Pepe

«Ese maldito baquiano.» — así lo nombra la boca que quiere cobrar las trescientas libras que pesan sobre su cabeza

Un hombre solo, tasado en oro inglés y buscado por la Mazorca: eso es lo primero que el registro dice de Pepe, y conviene empezar por ahí, porque todo lo demás —la hacienda perdida, el mate, las calles de abajo— se ordena alrededor de esa persecución. «Tenía fama y por eso tal vez los ingleses lo llamaron, de muy buen baqueano.» La fama fue el oficio, y el oficio fue la ruina hecha camino.

Filiación y caída

Tres capas se apilan sobre la misma persona, y se explican una a la otra. La primera es la caída: familia criolla de hacendados, de buena posición, hermanos que «empezaron a meterse en política», disidencias, deudas grandes, pérdida de todo. La segunda es el oficio como consecuencia: perdida la tierra, quedan el caballo, el equipo y el conocimiento del camino — «Pepe quedó como un baquiano más». La tercera es la persecución, que nace de la fama del oficio: lo llaman los ingleses, aparece en la lista negra, lo tasan en unas trescientas libras.

De la deuda de los hermanos, él paga: «tuvo que conchabarse en el ejército o algo así», y «quizá parte del dinero que ganó lo usó para pagar deudas de las que incurrió su familia». Es una economía de reparación ajena — el que no cayó pagando lo que hicieron caer los otros.

Semblanza

De su persona el archivo casi no da cuerpo: «buen gaucho, peón, tal vez con un buen caballo, un buen equipo, viajero». Ni rostro, ni edad, ni ropa, ni armas. Lo único material que se le adjudica con precisión es el mate — «un mate poderoso» con el que curó a un muchacho. Cómo cura ese mate —si la virtud está en el objeto, en la yerba, en la mano de Pepe o en una práctica extendida entre los de su oficio— es cosa que nadie dejó dicha, y este cronista la deja donde está: al margen, sin integrarse con el resto de la lógica del hombre.

El oficio: los pasos que se ven y los que no

El baqueanaje es conocer el terreno y venderlo como servicio. Pepe lo vendió a ejércitos y escuadras que guió por el territorio, y en una época también a contrabandistas — «hizo algo de contrabando o ayudó contrabandistas». De ese pasado le queda la variante urbana del mismo saber: quien conoce los pasos del campo conoce también los pasos que no se ven de la ciudad. «Alguna vez en la calle escuchó decir que había como calles por debajo de la ciudad»; «no tiene un mapa, pero sabe que algo hay». Un saber de oídas, parcial, y por eso mismo raro y valioso.

De ahí su peso: Pepe es una llave de acceso. Sin él no hay ruta segura por el territorio ni entrada al subsuelo, y los ingleses lo buscaron precisamente por eso.

Los gorros rojos

El precio de la llave lo pagan también los que la llevan: un hombre tasado en trescientas libras es un peligro ambulante para su propia compañía. Pero el registro deja constancia de que la balanza también se inclina a su favor: él y sus compañeros dejaron «6 o 7 gorros rojos reventados en el suelo» en combate defensivo contra los mazorqueros. Su presencia mueve la suerte de una escaramuza, no solo la de un viaje. Quiénes eran esos compañeros, el archivo no los nombra.

Advertencias del cronista

Mucho de lo que rodea a Pepe queda en penumbra, y el que lo busque —para contratarlo o para cobrarlo— hará bien en saberlo. No consta quién paga las trescientas libras ni ante quién se cobran: si la Mazorca, el gobierno o un particular. No consta qué es exactamente la lista negra, quién la lleva ni qué acarrea figurar en ella. No consta en qué ciudad se abren esas calles de abajo, ni qué relación guardan con las rutas de contrabando que él conoció. El registro de que guió «a la escuadra, algún ejército» llegó confuso: no se sabe qué escuadra ni de qué bando. Y queda abierta la pregunta más delicada de todas: si el vínculo con los ingleses sigue vivo, o si se cortó el día en que su nombre entró en la lista. Este cronista anota las preguntas; las respuestas las tiene el camino.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.