zaharan, el oficio de custodiarlas.
Porque ese es su puesto presente: «guardias de las ruinas. Ruinlords». Una raza que fue capataz aprendió a mandar sin ser dueña; liberada del dueño, le quedó el oficio de administrar lo ajeno. Los Ruinlords vigilan aquello mismo que su estirpe enterró.
Los fabricantes
De sus manos salió una raza entera. Los Zaharan «esclavizaron y hasta crearon nuevas bestias. Los hombres bestias» — «las cosas genéticas horrendas que produjeron los mismos saharans», criadas como soldados de batalla y esclavos militares. Su doctrina de empleo quedó fijada en una frase que también es retrato: «ellos los usan en las batallas, pero saben retirarse a tiempo». Quien sabe retirarse a tiempo de una batalla, anota este cronista, sabe retirarse a tiempo de la historia — y eso explica el segundo plano mejor que cualquier derrota.
El saber de la muerte
Sobre resurrección y manipulación de la mortalidad, «los saharanes lo saben mucho»: son la autoridad del mundo en esa materia. Túmulos, ruinas y dominio de la muerte forman un solo conjunto — arquitectura funeraria, patrimonio antiguo y ciencia de lo que ya no vive. No es casual que sus estructuras se llamen túmulos Zaharan ni que haya que registrarlas antes de trabajar sobre ellas; qué guardan, el archivo no lo dice.
Lengua, parentesco y costumbre
Hablan «antiguo», lengua que usan para tratarse entre ellos y que un Zaharan emplea sin traducir. De esa lengua —o de la estirpe, o de su carácter; la frase quedó suelta— se afirma que «el saharán es de la violencia». Practican algo cercano a la esclavitud: otros pueblos «no están tan lejanas a los saharanas y a sus prácticas». Tienen fórmula propia de paz: «tienen que enterrar el hacha, se dice en el pueblo de los safaranos». Y el parentesco de estirpe se reconoce en el trato, sin ceremonia: dos Zaharan, como Alirón y Marduk, «nos conocemos de nuestras raíces».
Dónde encontrarlos
No hay territorio Zaharan, ni capital, ni número. La vía normal de contacto es el mercado clandestino: en los bajos fondos de Adwen hay «un saharano para ser contratado», y consta también que ahí «hubo problemas con un saharano» — las dos caras de todo trato por debajo. Fuera de eso: en las ruinas, como Ruinlords; y bajo tierra, en los túmulos que llevan su nombre, dispersos lo bastante como para que el relevamiento deba descartarlos de rutina.
El balance es este: no gobiernan, no aparecen, se contratan en sótanos. Y sin embargo, de ellos salió una raza viviente entera, de su rebelión salió la caída de los Hombres Serpiente, y de su saber depende cualquier operación sobre la muerte. El mundo no cambia porque un Zaharan actúe hoy — pero todo lo que el mundo es hoy cambió porque los Zaharan actuaron antes.
Advertencias del cronista
Acá conviene pisar el freno y decir lo que no se sabe. Sobre el origen hay dos escuelas y ningún árbitro: una voz los pone como «lo antiguo de esta cultura medio céltica»; otra los liga a «la arena» y descarta un origen árabe. Las dos versiones quedan asentadas; el que quiera elegir, que traiga pruebas. Tampoco hay una sola descripción física: en qué se les nota que no son humanos «del todo», qué ocultan exactamente y cómo, nadie lo dejó escrito. La frase «el saharán es de la violencia» quedó fuera de contexto — puede hablar del idioma, de la cultura o del carácter, y este cronista no la va a acomodar. Queda abierto cuándo fue la Rebelión y qué le costó al mundo; si los túmulos son tumbas, mojones u otra cosa, y por qué exigen registro; qué se paga por contratar a un Zaharan y quién paga; si la esclavitud es costumbre general de la estirpe o solo el caso de los hombres bestia; si «enterrar el hacha» es rito con procedimiento o solo dicho; y la pregunta más incómoda de todas: si todavía hoy, en algún sótano o bajo algún túmulo, se siguen fabricando hombres bestia.
Véase además: Adwen
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.