Rebeca

«Hace unas semanas yo, a todas luces, sí morí, y la muerte no me quiso de su lado.» — palabras de la propia señora, recogidas en su cabaña del Valle del agua

Asiéntese en este registro de linajes que en la Corona del Norte vive una anciana a quien Europa llamó Rebeca y los suyos llaman Pocahontas: hija de rey, viuda de un inglés, dada por muerta y sepultada en Inglaterra, y sin embargo de pie, con cuentas pendientes que la muerte misma no pudo cobrar.

De su persona y morada

«La señora está muy entrada en años, está claro»: muy anciana, con «esa cara que solamente pueden tener los indios, así como una cosa de madera, nariz grande, modular, llena de arrugas». La aquejan «dolores que me quejan día a día», sin remedio que este cronista sepa declarar.

Habita «una morada que tiene una onda como si fuera una cabaña inglesa» —cabaña a la europea plantada en tierra indígena—, con los postigos cerrados de noche. Adentro, el inventario entero de su hacienda: un lecho, un jarrón de paja, una silla y una mesa. Nada más. Quien la halle dormida atienda la consigna que sobre ella pesa: «no la despierten ni la lastimen».

De su linaje y su título

Es hija del rey —el Gran Gobernante emperador— y de ahí le vienen tierras reclamables «en nombre de cierta gracia del rey». Fue «una de las dos figuras principales que controlaban las tribus indígenas», central en los encuentros tempranos con los colonos: «tenía un cierto peso en el pueblo, no exactamente era la gobernante, pero se ve que cuidaba a ese pueblo».

Casó en Inglaterra con Rolf —John Rolfe—, con quien tuvo un hijo. Allá la dieron por muerta y le dieron sepultura cristiana. Por esa acta de defunción falsa, sus tierras «se dieron mal, dadas a William, pensando que yo ya no existía». Si demuestra que existe, su intención es llana: quiere «volver como la reina princesa que fui». Un error de registro devenido, así, problema de soberanía.

De su poder

Su fuerza es doble. Una es legal y feudal, la del título y la gracia real. La otra es de otro orden: «Rebeca es muy poderosa», capaz de contener criaturas elementales cuando algo se infiltra en un lugar. No obra sola: «por eso no vine sola y busqué aliados».

Y la rige su condición de muerta rechazada. Al final no le teme —«no le temo, sino que lo abrazo y lo espero»— pero no puede irse: «no, aún no, tengo cuentas pendientes». El mandato que se le dirigió es de supervivencia dinástica: «tenés que mantenerte viva para poder honrar tu pasado y darle un futuro a tu hijo y a los suyos».

De las dos vidas sobre un mismo cuerpo

Todo en Rebeca se compone por superposición, y su entorno lo repite. La cabaña inglesa en tierra indígena es la forma construida de su matrimonio y de su viaje a Inglaterra; la cara «de madera» y la «larga prosapia indígena» son lo que la casa no borró. El mismo desdoblamiento gobierna sus dos sepulturas: la cristiana que ya recibió en Inglaterra por muerta, y la que reclama en vida — «en lugar digno, de los montículos de la serpiente», «después de todo soy hija de un rey». Profesa una fe que ella misma califica de «aberrante para los de mi ciudad, para mi gente»; cuál sea esa fe, el archivo lo calla.

Lo que reúne las dos vidas es el despojo: «abusaron de ella, de su hijo, y no solo eso, sino que le robaron su identidad y le dieron un nombre». De ahí que reclamo de tierras, reclamo de título, reclamo de tumba y recuperación del elemento sean un solo expediente, no cuatro. La muerte que la rechazó es el plazo que mantiene ese expediente abierto.

De la reliquia y la estatua

Junto con Sequoia es poseedora anterior del objeto hecho de huesos de dragón — «ellos fueron como esos padres y madre». Eso la instala en el origen de la custodia de una reliquia mayor. Recuperar el elemento que le corresponde «puede tener un eslabón importante… para Rebeca y la comunidad»: su restauración personal y la de su pueblo son una misma operación.

Existe además una imagen suya fuera de su cuerpo: una de las estatuas plateadas de la cámara tiene «la forma de Pocahontas, o sea de Rebeca, cuando era joven, cuando era la India». Si es representación o si es literalmente la joven transformada en plata, este cronista no lo puede asentar.

Advertencias del cronista

Consígnese sin resolver una disputa de versiones: unos registros ponen a Rebeca anciana en su cabaña del Valle del agua; otro la da por casada con un tendero judío, con dos hijos, en un lugar de dos habitaciones del barrio judío. Si son dos momentos de una misma vida, dos identidades impuestas o dos personas distintas, las voces del archivo no lo dicen, y este escribano no lo va a dirimir.

Quedan además sin asiento: qué es el elemento a recuperar y de qué está hecho; el nombre que le impusieron al robarle la identidad, que las voces dan en forma irrecuperable; quién es William —colono, noble o título mayor—; por qué la muerte la rechazó y qué la sostiene en pie, si su magia, sus cuentas pendientes u otra cosa; dónde están y cuánto miden las tierras reclamadas; qué designa la «Guerra India» que las voces mencionan; y cuántos y quiénes son los aliados que buscó. El que sepa más, que lo declare ante registro.

Véase además: Sequoia — copropietario del objeto de huesos de dragón, «esos padres y madre».


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.